STAFF | NTRZACATECAS.COM
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Una de las decisiones alrededor de mi cambio de vida hace casi un año, que me llevó de nueva cuenta a la Ciudad de México, tuvo que ver con el cierre de mis redes sociales para enfocarme en mi proyecto académico; para la actividad profesional, creí que no era necesario tener Facebook ni Twitter. Cerré ambas cuentas. Solamente me quedé con Instagram, porque me gusta seguir cuentas donde puedo observar fotografías que me remontan a la naturaleza y cosas así. El año 2019 prácticamente lo pasé alejando de las redes.

Hace poco más de dos semanas, después de un debate interno, decidí que debía volver a Twitter para tener una mayor facilidad de acceso a información y estar “al día y a la hora” con la información pública de México. Quise recuperar la cuenta anterior (lo cual no logré) y sobre ella reencontrarme con redes sociales; sin embargo, tuve que abrir una nueva cuenta (Alfonso Del Rea1). Empecé a seguir a muchísimas cuentas de noticieros, influencers, actores públicos, instituciones públicas y demás. ¡Oh sorpresa!

Nunca pensé que iba a encontrar tanta polarización y encono. Quizás no tenemos una guerra contra el narco ni tenemos una guerra civil (esto último, afortunadamente), pero vaya que tenemos una guerra política-social-twittera de miedo. Por lo menos para mí. Y después de adentrarme un poquito más en antecedentes de diferentes asuntos que llevaban a discusiones severas, me di cuenta que este año había sido un año de división, diferencias, coraje, polarización.

Como dije, sigo cuentas institucionales. Gobiernos, funcionarios, medios de comunicación. En la primera semana de mi regreso a esa red social, sinceramente me abrumé en mi regreso a Twitter, debido a dos hechos informativos que tuvieron escalada twittera impresionante: el primero tuvo que ver con el informe dado a conocer respecto de cuentas que atacar; el segundo tuvo que ver con la tragedia alrededor del violento suceso en torno a la familia Le Baron.

Twitter se polarizó. En ambos temas, o estabas a favor del presidente o estabas contra él; o eres chairo, o eres fifí; eres gobierno o eres oposición; eres 4T o eres antipeje. Dios santo, ¡Qué manera de vivir! ¡Radicalización absoluta! ¡Y así llevamos todo el año!

Fueron muy pocos los comentarios que abonaban a una discusión propositiva. Es impresionante el manejo de ideas, propuestas, frases, comentarios y demás, que buscan denostar, minimizar, ridiculizar, descartar, atacar y descalificar, a una posición u otra. Nos estamos polarizando. Nos estamos volviendo no solamente intolerantes, sino críticos a mansalva y reaccionarios a ultranza.

En algún punto debemos hacer un alto en el camino. No podemos seguir así. México tiene suficientes problemas enfrente ligados a la seguridad pública, al crecimiento económico, la disminución de la marginación y el cuidado del medio ambiente como para que nuestra sociedad se polarice de tal forma que estemos unos contra otros, literal.

La polarización, por definición, significa tomar o construir posiciones en sentido completamente opuesto. Y las posiciones así no llevan a nada bueno en el ámbito de lo público. Nos estamos convirtiendo en lo que la historia ha documentado muy bien: sociedades divididas que limitan su propio progreso y eluden la vida en común fraterna, respetuosa, tolerante.

Pero tenemos que identificar invariablemente un origen de esa división o encono. Éste, lógicamente, tiene muchas definiciones, matices y protagonistas. Pero empecemos con uno clásico: imagine Usted la perspectiva económica simple y remítase a un filme clásico del cine nacional mexicano en su época de oro: Nosotros los pobres, estelarizada por Pedro Infante; o bien, su secuela, Ustedes los ricos. En ambas existe un claro retrato de la división social basada en la situación económica familiar. ¿Le suena conocido?

Vayamos a otro ejemplo: la búsqueda del poder político. Desde tiempos añejos la filosofía política ha sabido distinguir el comportamiento humano cuando se trata de asumir una posición de liderazgo que se ejerce bajo los cauces de la vida política de una sociedad determinada, y cómo quienes integran la clase gobernante se erigen como un escalón superior a la masa por la naturaleza de las condiciones de mando que se le han conferido -abiertamente o no- independientemente de la posición política que se guarda, es decir, hay una condición intrínseca al poder político, no importa si eres de izquierda o de derecha.

Pero pensemos en otro ejemplo, ya con el matiz de perspectiva política, y en relación al párrafo anterior. El radicalismo de izquierda, muy desarrollado en la segunda mitad del siglo XIX, tuvo entre otros estandartes la lucha contra las condiciones de opresión de la clase gobernante hacia los gobernados, las terribles condiciones laborales que tenían los obreros y la gran división social -desigualdad- que generaba el capitalismo. Si yo le pregunto qué es lo que busca la izquierda radical hoy en día, ¿qué me podría responder?

Me voy al opuesto: la ultraderecha. ¿Cómo es que en pleno siglo XXI existen percepciones políticas que limiten el acceso a mayores libertades a grupos minoritarios, para vivir en condiciones de igualdad de la mayoría? Las expresiones, por ejemplo, de superioridad racial, religiosa o de género, fácilmente pueden ubicarse en esta perspectiva política bajo la cual debe conducirse a una sociedad. Esas expresiones han devenido en movimientos nacionalistas que han polarizado, y lo que antes era unido, se fragmenta con facilidad, con la facilidad del odio.

El punto al que quiero encaminar este texto, estimado lector de Crítica: forma y fondo, es a que son los gobiernos la semilla de la que emerge una perspectiva dicotómica de las cosas. Sólo que los gobiernos ya no deben tener comportamientos fácilmente ubicables en cuestiones de corte autoritarias, unipersonales, caprichosas, moralistas o mesiánicas. Los gobiernos deben poner un ejemplo de unidad. Se dice fácil e idealista… pero la realidad es otra.

La construcción social de los graves problemas que aquejan a las sociedades, por muy pequeña que sea la demarcación rural o por muy grande que sea la metrópoli, tienen en los gobiernos un punto de ejercicio de cordialidad que debe impulsarse todos los días. Es el gobierno como agente de su desarrollo.

Quienes hoy por hoy tienen la responsabilidad dentro de los gobiernos de labores ejecutivas y legislativas, principalmente, son actores públicos cuya voz y letra se convierten en influyentes. Ser un personaje público, me parece, amerita una gran concientización respecto de ese alcance que se tiene y, tras una gran reflexión, considerar la posibilidad de utilizar un lenguaje y expresiones que limiten la posibilidad de generar enconos en la sociedad. Ya no necesitamos más situaciones que generen odios y enconos; la violencia y la precariedad económica deben ser el enemigo en común. Eso es cosa de todos los días.

Las presiones por justificar positivamente malas decisiones gubernamentales pueden obligar a utilizar recursos discursivos y mediáticos que tienden a la descalificación, a la culpa y a la negación; las redes sociales han servido para publicitar y transparentar una serie de cuestiones que hace años era impensable que pudieran sacudir en lo más mínimo a regímenes arcaicos, corruptos y alejados del bien común. Sin embargo, por otro lado, esa publicidad y transparencia llevaron a considerar también un espacio -al parecer infinito por su efecto multiplicador- que podía ser alimentado feroz e impunemente de señalamientos negativos que, paradójicamente, en lugar de cohesionar a las sociedades para abonar a la consecución de objetivos comunes, llevó a la radicalización de posiciones respecto de decisiones públicas.

La administración pública es una enorme estructura de seres humanos cuya esencia humana, social y, sobre todo, política, difiere constantemente; las opiniones que muchas veces se vierten tanto por personajes públicos como por ciudadanos que se refieren al actuar gubernamental -muy posiblemente de manera muy ligera- dejan de lado que quienes protagonizan la historia y hacen andar la maquinaria, son hombres y mujeres que piensan, sienten y tienen historia, preferencias, gustos, compromisos, presiones, creencias, y demás. El factor humano es algo a considerar para no generalizar, pero tengo que aceptarlo, esto último no es fácil.

Por lo pronto, seguiré en Twitter, y desde esa trinchera procuraré que lo que escriba siempre tengan una connotación positiva. La sociedad en la que me desenvuelvo requiere, según mi personal perspectiva, que mandemos mensajes de integración en lugar de polarización, mensajes de tolerancia en lugar de descalificación, de respeto a la crítica y a los críticos, y no de descalificación fácil. Ojalá que el 2020 sea diferente.

Por ALFONSO CARLOS DEL REAL LÓPEZ / Politólogo


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