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Emil Cioran (quien firmaba como E.M. Cioran) nació en Rasinari, en la actual Rumanía, en ese entonces el área formaba parte del Imperio Austro-Húngaro, el 8 de abril de 1911.

Estudió humanidades en el Colegio Gheorghe Lazar en su tierra natal. A continuación cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Bucarest, hasta 1932. Después de eso, ganó una beca para la Universidad Humboldt de Berlín en donde permaneció entre 1933 y 1935. En 1937 prosiguió sus estudios en            la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. De noviembre de 1940 a febrero de 1941 pasó una muy breve estancia en su país de origen y nunca más volvió a pisar Rumanía. Fue en Francia que se asentó y vivió la mayor parte de su vida. Aunque sus primeros textos los redactó en rumano, tras su cambio de residencia no tardó mucho en cambiar definitivamente de idioma, por ello escribió la mayor parte de su obra en francés.

A pesar de ser un individuo más bien huraño, que tendía a aislarse y no disfrutaba la notoriedad ni el contacto con el público, mantuvo varias amistades duraderas entre las que destacan: Mircea Eliade, Eugène Ionesco —a quienes conocía de sus años universitarios y con quienes cultivó una estrecha amistad que duró el resto de su vida— Paul Celan, Samuel Beckett, Henri Michaux y Fernando Savater, entre otros, con los que mantenía largas conversaciones e intercambiaba abundante y frecuente correspondencia.

Sus libros a menudo están sumidos en un ambiente de tormento, desesperanza y hastío que resultan aún más devastadores porque están sustentados en una lucidez deslumbrante que se acerca peligrosamente, al tiempo que empuja al lector, al borde del precipicio; una lucidez tal que no puede llevar más que a la desesperación. Con frecuencia expresa sentimientos violentos. Las ideas e implicaciones de la muerte, el sufrimiento y el suicidio también son temas recurrentes de su obra. La potencia de su escritura y la naturaleza de sus tópicos favoritos hacen que sea casi imposible aproximarse a su obra y salir ileso, la mayor parte del tiempo sus ideas son impactantes y difíciles de digerir, es todo menos “literatura ligera”.

A continuación algunas pequeñas muestras extraídas de uno de sus libros, Breviario de los vencidos (publicación original de 1993, primera edición en español en Tusquets de 1998):

“Al igual que amas los libros que te hacen llorar, las sonatas que te han cortado el aliento, los perfumes que te insinúan renunciamientos, a las mujeres extraviadas entre el cuerpo y el alma, así sucede con los mares: te enamoras de aquellos cuyo oleaje induce a ahogarse en su seno.”

“Sé que, por algún rincón de mí, hay un diablo que no puede morir. No me hace falta un oído aguzado para las torturas refinadas ni tampoco el sentido del gusto para el vinagre de la sangre, sino solamente el silencio sordo que presagia un quejido prolongado. Entonces reconozco el peligro. Y si me vuelvo hacia el Mal despótico y envilecedor, sube por los aires, al cerebro, a las paredes, divinidad súbita, severa y destructora.

Estás inmóvil y esperas. Te estás esperando. Pero, ¿qué vas a hacer contigo? ¿Qué te vas a decir, rodeado como estás de tanto no-decir?

¿Qué pasa a través del silencio? ¿Quién pasa? Es tu mal que está pasando a través de ti, fuera de ti, es una omnipresencia de tu misterio negativo. ¿Piensas en lo que quieres ser? Tus pesares no tienen futuro. Ni ningún futuro es tuyo. En el tiempo ya no tienes cabida; en el tiempo yace el horror. Y entonces te vas. Al marcharte te olvidas. Y en tu caminar eres otro y siendo, ya no eres.”

Murió en el Barrio Latino de París el 20 de junio de 1995 a los 84 años, tras una larga batalla en la que su mente acabó por hundirse y extraviarse en las brumas del Alzheimer.

Minerva Anaid Turriza


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