Miguel Moctezuma L.
Miguel Moctezuma L.

La naturalización de la vulnerabilidad social

 

Existen muchos juicios o prejuicios aceptados sobre la vulnerabilidad,  el más común es aquel que supone que la vulnerabilidad es natural, como si la naturaleza dotara a unas personas de cualidades excepcionales y a otras las castigara. Incluyendo sus procesos evolutivos, la naturaleza es lo más perfecto que conocemos, simplemente es como debe ser.

Propios y extraños nacimos iguales, provenimos del óvulo de una mujer y del espermatozoide de un varón, nacimos desnudos. En el momento del nacimiento unos y otros somos lo más cercano a la naturaleza. La vestimenta constituye uno de los primeros signos de diferenciación social, empezando por el “color del sexo”: las niñas son arropadas de rosa y los niños de azul. Esto empieza a marcar las diferenciaciones sexualmente inducidas. El alimento, abre una de las primeras diferencias abismales, mientras unos se alimentan de la leche materna otros lo hacen de la fórmula comercial; la primera permitirá la conexión con el cuerpo de la madre y con ello los afectos, además proporcionará los anticuerpos necesarios para salud futura, mientras que el segundo estará carente de esta protección natural y quizá sea una de las primeras manifestaciones en que se expresa la interacción entre el hijo y la madre. Nótese que todo esto hace que unos y otros se vistan, alimenten y vivan sus primeras relaciones con sus seres inmediatos según su condición. Entonces, nacimos iguales, pero cada cual nació en un contexto social que marcará las asimetrías. Ahora bien, si el nacimiento es un fenómeno natural, el nacer como pobre o como rico nada tiene que ver con la naturaleza.

La vulnerabilidad es parte de una sociedad que no reconoce que los comportamientos atroces son parte de una moral que se esconde tras la idea de que los hechos suceden simplemente porque se es mujer, menor, enfermo, migrante o indígena. Nadie nace con el sello de ser vulnerable. La vulnerabilidad no se hereda en los genes. La vulnerabilidad no es natural, es social; es decir, hay que buscar en los comportamientos sociales las causas de la violación sexual a las mujeres, el maltrato a los niños, el desdén a los enfermos, el desprecio de los pobres, el abandono de los ancianos, la discriminación de los indígenas y la persecución de los migrantes. Cuando aceptamos acríticamente que esos grupos de la sociedad son en sí mismos vulnerables, con ello nos acercamos a la idea de que la vulnerabilidad es natural. Justo este tipo de problemas son los que me han llevado a transitar de la vulnerabilidad hacia la explicación de la ausencia de derechos y de ésta hacia el derecho a la justicia.

Las ideas que se albergan en las mentes obtusas que aceptan que la mujer es vulnerable simplemente por haber nacido mujer son realmente las que reproducen la moral de la justificación de eso que llamamos vulnerabilidad. Cuando un varón afirma que violó a una joven porque se viste como prostituta, la verdad es que la observa como prostituta porque es un violador; pero incluso, aunque fuera prostituta nada justifica una violación. De la violación al asesinato existe sólo una diferencia, en donde la continuidad de la misma consiste en imponer la voluntad a una tercera persona, en poseerla. Se impone la voluntad al poseer el cuerpo de la mujer y se demuestra que esa posesión se transforma en absoluta cuando se prueba que incluso la vida se le arrebata.

Efectivamente, el feminicidio es similar a un asesinato de odio. La cultura que acepta que el feminicidio es simplemente un asesinato más, además de minimizar al asesinato mismo, pierde de vista lo que está en la conciencia perversa de quienes cometen ese delito. Para decirlo claramente: son los valores perversos los que soportan la creencia de que la mujer es un ser inferior, los que desde el poder familiar imponen el maltrato infantil, los que abusan de los enfermos en hogares y hospitales, los que justifican la persecución de los migrantes y los que desprecian a las personas por ser indígenas. Durante la Conquista en México, con esas mismas ideas se decía que los nativos no eran seres humanos.

El ser madre tiene un sinfín de expresiones, la más común es aquella que espera que una joven sea madre cuando se haya casado con un varón, pero ¿qué pasa cuando vemos el crecimiento de las madres solteras? Obvio: el significado se altera radicalmente y termina cuestionando esa creencia. Existe otra idea socialmente aceptada en la que se concibe a la madre como sinónimo de protección y ternura; si la mujer migra y deja a sus hijos con sus abuelos, por más esfuerzos que esa madre haga por mantener la comunicación hacia sus hijos y por enviarles dinero para su manutención, la sociedad se encargará de señalarla como la madre los abandonó. Todo esto indica que existe un simbolismo de ser madre y que éste se anida en el pensamiento hasta hacerse imperceptible, como si fuese algo natural.

En días recientes hemos visto en Zacatecas un comportamiento persecutorio en contra del “matrimonio igualitario”. El lenguaje justificatorio ha sido el de la defensa del “matrimonio natural” el cual ha sido confundido como aquel en el que una mujer y un varón deciden unir sus vidas para procrear sus hijos. Esta es la imagen ficticia de una pareja asexuada que niega el goce de sus cuerpos. Lo más chusco es ver en escena al clero hablando de estos temas en donde se supone que ellos sepultan su sexualidad. Pero ¿por qué negamos derechos a quienes piensan y actúan distinto a nosotros?Principio del formulario

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