STAFF | NTRZACATECAS.COM
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“Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

Hace demasiados años que brincan en mi cabeza momentos memorables de mi juventud, llenos de estudio, discusión, crítica y autocrítica, solidaridad, confianza y lucha por una sociedad mejor. Ello no hubiera sido posible sin antes haber pasado por las filas del glorioso Partido Comunista Mexicano. Alguien, en alguna ocasión, me preguntó cuáles fueron las razones por las que decidí militar en las filas de dicho partido y, estoy más que seguro, que mi respuesta ya estaba preparada:

“Nacido en el seno de una familia humilde, obrera, viviendo en condiciones de extrema necesidad, en una colonia popular de la hoy Ciudad de México, viviendo cotidianamente las críticas de mi padre a las condiciones de trabajo a que se enfrentaba en la fábrica de veladoras del magnate Alejo Peralta, buscando en los libros una explicación al régimen de explotación y represión de los sesentas y setentas, no me fue difícil –entonces- encontrar explicaciones cuando ingresé al Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Oriente (CCHO) en el año 1977”.

El CCH se convirtió en el templo en que encontraba algunas respuestas a mis preguntas: el capitalismo malvado y el socialismo salvador que habría de convertir a la sociedad en una especie de paraíso, según las sagradas escrituras de Karl Marx y sus posteriores apóstoles: Lenin, Trotsky, Mao, Fidel, “El Che”, Ho-Chi-Minh. El demonio, encarnado en los Estados Unidos, estaba condenado a caer en cualquier crisis cíclica del capitalismo, cuando los ángeles asalariados se levantaran en armas y nos trajeran bienestar a todos. Teníamos perfectamente ubicados a nuestros enemigos de clase: la terrible burguesía que se alimentaba de la explotación del trabajo asalariado, y contra ellos debíamos de enfrentarnos.

La historia nos había dado ya muchos ejemplos: la Comuna de Paris, la lucha de los republicanos en España, los movimientos anti-coloniales, el movimiento estudiantil de los sesentas, la Revolución Cubana y, OF COURSE, la madre de todas las batallas: la Revolución Bolchevique. Así que mi ingreso, a finales de 1977, a las filas del PCM era solo cuestión de tiempo. Recuerdo que aún seguía viva la discusión entre la militancia, de la torpeza con que se había actuado en 1977, al legitimar el proceso electoral en que se ungió a José López Portillo como presidente, postulando al camarada Velentín Campa como candidato no registrado. El debate entre los bloques ultras y moderados, definió una parte esencial del paso de la clandestinidad a la democracia burguesa, luchando por una reforma política que reconociera al partido, fundado en 1919, como una corriente de expresión política necesaria en el país.

Cabe reconocer el papel de los compañeros Arnoldo Martínez Verdugo, Pablo Gómez, Gerardo Unzueta, Eduardo Montes, Arturo Martínez Nateras y Gilberto Rincón Gallardo, quienes, en la mejor tradición leninista, sostuvieron que sólo la apuesta TEMPORAL por la democracia burguesa, y concretamente por las libertades electoral y sindical, podían salvar al comunismo mexicano de la extinción. En ese momento, varios compañeros de la célula en la que participaba, habían decidido abandonar el partido y buscar otras formas de participación en su lucha contra el estado burgués (la guerrilla, por ejemplo), mientras otros sosteníamos que era imprescindible agotar la lucha electoral.

Quiero aquí reconocer que mi incipiente vida militante, me enseñó que el estudio era fundamental en la formación política. El PCM se caracterizó por una profunda preocupación de educar políticamente a su militancia, de manera tal que las células estaban obligadas a leer, leer, leer y leer. En mi grupo (por cierto muy heterogéneo, donde militaban desde asalariados hasta hijos de funcionarios del gobierno del Distrito Federal), determinamos no solo leer a los clásicos del marxismo (con la asesoría de docentes del CCH, miembros del partido), sino abrirnos a la lectura de clásicos de la literatura mexicana y universal. Recuerdo el dogmatismo que nos permeaba, cuando alguno cuestionaba a otro el estar leyendo a escritores burgueses (como definían a Octavio Paz o Jorge Luis Borges, entre otros).

Vender el periódico MACHETE, subir a los camiones a repartir propaganda, incorporarnos a las campañas de los compañeros y, por supuesto, atender la amabilidad con que los miembros de la desaparecida Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD) nos subían a las patrullas para darnos unas republicanas, democráticas y reaccionarias madrizas para “invitarnos” a dejar esa vida pecaminosa de comunistas. Recuerdo que cierta ocasión, en 1979, algunos compañeros pintábamos una barda en Ciudad Netzahualcóyotl en apoyo al candidato a diputado del Partido, nuestro maestro de Economía, exsacerdote Jairo Calixto, que nos estaba quedando poca madre; en esas andábamos cuando, intempestivamente, llegó un vehículo gabacho con placas sobrepuestas de donde bajaron cuatro gorilas a darnos unos buenos madrazos por andar “ensuciando las calles, con esa puta hoz y martillo”. El jefe de esa manada, nos dijo: “Si no les gusta México, pues a chingar a su madre a Rusia, a trabajar en Siberia, muchachos pendejos”. A la madriza siguió el baje de dinero, relojes, pintura y brochas, mas cachetadas y patada por el trasero. El regreso a nuestros hogares fue gracias a la generosidad de la gente quien se apiadó de nosotros y nos regaló el dinero necesario para el camión.

Debo de confesar que no fueron mis primeros y únicos madrazos, pues las marchas para recobrar el Zócalo, vedado a mítines después del 68’, siempre terminaban en zafarrancho con los granaderos. Pero llevar una bandera a las marchas y mítines del partido era un honor y un orgullo. Participar en algunos eventos internos era un honor, escuchar a los compañeros Arnoldo o Valentín o Gilberto era asistir a una cátedra. Ser miembro del PCM era llevar consigo un compromiso enorme con las causas del proletariado mexicano y mundial.

Los años posteriores fueron de definición ideológica, de crítica al dogmatismo y revisionismo del partido, de cuestionar las posiciones socialdemócratas de algunos miembros, de burlarnos de quienes alentaban las posiciones del llamado “Eurocomunismo”, de la dura discusión de abandonar el concepto “Dictadura del Proletariado”, por algo más sutil como “Poder Obrero Democrático”. El PCM fue mi escuela, el espacio donde descubrí otras manifestaciones de la cultura: la trova cubana, el bossa nova de Joao Gilberto, la poesía de Benedetti, de Vallejo, de Vinicius, las letras de Cortázar, García Márquez, Kundera, Hrabal, el cine de Wajda, Kurosawa, Welles, Bertolucci, Pasolini.

No es posible escribir la historia de México, sin la presencia del PCM. Mucho le debemos a esta organización que, con grandes errores y aciertos, definió buena parte de la agenda política del país durante décadas. A pesar de la severa represión desde el poder, el partido supo sobrevivir, supo llevar al parlamento a los mejores oradores. Se decía entonces: “Ganamos el debate, pero perdimos la votación” y así era. A cien años del nacimiento del Partido Comunista Mexicano, quienes nos formamos ahí, brindamos por esa vieja escuela del pensamiento libertario, brindamos en memoria de los cientos de compañeros caídos por la represión del régimen priísta. Orgullosos seguimos caminando, gritando como lo hacíamos: “Arriba los pobres del mundo, en pie los esclavos sin pan, alcémonos todos al grito ¡Viva la Internacional!”.

Por Felipe Andrade / Docente investigador en la Universidad Autónoma de Zacatecas


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