JENNY GONZÁLEZ ARENAS
JENNY GONZÁLEZ ARENAS

El juego de la división de poder, al menos cuando se trata del Poder Judicial, representa todo, menos autonomía

La renuncia del Ministro Medina Mora, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), no es otra cosa más que la consecuencia de cómo llegó a ocupar ese espacio.

En el proceso de su designación, Medina Mora fue fuertemente cuestionado por los medios de comunicación y la sociedad civil por no contar con la calidad moral suficiente para ocupar el cargo de ministro. Sus antecedentes en la política nacional, los espacios en los que se había desempeñado y el papel que había realizado en esas funciones eran, en aquellos momentos, prueba plena su falta de capacidad y/o probidad para el cargo que se le estaba proponiendo.

Hoy, a cuatro años de su designación, se comprueba que no tenía la calidad moral para estar ahí. Sin embargo,  al cuestionarnos si esta renuncia es producto de la falta de probidad del ex ministro, es una negociación o es una cacería de brujas orquestada por el gobierno federal contra el Poder Judicial, a quien le ha declarado la guerra desde el inicio de su administración.

Para nadie es un secreto que las ternas que manda la presidencia de la República al Senado para nombrar Ministro, siempre llevarán a alguien que tendrá la preferencia para ocupar el puesto. El juego de la división de poder, al menos cuando se trata del Poder Judicial, representa todo, menos autonomía. En principio, la reforma de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) durante el sexenio de 1994 parecía buscar la independencia del Poder Judicial y su autonomía, cierto es que ese ejercicio no ha logrado su cometido.

El Poder Judicial es el único de los tres poderes que no goza de autonomía plena, su elección no es independiente y eso hace que se deban favores o se generen compromisos con los otros poderes. Esa dependencia ha sido una carga que ha condicionado la impartición de justicia en Mexico por muchos años.

Es innegable que la presente administración federal ha dado en declararle la guerra al Poder Judicial, cuestionando no sólo los costos de la justicia en México, sino la calidad moral, ética y profesional de quienes integran dicho poder, desde los Ministros hasta los secretarios o el personal de más bajo nivel en la cadena de mando, siendo que nunca se ha escondido la sobrecarga de trabajo que existe en el Poder Judicial federal y los poderes judiciales estatales, siendo el poder menor pagado y más explotado en comparación con los otros dos, para el único que se requiere un nivel de profesionalización que no se exige para los otros dos.

Ningún magistrado, en los últimos casi 30 años, había renunciado, es un puesto de gran envergadura y la responsabilidad que tienen a su cargo es bastante, en sus manos está el criterio de impartición de justicia y, con ello, el sentido de la norma adquiere relevancia; en sus resoluciones se define el sentido de justicia y la demanda social de modernización legislativa que difícilmente encuentra eco en el poder legislativo.

En los últimos años, la Suprema Corte había jugado un papel importante como contrapeso de los otros dos poderes. Ahora, con la amenaza de una reforma judicial y un Ministro más propuesto por la llamada cuarta transformación, la justicia en México se encuentra en una encrucijada, de la objetividad con la que los nuevos Ministros hagan su trabajo y los anteriores no se entreguen a los intereses de los otros dos poderes y mantengan su independencia, de eso dependerá que el Poder Judicial sea un verdadero poder autónomo.

AUTOR: JENNY GONZÁLEZ ARENAS


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