STAFF | NTRZACATECAS.COM
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Aunque nacida en Aguascalientes, Dolores Castro se considera hija predilecta de Zacatecas, donde vivió sus años mozos, compartió la vida campirana en casa de sus abuelos maternos, testimonió la cola del movimiento cristero y su sangrienta represión, y donde la acarició y azotó el viento del altiplano, que la llenó de energía vital y de aliento poético, al punto que el aire es el elemento cósmico de su poética, y el título de su penúltimo libro: Algo le duele al aire.

Lolita heredó la afición a la lectura por parte de su abuelo, director del Instituto de Ciencias de Zacatecas; de su padre, eminente científico con espíritu liberal, y de su madre, católica, el carácter fuerte y la fe. Tuvo que dejar su querida Zacatecas cuando su padre se vino a México, donde ella estudió la secundaria y la prepa en una escuela particular dirigida por un astrónomo y en un colegio francés, donde aprendió a leer a Baudelaire en su lengua. A su pesar, estudió Derecho por orden de su padre, y terminó; pero antes se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde ya estudiaba su gran amiga Rosario Castellanos. Esta etapa de su vida y formación fue la más rica, pues tuvo como maestros a filósofos como José Gaos y escritores de la talla de Julio Torri y Agustín Yañez; ahí conoció a sus condiscípulos Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Tito Monterroso y Otto Raúl González, refugiados guatemaltecos y nicaragüenses, y a sus maestros refugiados españoles, como León Felipe. Fue amiga de Ernesto Cardenal y de Jaime Sabines, más joven que ella, de la generación siguiente.

Con Rosario Castellanos decidió conocer el mundo y perfeccionar su formación yéndose a España contra la voluntad de su padre, donde estudió arte y estilística en la Complutense, y pasó luego a Paris e Italia, donde visitó en Nápoles a su admirada Gabriela Mistral, a Suiza y a Austria; concluyó este viaje de aventura al día zarpando a Nueva York y de ahí a Monterrey en Greyhound, pues todavía no se acostumbraba pedir “rait”.

A su regreso a México, trabajó de correctora de estilo en la editorial Novaro, e inició su labor radiofónica siendo guionista, publicista y mil usos de la radio Femenina, uno de las primeros programas para mujeres de la radio mexicana.

En 1949 publicó su primer libro, El Corazón Transfigurado, que muestra ya una poeta dueña de su voz y capaz de una honda reflexividad ontológica a partir de su experiencia existencial. Su amiga Rosario Castellanos habla de “una honda emoción” venida de la raíz del llanto, que se expresa “con palabras humildes”, a veces “con balbuceo” por no poder expresar todo el ardor de su dolor, y Efrén Hernández lo califica de sangrante “grito de las entrañas”. En este libro, la poeta transmite sus dudas existenciales y su inquietud metafísica, bordando temas como la pérdida irremediable de la infancia, la experiencia dolorosa del amor y la certidumbre de la muerte. Es la poeta viva con más reconocimientos por su labor en la enseñanza, dos doctorados (UAEM y Colegio de Chihuahua); Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, Premio de Ciencia y Artes en Literatura y Lingüística, entre otros.

FRANCIS MESTRIES


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