Óscar Novella Macías
Óscar Novella Macías

La guerra nunca es la respuesta

Aquellos que renunciarían a una libertad esencial,

para conseguir un poco de seguridad momentánea,

no merecen ni libertad ni seguridad.

Benajamin Franklin

 

Hace algún tiempo, discutía con una amigo filósofo sobre la diferencia entre humanista y humanitario. Él planteaba este dilema: Imagina que estás en un museo en llamas, mientras intentas escapar del edificio te topas con una persona atrapada justo en la habitación en la que una obra maestra de incalculable valor está también. Sólo tienes oportunidad de salvar o la pintura o a la persona, ¿a quién salvas? Dadas mis convicciones, dije sin titubear que a la persona. Para mi amigo yo más que humanista soy humanitario, por la importancia que doy a las personas sobre ciertos valores simbólicos. Antes de continuar voy a presuponer que mis lectores entienden dos axiomas:

1).- La vida e integridad de los ciudadanos es más valiosa que cualquier costo político o cualquier captura altamente mediática.

2).- La virulenta narco violencia que azota el país es un mal multifactorial que se viene arrastrando desde hace varias administraciones, más precisamente, desde la administración de Fox.

Quitándonos eso de encima podemos iniciar. Los eventos ocurridos en Culiacán, Sinaloa, el pasado 17 de octubre, son una clara muestra de la decepción social, de cómo décadas de gobiernos neoliberales, evidentemente coludidos con el crimen organizado, desarticularon el Estado, a tal nivel que es imposible no suponer que las policías y el Ejército estén infiltrados por el narco. Ante tales hechos, con las deducciones que ellos implican, polarizaron en la opinión. Por un lado se encuentran los que creen que el Estado Mexicano debió continuar con el operativo para mantener la custodia de Ovidio Guzmán. Por otro lado, dentro de los que me incluyo, están los que consideran que lo más sabio y saludable para la población culiacanense fue abortar la misión.

Más allá de las mezquindades políticas, quiero pensar que los que se encuentran en el primer grupo son resultado del hartazgo y desesperación causados por la narcoviolencia desatada en 2006. Al no tener el panorama completo consideran que ante la agresión sólo se puede contestar con más agresión. Quiero pensar, que esas personas que ven en la fuerza armada la única solución, son personas que, no de forma voluntaria, ignoran las circunstancias de los habitantes de Culiacán.

Estoy absolutamente convencido de que la determinación de no continuar con la acción frontal tuvo que ser una decisión que implicaba una enorme dificultad, pero creo que fue la decisión correcta. Fue una demostración de la perspectiva humanitaria de este gobierno. La guerra frontal contra el narcotráfico, que se configuró del todo en la segunda administración panista, es el testigo histórico inalterable que nos demuestra que un ataque sin estrategia, proveniente de las vísceras nos es más que la antesala de una carnicería.

A pesar de estar de acuerdo con el curso de acción tomado dados los acontecimientos (como bien diría Keynes “Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión, ¿qué hace usted?), pero no podemos cerrar los ojos ante una realidad innegable: Tenemos que repensar nuestra estrategia contra el narco. La narcoviolencia es un grave problema de raíces multifactoriales: la impunidad, la corrupción, la desigualdad social, incluso, el intervencionismo norteamericano. Frente a tal espectro de factores sería infantil, si no sociopático, creer que se puede resolver a balazos.

Los programas sociales implementados por la 4T tienen la intención de acortar la brecha de desigualdad que orilla a miles de jóvenes a engrosar las filas de los carteles. Debemos recuperar la promesa del futuro para que nuestros jóvenes nunca consideren como opción convertirse en heraldos de la muerte. Creo en estos programas como estrategia preventiva, pero también es fundamental congelar los activos y cuentas sospechosas de lavado de dinero, así como rastrear, auditar y castigar duramente a todos esos candidatos que aceptaron financiamiento ilícito en sus campañas.

No podemos olvidar el nivel internacional. Estados Unidos es el mayor consumidor de estupefacientes y al mismo tiempo, el mayor proveedor de armas de alto calibre que usan los delincuentes. Es necesario poner un alto a este malevolente tránsito que no hace más que vulnerar el tejido social de ambas naciones.

La respuesta armada del narco en Culiacán evidentemente no fue improvisada, fue el resultado de una organización altamente planificada. El narcotráfico en México hace años que dejó de ser simple crimen organizado y pasó a convertirse en terrorismo. Con este escenario tenemos que ser más inteligentes, no sólo que los carteles, sino también que esos neofascistas que quieres usar la fuerza del Estado sin el menor decoro o consciencia.

Como sociedad debemos pugnar siempre por las opciones menos violentas, porque exigir más fuerza, más violencia, más guerra, abre puertas peligrosas. A los autoritarismos les encantan los militares. La lucha contra el narco no sólo pone en juego nuestra seguridad, sino que es el otro campo de batalla donde nos jugamos nuestra democracia. Cuando preferimos más muertos con tal de demostrar fuerza, es justo en ese momento que fallamos como sociedad.

Ningún uniforme militar puede cubrir tanta sangre.

 


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