Alberto Chiu
Alberto Chiu

¿Cosas de familia?

 

El inicio de este año 2020, y con él el reinicio de clases en el actual ciclo escolar, se tiñeron de sangre con un lamentabilísimo hecho de sangre ocurrido en una primaria: tal como lo registraron los medios de comunicación, un menor de edad -quién sabe por qué razones-, alumno del Colegio Cervantes en Torreón, llegó con dos pistolas y, en circunstancias inexplicables, disparó varias veces quitándole la vida a una de sus maestras, hiriendo a otro maestro y a algunos de sus compañeros, y luego él mismo se disparó y se quitó la vida. Tenía 11 años y, según dicen, un hogar roto. Así comenzó toda una ola de opiniones, propuestas, y muchísimas dudas sobre cómo solucionar semejantes problemas.

Luego de lo sucedido, se suspendieron las clases algunos días, se contrataron especialistas, se dieron decenas de asesorías psicológicas; se retomaron las actividades con el reforzamiento de medidas de seguridad no sólo en esa escuela, sino en muchas otras, se llenaron las redes sociales con mensajes de rechazo a la violencia, y se impulsó nuevamente la famosa estrategia de la “#OperaciónMochila”, es decir: la revisión -tipo aduana- de las mochilas de los niños… para que nadie meta otra pistola, o drogas, o cualquier otro objeto peligroso, a sus instituciones.

Pero ¿es la #OperaciónMochila una solución tipo “panacea” para acabar con la violencia en las escuelas? Porque no se trata solamente de que un alumno pueda introducir un arma de fuego al plantel, y así lo declararon también decenas de padres de familia que, temerosos por la integridad de sus hijos, exhibieron muchos otros casos de violencia de menores que agredían a sus compañeros, o incluso a sus maestros, con los  lápices, con las reglas, con las manos, etcétera. Violencia es violencia, y se puede ejercer con prácticamente con cualquier cosa.

Aquí en Zacatecas, la respuesta oficial –la de la Secretaría de Educación, particularmente–, fue distinta: relanzar la #OperaciónFamilia, estrategia mediante la cual se busca “prevenir problemas de riesgo social en las escuelas y la atención prioritaria que debe tener la familia, en un soporte comunitario más integral”.

De acuerdo con lo anunciado por Gema Mercado, la titular de Seduzac, se proponen actividades y frentes diversos para prevenir la violencia “a través del arte, la cultura, el deporte y la educación, para reducir factores de riesgo en el ámbito escolar, fomentar la creación de redes comunitarias familia–escuela–gobierno y propiciar el diálogo familiar y la convivencia”. ¿Quién podría poner en duda que dichas acciones, implementadas adecuadamente, pueden ayudar a crear ambientes más armónicos para el desarrollo ya no sólo de los menores escolares, sino de las familias enteras?

Me preocupa que, tras el anuncio, sí hubo –al menos en las redes sociales– algunas manifestaciones de rechazo al estilo de “¿y eso para qué sirve?”, o “son puros pretextos para decir que trabajan”, o “sólo buscan maquillar la corrupción”. Creo que esas expresiones no abonan, ni tantito, a generar el ambiente armónico que se busca. Por el contrario, alimentan el odio, las prácticas violentas, y a la vez demuestran que, tristemente, sí hay una parte de la sociedad que está “contaminada” por el cáncer de la agresión sin sentido.

Creo que la tragedia de Torreón nos debe servir para aprender muchas cosas: a escuchar a los hijos, a poner más atención, a revisar cómo nos dirigimos a ellos y entre los miembros de la familia (lo que ven y lo que escuchan es lo que aprenden), y a ser conscientes de cómo nos tratamos como ciudadanos. Si no aprendemos eso, seguramente estaremos condenando a las futuras generaciones a aprender sólo los roles que rompen, cada vez más, el tejido social. Démosle una oportunidad. Démonos todos esa oportunidad, porque sí, son cosas de familia, no sólo de la escuela, o del estado.


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