Alberto Chiu
Alberto Chiu

En la vorágine de las noticias que vemos, escuchamos o leemos en cualquier plataforma informativa (muchas malas noticias, por cierto), solemos echarle la culpa principalmente a “la autoridad”, cualquier cosa que eso signifique, aunque casi siempre la distinguimos como la autoridad civil, es decir, el gobierno. Sí, es común pensar que “el gobierno tiene la culpa de lo (malo) que nos pasa”.

Sin embargo, esa percepción a botepronto debe transformarse, también pronto, en un reconocimiento de lo que nosotros, como sociedad, hemos hecho y dejado de hacer, y que aunque hayan sido decisiones individuales tienen impacto directo en el resultado que hoy nos horroriza, nos escandaliza, e incluso nos confronta.

Sí, es cierto que “la autoridad” tiene algo de responsabilidad en una parte de lo que hoy pasa: el elevado número de ejecuciones, secuestros, levantones, robos, violaciones, abusos, acosos, corrupción… ya sea porque en su momento no se aplicó la ley con el debido rigor y efectividad, o porque esa misma autoridad se coludió con aquellos que rompieron el pacto de civilidad.

Pero aquí también hay que abrir los ojos, ahondar en el espectro y reconocer que en ese concepto, el de “la autoridad”, estamos todos en mayor o menor medida, pues igual que la autoridad civil (el gobierno), también existe una autoridad que podríamos llamar espiritual (las iglesias, de cualquier denominación), e incluso una autoridad moral (que básicamente formarían los núcleos familiares, por ejemplo). Y sí, todas esas autoridades han fallado.

En algún punto del camino recorrido, hemos de reconocer, nuestra sociedad se perdió entre la condescendencia que echó abajo el “deber ser” de la conciencia; se extravió incluso en la búsqueda de Dios (o la salvación, o lo bueno, o la santidad, como lo quiera poner); y erró en la persecución de una adecuada dirección y administración de las instituciones y la política. Fallas dentro de las familias, dentro de las iglesias, dentro de las administraciones públicas, que combinadas (y acumuladas unas sobre otras) nos han traído hasta donde estamos.

¿Y en dónde estamos? Bueno, pues en un momento y lugar de la historia donde todavía no alcanzamos a ver la luz sobre la solución a problemas tan graves como el narcotráfico, la delincuencia organizada, la drogadicción, la pauperización de la economía, la desintegración familiar, etcétera. Creo que, hasta el momento, ningún gobierno de ningún partido político, ninguna congregación o estructura religiosa, y ninguna organización de la sociedad civil ha dado en el clavo de una solución, de una vía espiritual, de una política pública, que sean suficientes para contener y acabar con todo ello.

Pero no por eso habríamos de quedarnos con los brazos cruzados. Me parece es tiempo de que se abran aún más las discusiones sobre estos asuntos. Que haya altura en los debates, que se aplique la ciencia y el saber humano, y dejemos atrás la confrontación gratuita e inútil, para darle paso a una toma de decisiones (legislativas, gubernativas, eclesiales, familiares) mejor informadas, conscientes, y definitivas. Y eso no depende del gobierno, hay que asumir lo que nos corresponde.


Los comentarios están cerrados.