David H. López
David H. López

Hace once años, en 2009, el grupo político de López Obrador dentro de la izquierda recibió un revés de parte del tribunal electoral. En la elección de candidato a delegado del PRD en Iztapalapa el lopezobradorismo postuló a Clara Brugada y el grupo de los Chuchos apoyaron a Silvia Oliva. Después de una encarnizada disputa el Tribunal Electoral, con una alta sospecha de prevaricato, falló en favor de Silvia Oliva.

En ese contexto, López Obrador tres años después de la elección presidencial, y en un movimiento político y social enfocado en detener los avances del proyecto neoliberal, dio origen al fenómeno “Juanito”, que fue la sustitución de facto del candidato del PT a la delegación de Iztapalapa donde Rafael Acosta, candidato original, renunciaría al asumir la delegación, para dar lugar al nombramiento de Clara Brugada.

Muchos de los “cuerdos” de la comentocracia consideraron que era una locura, literalmente. ¿Qué sucedió? La convocatoria de AMLO a apoyar la maniobra votando por “Juanito” fue un éxito y Clara Brugada fue delegada. Lo juzgaron capricho, pero Iztapalapa era un bastión importante del lopezobradorismo. Perderlo era, sin temor a exagerar, un golpe en la línea de flotación del movimiento y en su viabilidad electoral y política.

El sistema político mexicano, en gran medida sin saberlo, conoció un rasgo que ha venido acompañando por años a López Obrador: la audacia. Se le da el asumir estos riesgos a niveles incluso descabellados y para salir avante plantea estrategias poco comunes, por decir lo menos.

Válganos el largo antecedente para ilustrar que, estemos o no de acuerdo con aquel dirigente político, hoy presidente, no debemos escamotearle ese rasgo en su conducción política.

“Pensar fuera de la caja” lo llaman en Norteamérica, y es cuando se agotan los recursos convencionales para solucionar un problema y los encargados de enfrentarlo emplean ideas poco o nada convencionales. Quienes trascienden al éxito, resultan recordados como ejemplos de innovación y arrojo.

Empero, la audacia implica siempre riesgos. Y AMLO parece ser un político curtido en calcularlos.

Mostrar a la opinión política el diseño del boleto de la “rifa” del avión presidencial, y la idea en sí misma, ¿Será una mera ocurrencia? ¿Todo quedó en un distractor para la opinión pública ante las cosas más importantes?

En el caso de sus opositores con animadversión más fermentada, a López Obrador, como a todo enemigo formidable, le encanta que lo subestimen y lo tilden de loco o tonto.

¿Mera comunicación popular o populista?

Por otro lado, ¿Qué esquizofrénica mentalidad reprueba los dislates del presidente, pero al mismo tiempo lo tiene en un promedio de 68 por ciento de popularidad? El ruido de las redes, ¿incidirá realmente en la opinión pública?

Salvo algunos detalles, como la restricción para el ganador de la rifa de no vender el ostentoso avión en menos de su precio avalúo de 130 millones de dólares, mucho parece embonar.

Supongamos –por un instante y sin descartar– que la rifa va: se emitirán seis millones de “cachitos” de a 500 pesos cada uno, lo que sufragaría automáticamente el costo del avión.

Quedan riesgos. Para empezar, que la respuesta a la convocatoria no sea la esperada y los ingresos por la venta de boletos no satisfagan la base mínima para dar por recuperado el dispendio que se busca solucionar. El riesgo del fracaso existe y sus detractores se encargarán de magnificarlo.

Por lo pronto la opinión pública, impasible, mantiene a López Obrador con un nivel de aceptación rondando un promedio de 68 por ciento.

La audacia, sin embargo, tiene sus límites e implica eventuales fracasos. Incluso habremos sido testigos de algunos del mismo López Obrador. Pero los comentaremos después.

 

@vidolopez


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