GUILLERMO CHIU DE LA O | NTRZACATECAS.COM
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El arte sagrado busca la noble belleza de lo representado, no sólo la suntuosidad. El arte sagrado (pintura, escultura, arquitectura, vitrales, grabados, relieves…)  debe llevar a quien lo contempla a un más profundo sentido de su fe y a un enamoramiento por la belleza de Dios (cf. SC 124)

El Concilio Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII en enero de 1959 y clausurado el 8 de diciembre de 1965 por el Papa Paulo VI, fue uno de los eventos históricos que marcaron el ser y quehacer de la Iglesia Católica durante el siglo XX, y sus efectos permanecen hasta la actualidad. Implicó una renovación que abarcó prácticamente todos los ámbitos de la vida del catolicismo universal, siendo uno de los cambios más notorios, por ejemplo, el cambio del latín por las lenguas vernáculas de cada país en las celebraciones litúrgicas.

Por considerarlo de interés periodístico, Crítica Forma y Fondo ofrece a sus lectores, verbatim, los números de la Constitución Apostólica Sacrosanctum Concilium, Sobre la Sagrada Liturgia, dedicados al arte y los objetos sagrados.

CAPÍTULO VII EL ARTE Y LOS OBJETOS SAGRADOS

 Dignidad del arte sagrado

 

  1. Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan, con razón, las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro. Estas, por su naturaleza, están relacionadas con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios.

 

Por esta razón, la santa madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó constantemente su noble servicio, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales. Más aún: la Iglesia se consideró siempre, con razón, como árbitro de las mismas, discerniendo entre las obras de los artistas aquellas que estaban de acuerdo con la fe, la piedad y las leyes religiosas tradicionales y que eran consideradas aptas para el uso sagrado.

 

La Iglesia procuró con especial interés que los objetos sagrados sirvieran al esplendor del culto con dignidad y belleza, aceptando los cambios de materia, forma y ornato que el progreso de la técnica introdujo con el correr del tiempo. En consecuencia, los Padres decidieron determinar, acerca de este punto, lo siguiente:

 

Libre ejercicio de estilo artístico

 

  1. La Iglesia nunca consideró como propio ningún estilo artístico, sino que acomodándose al carácter y condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo, creando en el curso de los siglos un tesoro artístico digno de ser conservado cuidadosamente. También el arte de nuestro tiempo, y el de todos los pueblos y regiones, ha de ejercerse libremente en la Iglesia, con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia; para que pueda juntar su voz a aquel admirable concierto que los grandes hombres entonaron a la fe católica en los siglos pasados.

 

Arte auténticamente sacro

 

  1. Los ordinarios,[1] al promover y favorecer un arte auténticamente sacro, busquen más una noble belleza que la mera suntuosidad. Esto se ha de aplicar también a las vestiduras y ornamentación sagrada.

 

Procuren cuidadosamente los Obispos que sean excluidas de los templos y demás lugares sagrados aquellas obras artísticas que repugnen a la fe, a las costumbres y a la piedad cristiana y ofendan el sentido auténticamente religioso, ya sea por la depravación de las formas, ya sea por la insuficiencia, la mediocridad o la falsedad del arte.

 

Al edificar los templos, procúrese con diligencia que sean aptos para la celebración de las acciones litúrgicas y para conseguir la participación activa de los fieles.

 

Imágenes sagradas

 

  1. Manténgase firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles; con todo, que sean pocas en número y guarden entre ellas el debido orden, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano ni favorezcan una devoción menos ortodoxa.

Títulos de las imágenes:

Sedes Sapientiae (Trono de la Sabiduría), Francia, 1150–1200

Pietà, Miguel Ángel Bunarroti, El Vaticano, 1498/9–1500

San Antonio de Padua con el niño Jesús, Javier Marín, Catedral Basílica de Zacatecas, 2010

[1] Por  “Ordinario” se entienden en derecho, además del Romano Pontífice, los Obispos diocesanos y todos aquellos que, aun interinamente, han sido nombrados para regir una Iglesia particular o una comunidad a ella equiparada.

De la esencia del Arte Sacro

Guillermo Chiu – Editor del suplemento

 


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