David H. López
David H. López

“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.”

Pablo de Tarso – 1 Corintios 13

 

“Una sociedad sin religión no puede prosperar. Una nación sin fe no puede durar. Porque la justicia, la bondad y la paz no pueden permanecer sin la Gloria del Dios Todopoderoso.”

Fueron palabras dichas ante un nutrido grupo de evangélicos en los Estados Unidos hace poco tiempo. El orador continuó, “debemos renovar el lugar de la fe y la familia como el centro de la vida norteamericana. Hay algunos que dicen que nuestra fe es anticuada. Pero nosotros sabemos que no es así. Nuestras tradiciones y valores son eternas e inmortales.”

No nos detendremos, por ahora, a desmenuzar en esencia las palabras reproducidas. Son de suyo ideas controversiales sobre todo para sociedades cuya tradición laica, como la nuestra, vive sus propias convulsiones.

Bien podríamos adivinar que el autor de dichas palabras fue un pastor o líder evangélico de la talla de los fallecidos Billy Graham o Jerry Falwell o de algún otro líder religioso de extracción cristiana, e incluso judía o musulmana.

Pero no. Fueron palabras de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. Y con discursos similares ha embelesado a una importante proporción de creyentes evangélicos en todo su país. Fue su pacto con ellos, a final de cuentas, uno de los factores más decisivos que sellaron su llegada a la Casa Blanca a cuenta de derrotar a la demócrata ultraliberal Hillary Clinton, contra quien dichos sectores han acumulado décadas de animadversión.

Hay un principio de la condición humana que apela a la congruencia. Jesús conquistó el corazón de las multitudes no sólo predicando amor al prójimo, sino también ejerciéndolo. La historia nos dice que el cristianismo más persuasivo y poderoso no ha empuñado ni armas, ni leyes ni siquiera argumentos, sino antes bien, amor en práctica.

No debería haber necesidad de hacerlo, pero lo señalamos porque nos parece inconcebible –si no es que patético– que muchos cristianos caigan rendidos ante discursos tan desprovistos de esencia. Hay quien enarbola el poder de la verdad por la verdad misma y por eso le disculpan a Trump su incongruencia que raya en lo inhumano, con un racional que dice, “no importa que no sea buen ejemplo de sus palabras, mientras lo diga y nos defienda”. Esa trampa pragmática omite la otra mitad del diagnóstico cristiano que trasciende a la lengua, “por sus frutos los conoceréis”.

Familias inmigrantes separadas, niños apartados de sus padres y enjaulados, personas retenidas y rechazadas para su ingreso debido a su procedencia, su raza o por ser musulmanas; su xenófobo discurso de arranque de campaña y sus derivados, su retórica antimexicana que ha alentado agresiones espontáneas y masacres premeditadas; el autor de todo lo anterior habla como si chorreara amor cristiano en su vida y en su conducción pública y privada. Habla, pues, como cristiano; “comen santo, cagan diablo” dice el dicho popular mexicano.

Algunos evangélicos en Latinoamérica lo defienden. Allí es cuando la ideología coloniza la fe y envuelven en religión sus ideas políticas; tienden a disculparlo todo.

Cuando Donald Trump habla de la Gloria de Dios y de la defensa de la religión y valores sagrados, viene a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. La verdadera tragedia es que trivializa y hasta ridiculiza de facto valores que la sociedad necesita para darle viabilidad a su propia convivencia.


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