David H. López
David H. López

Hace unas semanas comentamos las cifras que arrojó un estudio mundial sobre el estado de la confianza (http://bit.ly/2tIpsmr) y vimos la necesidad que tienen las sociedades de confiar para poder ser viables, ya que en un contexto de desconfianza es imposible construir cualquier edificación social.

Los números fueron dramáticos, pero una adecuada calibración mental puede ayudar a valorar y abordar el problema. Negarlo o magnificarlo conducen a diagnósticos inexactos y actitudes erráticas.

La magnificación de la desconfianza nos conduce a un escepticismo, un decreimiento fuera de control y éste, tarde o temprano, al cinismo por demás tóxico (http://bit.ly/2EkOxGX).

Desconfío porque, “todos me han fallado”, “nadie vale la pena”, por tus antecedentes o los de tu familia”, “otros en tu lugar me han defraudado”. En tal razonamiento no es posible el beneficio de la duda; todo está mal. La magnificación aniquila.

En el otro extremo, la negación es un narcótico mental peligroso. El “todo está bien” tampoco ayuda a valorar el problema en su justa dimensión.

“No importa lo que digan, desean el mal”, “ya vas a empezar con tu pesimismo”, “no puede ser tan malo”; esto último, frase en apariencia razonable, justifica una descalificación a rajatabla para caer de nuevo en la negación.

Si nos fijamos bien, detectar ambos extremos no sólo nos funciona para solucionar la desconfianza, sino para un montón de sentimientos perniciosos que lastran nuestro desarrollo. Y eso aplica tanto para personas como para organizaciones y sociedades.

Somos una sociedad muy defraudada. Tal vez en otro momento sea adecuado analizar si ser defraudados es una consecuencia inherente a ser defraudadores, pero no hoy. Hemos sido traicionados por diversos actores políticos y acuñado divertimentos como, “En México un paranoico es un ciudadano con sentido común” (Paco Ignacio Taibo II).

La libertad de expresión ganada gradualmente desde hace décadas, nos ha traído trabajos periodísticos que nos dan cuenta de diversas triquiñuelas hechas por políticos, empresarios y personas quienes debieran actuar diferente. Enterarnos nos ha quitado la venda de los ojos y tras vivirlo reiteradas ocasiones, se ha aniquilado la confianza.

No es un tema fácil. Muchos estudiosos han dicho que la instauración del estado de derecho (una cultura de respeto a la ley) tendería a devolvernos, fuera paulatinamente, la capacidad de volver a confiar. Con ello una vieja nodriza de la desconfianza, la impunidad, tendría sus días contados. ¿Será?

Pero, de nuevo, pensemos que el estado de derecho no podría incubarse en un ambiente de desconfianza. Lo mismo para quien piense que “acabando con la corrupción se termina la desconfianza”. ¿Cómo pensaríamos aniquilarla? Todo paso inicial, intermedio o final en ese camino, requiere el componente de confianza para tener posibilidades. ¿Se puede sin ella? Será difícil, porque al menor atisbo de defraudación, todo el castillo de naipes se viene abajo.

Una maestra me dijo, “una beca no se da, se gana; y no se quita, se pierde”; me lo dijo en el contexto de que el apoyo escolar era confianza depositada en mí como becario. La idea es poderosa porque contrario a como nos gusta pensar de jóvenes donde “te quitan” o “te dan” una beca, el razonamiento productivo es “la gané” o “la perdí”.

¿El huevo o la gallina? ¿La confianza o todas las anteriores? Hemos repetido que la confianza es no negociable, pero ¿cómo la reencontramos?

Vivimos tiempos donde el resurgimiento de una esperanza puede ayudarnos a dar un pequeño salto cualitativo para volver a echarnos a andar como sociedad en nuestra actitud entre nosotros.

Mantengámonos ocupados confiando en que aparecerán respuestas. Confiemos.


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