Édgar Félix
Édgar Félix

Rosario, el valor

Distinguir a Rosario Ibarra de Piedra con la medalla Belisario Domínguez –muchos años negada a esta luchadora social regiomontana–, no sólo significa un acto de justicia histórica para miles de desaparecidos políticos en México sino el comienzo para cerrar un capítulo ominoso en la construcción, desde la izquierda mexicana, de una patria democrática. Ferviente creyente del poeta e intelectual zacatecano, Ramón López Velarde, doña Rosario no dejó un sólo día sin luchar, sin denunciar y sin exigir al poder y los poderosos en turno, que se esclareciera la desaparición de su hijo guerrillero Jesús Piedra. No sólo se enfrentó a gobiernos priistas que creían y difundían aquel adagio sublime de las dictaduras blandas que tanto comentaban los poderosos, de entonces, con mucha alegría y desparpajo: “el que se mueve no sale en la foto”. En términos prácticos, ese sistema te desaparecía física o intelectualmente, pero a doña Rosario no la amedrentó. Desde los setenta no dejó de luchar por el esclarecimiento de la desaparición de centenas (más de 500 personas) de luchadores políticos; muchos de ellos terminaron amarrados con objetos pesados en los pies y arrojados desde un avión militar al mar, cuando bien les iba.

Un capítulo de la historia mexicana que se escribía en secreto, en revistas culturales, en semanarios valientes y en estudios de sociólogos que por lo regular titulaban como Historia de la Guerrilla en México, desde los cincuenta de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, en Guerrero, hasta bien entrados los noventa cuando llegó al escenario el moderno EZLN, en los bellísimos Montes Azules de Chiapas y su comunidad La Realidad, donde viví más de seis meses. Entender la lucha de Rosario Ibarra es entender la presencia de la guerrilla en México y su declinación valiente a favor de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Conocer a esta mujer sencilla, de pocos reflectores y mucho trabajo tras bambalinas en tiempos donde no era recomendable moverse para salir en la foto es saber leer al México contemporáneo.

Doña Rosario es amiga del presidente Andrés Manuel López Obrador y de una gran cantidad de dirigentes de la izquierda mexicana. Es compañera de lucha, codo a codo, de decenas de ellos. Es respetada por su vocación incansable por los derechos humanos de todos los mexicanos y por la instauración de un sistema democrático. Ha sido la primera candidata mujer a la Presidencia de la República en 1982 y sucesivamente en 1988. Fue un grito de rebeldía, de justicia y de amor en plazas áridas y atemorizadas, donde se paraba a alentar y no desistir. “Yo parí a Jesús, pero él me parió a mí como luchadora social y lo que soy ahora”, dijo muchas veces entre proclamas y consignas durante los tiempos de represión y durante los Estados fallidos y criminales del PRI y del PAN. Rosario es una mujer que ayudó a construir y escribir el México moderno.

Todavía la recuerdo en mítines y marchas de aquel aciago y convulso 1988 cuando Cuauhtémoc Cárdenas derrotó al priista Carlos Salinas de Gortari en las urnas pero no al stablishment mexicano. Rosario era una mujer modesta. Siempre estaba en el templete, al lado de los oradores. Junto a Maquío, a Cárdenas, a López Obrador, a Muñoz Ledo, a Heberto Castillo. Desde entonces su sonrisa se había congelado en una profunda tristeza, pero jamás su voz se quebrantó ante los poderosos y las represiones de entonces. Supo vivir su tiempo, enfrentar la soberbia de Luis Echeverría Álvarez, de López Portillo, de De la Madrid, de Salinas, de Fox, de Calderón, de Peña. Muchas veces la golpearon, otras tantas la amenazaron de muerte, la señalaron como una rijosa madre de un guerrillero. ¿Qué querías? Le gritaron mil veces.

Doña Rosario gritó libertad a los cuatro vientos cuando estaba prohibido hacerlo y menos en público. Ella alzó la voz cuando miles se callaron ante las atrocidades de la guerra sucia de los sesenta y setenta.  Será recordada por muchos años, por mucho tiempo como esa gran luchadora social mexicana del último siglo. A sus 92 años tiene una brillantez admirable. Nunca olvida que son casi 600 los asesinados de esa época; sus expedientes se los sabe de memoria. Se ha sumado a Aguas Blancas, a Ayotzinapa, a Acteal. La lucha sigue. Una mexicana a la que le debemos la aplicación de la justicia en tiempos de brutalidad y corrupción. Gracias Jesús Piedra por parirla.

Cocciones:

Mónica Fernández Balboa. La presidenta de la Mesa Directiva del Senado de la República informó que en este primer mes de labores, contribuyó a realizar tres reformas constitucionales, cuatro leyes de nueva creación, 17 reformas a diversos ordenamientos y la emisión de tres decretos de diversa índole. Sin precedentes.

Bájale a la flama para que esponje.

Carlos Peña Badillo. Tenía tiempo que no escuchaba a un priista tan priista. Tiene un discurso con la demagogia exacerbada, como aquel tono de los ochenta de López Portillo y Luis Echeverría. ¿En quién se habrá inspirado el pequeño Carlos?

Se le acabó el gas y le prendió a la leña.

Alejandro Tello. El gobernador abrió una enorme puerta de especulaciones y recriminaciones al asegurar que Peñasquito continuará. Un lenguaje demasiado triunfalista para el poco futuro que tiene.

Poco fuego y muchas palomitas

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