Enrique Laviada
Enrique Laviada

No terminaban los problemas para el funcionario encargado de la política interior, acorralado y posteriormente exiliado para poder rendir la parte de la glosa que le corresponde, por problemas de política interior (no es redundancia, es ironía), cuando algunos de sus colegas en el gabinete iniciaban los festejos.

El delfín (sobrenombre del designado en la adelantada sucesión gubernamental) había sufrido el peor de los descalabros (¿?) al no poder controlar las condiciones ambientales que fuesen propicias para siquiera expresarse (y mostrarse), aún con sus respetivas carencias (nos quedamos cortos) y eso pareció una buena nueva para más de tres en el gobierno.

Se supo que entre la hueste que sigue al actual secretario del Campo, Fito Bonilla, lo importante después de tan bochornoso episodio consistiría en demostrar que son diferentes y su compromiso con el PRI pasa ahora, necesariamente, por la eficiencia en la aplicación de los programas disponibles y la voluntad de trabajo y los resultados que, en política, son lo único que cuenta.

Pero también se filtraron versiones, salidas de la hueste educativa (también inclinada por Bonilla) en las que se hacía mofa del designado, al tiempo que se pasaba lista a los activos que el PRI ya logró acomodar en el sector, el único capaz de articular una estrategia electoral en forma completa (no sectorial), donde priva la emoción y el entusiasmo por dejar a salvo el honor de pertenecer al PRI, en los tiempos del desastre.

En el ambiente de estos círculos priístas se mezcla el amargo sabor de la derrota, la más dolorosa y devastadora de su larga historia, con la esperanza de que conservar el gobierno en la entidad es posible, a cuenta de los errores de los intrusos y los adversarios de fuera, en un cálculo que implica, incluso, manosear parte del capital político de Morena, por aquello del canto de las sirenas que a varios puede llegar a seducir, lo que puede observarse en vivo y a todo color en la capital del estado, en el caso del alcalde Ulises Mejía Haro, siempre tan cercano y complaciente con quien no debe o no debería, en funciones de integrante del gabinete ampliado.

La hueste que en otro tiempo representara el poderío de una política social especializada en el clientelismo electoral, léase Sedesol, ahora de capa caída debido a las restricciones presupuestales, otrora pilar fundamental del trabajo territorial del PRI, confía en la posibilidad de que Roberto Luévano se convierta en suplente natural del designado fallido, o algo por el estilo, lo que incluye a la suerte y la buena fortuna que caracteriza, dicen, a los guadalupenses de buena cepa (la ironía es por pura cortesía de la columna), y decisiva en los momentos que son considerados como emergencia.

De modo que las más conocidas huestes que conforman el gabinete parecerían dirigirse, juntas, hacia ninguna parte, pero firmemente convencidas de que el peor error (eso es posible) sería dejar la suerte de todos en manos del designado, decididos, incluso, a remover las cenizas democráticas de su historia, a ver qué encuentran.

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Acertijo

Hasta que alguien toque a retirada


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