Enrique Laviada
Enrique Laviada

En su más reciente gira de trabajo por el norte del país, el presidente López Obrador se despachó con fuertes declaraciones acerca de su pasado político. Es un orgullo, dijo, que lo tildaran de comunista cuando a finales de los setenta era director del desaparecido Instituto Nacional Indigenista (INI), fundado en tiempos del presidente Luis Echeverría, y siendo vigilado entonces por un policía, un agente de investigación y de los que “hacían más cosas”, de nombre Miguel Nazar Haro, lo que según reveló habría encontrado luego de que se abrieran nuevos expediente secretos.

Esas “más cosas” a las que se refirió el presidente mediante un eufemismo poco afortunado, fueron parte de lo que se conoció en el país como “Guerra Sucia”, una amplia y cruel operación contrainsurgente que se desplegó por espacio de dos décadas para perseguir y aniquilar a los grupos radicales de izquierda, a las direcciones de los movimientos sociales y a muchos representantes de la oposición política.

Fue Nazar, en efecto, el policía encargado de conformar la Dirección Federal de Seguridad (DFS), dependiente de la Secretaría de Gobernación, que operó a lo largo de los sexenios de Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel de la Madrid, integrada por elementos formados en las escuelas norteamericanas que en aquellos años se especializaban en el combate a los movimientos inspirados en el modelo de la Revolución Cubana, que cobraban notoriedad y fuerza considerable en el mundo y, especialmente, en los países latinoamericanos.

Ahora López Obrador dice haber formado parte de la “lista negra” que era de especial interés para la policía política, “de ahí tengo, que es para mí un orgullo, reportes firmados por Nazar Haro en los que me acusaba de comunista cuando era yo director del INI, por trabajar a favor de los pobres”, y posteriormente, cuando era dirigente del PRI (eso se le pasó decir) en su estado natal, Tabasco, entre 1980 y 1983.

De esos años, el presidente podría tener mayor información, y quizá de mejor calidad, si lo tratase (sería bueno que de manera pública) con algunos de sus actuales colaboradores, como Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Bartlett o Ignacio Ovalle, por ejemplo, quienes desempeñaron cargos de primer nivel en la política interior mexicana, en los tiempos de la gran represión.

Queda recordar, como se consigna en distintos y muy valiosos trabajos periodísticos, la saña con la que los elementos de la DFS y su brazo criminal, la denominada “Brigada Blanca”, torturaron, desparecieron, mutilaron, asesinaron y reprimieron a cientos, tal vez miles de personas, sin limitación legal ni constitucional alguna, es decir, en la más completa impunidad de un poder absoluto.

Desde luego, López Obrador no era comunista. Era acaso un priísta que se inspiraba sinceramente en los principios de “justicia social” y el “nacionalismo revolucionario”, en lo que no ha cambiado mucho, pero sí toca a la izquierda que pretende acompañarlo aportar con la misma intensidad de aquellos terribles años, una nueva forma de ver el mundo y el país, ahora que ya no hay (ni debe haber) policías políticas, y la libertad y la democracia triunfan sobre el oscurantismo. Digo…

………………………………….

Acertijo

Érase una vez

 


Los comentarios están cerrados.