Enrique Laviada
Enrique Laviada

No conozco peor angustia que la de alguien que tiene un familiar o un ser querido en condición de desparecido. La sola palabra entraña un sufrimiento incomparable. Supongo que no se le puede comparar ni con la muerte. Algo terrible. La exasperante circunstancia de no saber el paradero o el incierto destino, muy probablemente trágico. Debe ser un inmenso dolor, latente, muy hondo, el que causa la ausencia de la persona que ya no está, un dolor que no se quita ni se alivia ni pasa. La angustia de no saber.

Por eso es que resulta conmovedora la esperanza y admirable la búsqueda de familiares y amigos de quienes han desaparecido en medio de la vorágine provocada por la violencia que azota al país entero. Me causa una enorme impresión que los grupos de búsqueda insistan en el objetivo de encontrarlos con vida en algún lugar. Ésa es una voluntad que le puede romper el corazón a cualquiera, tanto como la resignación de hallarlos muertos, pero al fin y al cabo tenerlos, arrancarlos de las sombras del olvido. Algo terrible

La desaparición de personas es, además, el resultado más oprobioso del carácter irracional de la violencia a la que nos referimos, debido a que su origen se localiza, principalmente, en uno de los negocios ilegales que la perversidad humana haya creado jamás en la historia. El intercambio de dinero por la felicidad ficticia de las drogas alcanza, de ese modo, las proporciones inconfundibles de la monstruosidad. Sus víctimas son las de la inconsciencia, y se cuentan por miles. Mientras, un puñado de chacales, distribuidos en los entramados de la economía y la política, disfrutan de sus beneficios, sin remordimiento alguno.

La parte oficial encargada de “atender” a los familiares de los desaparecidos, por cierto, está conformada por una legión de burócratas sin escrúpulos, con la tarea de administrar la desgracia y cuyos integrantes se encuentran bien dotados de formulismos estúpidos. Son expertos en procedimientos no aplicables y encaminados al fracaso. Por regla general, más estorban que ayudan o, de plano, se convierten en un obstáculo más a vencer. Son la personificación simple de un Estado fallido, pero convenientemente acomodados en estructuras, comisiones y dependencias, con el gasto presupuestal correspondiente que originan. Uno de los testimonios que hemos recogido en estos días es elocuente al respecto: “Nos han dicho que dejemos de buscar (las autoridades), que no tiene caso. No entienden el dolor que carcome y, pese a ese dolor, tener que seguir en pie”, meses, tal vez años, con la misma contradictoria esperanza.

Ayer mismo, los llamados colectivos de búsqueda pusieron en evidencia la insensibilidad de los funcionarios de la Fiscalía y de los diputados locales, quienes deberían estar abocados a encontrar caminos legales para respaldarlos. Les recriminaron por su tardanza, su menosprecio y por “darle vueltas al problema” sin sentido, dijeron, sobre todo en un caso como el de Zacatecas, uno de los estados más violentos y con mayor número de personas desaparecidas. Les compartieron su angustia, la peor de todas.

 

…………………………….

Acertijo

Sacar agua de las piedras.


Deja un comentario