Alberto Chiu
Alberto Chiu

Marcharon otra vez, como cada 26 de septiembre desde hace 5 años, cuando 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa fueron desaparecidos. Eran cerca de 400 jóvenes, ahora de la normal de San Marcos, de Loreto, los que caminaron por el bulevar y las calles del centro de la capital gritando consignas, levantando el puño, esgrimiendo pancartas, ondeando banderas. Exigiendo lo que al sentido común parece un imposible: que regresen con vida los 43 de Ayotzinapa.

Aquí, como en distintos puntos del país, la misma manifestación. En algunos casos, como en la CDMX, incluso con la “participación” (quizás infiltración, más bien) de grupos de encapuchados que, en el fragor de la manifestación y a la sombra de la masa, se dedicaron a causar destrozos en propiedad pública y privada. Y creo que nada justifica esa clase de violencia.

Aquí, sin embargo, la recordada desaparición de los 43 de Ayotzinapa nada hizo por “adoptar”, aunque fuera simbólicamente o por pura empatía, a las otras decenas (quizá cientos) de desapariciones que día a día se perpetran en nuestra entidad, ya sean éstas cometidas por el Estado o por particulares, ya sea como consecuencia del involucramiento en actividades delictivas, o como víctimas de la delincuencia para la obtención de dinero fácil.

Porque, hemos de reconocer, si la cifra de personas desaparecidas o “no localizadas” (para hablar en los términos eufemístico-judiciales que utiliza la autoridad) en Zacatecas es alta, la cifra negra lo es aún más.

Y lo vemos en cada publicación que se hace, desde la Fiscalía General de Justicia, de un sinnúmero de fichas de localización, reportes de alertas Ámbar (cuando se trata de menores) o de protocolo Alba (cuando son mujeres). Se acumulan las fichas…

Lo comprobamos también cada vez que se localiza una fosa clandestina, un pozo, una noria o un tiro de mina donde, como lo vimos ayer en Fresnillo, se localizan uno, dos, tres o más cuerpos de personas que, a pesar de no ser identificadas en un primer momento, de inmediato sabemos que se trata de personas que fueron seguramente sustraídas contra su voluntad, ejecutadas y luego tiradas o enterradas en esos lugares. Se acumulan los cadáveres…

Recordemos, claro, a los 43 de Ayotzinapa por lo que representaron y representan, como una cápsula del tiempo en la que hay también una historia por aprender para no repetir. Pero recordemos también a los otros miles de desaparecidos que, sin hacer tanto ruido político como aquellos, han mermado sensiblemente a la sociedad.

Y no sólo porque haya cientos o miles de personas menos entre nosotros, sino porque con sus desapariciones, lamentablemente ha venido también una especie de “normalización” del fenómeno, volviéndolo a menudo casi invisible, y haciendo que muchas personas apenas quieran enterarse del problema. Vamos, es como un cáncer del que el enfermo no quiere saber, y se pone necio diciendo que no lo padece.

Al contrario, tenemos que reconocer que el fenómeno de las desapariciones existe, que es sumamente grave, y hay que exigirle a la autoridad más aún para contenerlo y, por supuesto, abatirlo. ¿Es mucho pedir? Sí, pero es lo único que nos queda.


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