Alberto Chiu
Alberto Chiu

Llegamos ahora al 2 de Octubre (“no se olvida”) y, ante la amenaza latente de que nuevamente aparezcan encapuchados entre las cientos o miles de personas que se manifiesten este día, el presidente de la República ha hecho el llamado para que miles de funcionarios “resguarden” las ciudades; para que entre los mismos manifestantes “aíslen” a los revoltosos; y para que, a final de cuentas, los ciudadanos elijan entre estar con él, o estar en su contra.

Dijo que, por ejemplo, en la CDMX no habría represión pues Claudia Sheinbaum es “incapaz de reprimir”. ¿Y de cuándo a acá la aplicación de la ley es sinónimo de represión?

Me parece que lo que ha pedido el presidente López Obrador está por encima de la ley; o por lo menos, se hace a un lado. Me parece que el mandato que ejerce la autoridad, principalmente a través de la fuerza pública, por ejemplo, es el ejercicio pleno de la potestad que tiene el gobierno para procurar la seguridad, fortalecer las instituciones y, por supuesto, proteger y servir a los ciudadanos. Comparar simplistamente esa potestad o facultad con “actos de represión” es empujar a la gente a tomar bandos: o son buenos (conmigo) o son malos (contra mí).

Y fue más allá el presidente al decir que “esas actitudes no son de izquierda, son de derecha y el que participa en eso no está a favor del pueblo ni de las causas justas, están a favor del autoritarismo y hasta de los explotadores, le están haciendo el juego a los conservadores y no vamos a caer”. Otra vez el juego maniqueo, como si nuestro país (que ha demostrado una amplísima gama de conceptos y visiones) se dividiera sólo en progresistas contra conservadores, sólo izquierda contra derecha, sólo blanco contra negro.

¿Y la autoridad, qué? Gobernar también implica tomar decisiones que, al amparo y en el cumplimiento de la ley, muy a menudo también son polémicas, poco o nada populares, criticables. Pero para eso están en donde se toman esas decisiones.

Porque por más que suene “romántica” la idea de que sea la sociedad (una sociedad comprometida, patriótica y nacionalista, idealmente) la que se involucre en la protección y resguardo de inmuebles (por ejemplo), no es ése su papel fundamental. Para eso tienen un gobierno, y éste, un brazo que es el de la Seguridad Pública.

Y creo que no se vale poner a descansar el peso de esa parte de la seguridad en ciudadanos comunes y corrientes que, hay que decirlo, es muy probable que a las primeras de cambio se líen a golpes con encapuchados que intentan ya sea desestabilizar una manifestación pacífica, o infiltrarse en grupos formales para inculparlos, o cualquier otra mala intención. Digo, si es que le hacen caso e intentan “aislar” a los desestabilizadores.

Corre un riesgo enorme el gobierno (el presidente) al tratar de enviar, como carne de cañón, a ciudadanos de a pie contra esos alborotadores profesionales. Pero el riesgo mayor lo corre la sociedad, que tiende a polarizarse y a dividirse aún más, mientras la autoridad sólo los ve de lejecitos. Entonces ¿dónde queda pues su ejercicio como autoridad?


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