David H. López
David H. López

Esperaba en un café y conforme pasaban los minutos no pude retraerme de una conversación entre un joven de unos 24 años, nacido entre los noventas y un adulto mayor, probablemente nacido en la década de los cincuenta. Prototipos de lo que hoy conocemos como Millenials y Baby boomers.

Eran un nieto y un abuelo cuya conversación versaba sobre la decisión del joven de dejar su trabajo. No resistí la tentación de tomar apuntes.

–No te entiendo. ¿Cómo te sales de trabajar de un lugar donde estás, según tú, “a gusto”?

–Ya te dije, abuelo. Estoy a gusto, pero no es suficiente.

– ¿Qué más necesitas?

–Lo que hago debe tener sentido. La empresa me paga bien, pero para sentirme a plenitud…

– ¿“A plenitud”? ¿Qué es eso? Ves la situación del país cómo está… hay mucha incertidumbre y tu dejas tu trabajo por una insatisfacción que no entiendo…

–…es que no me dejas terminar, abuelo. Uno debe saber que su trabajo tenga sentido y que la empresa, vaya con rumbo y, además de ganar dinero, aporte algo.

–Pero ése no es tu problema, hijo. Ése es problema del dueño. Antes, si quieres luchar por hacerte un espacio de trabajo que te deje satisfecho, lo haces, pero trabajando, creando estabilidad, experiencia y antigüedad. El sobrino de Juan, mi compañero en la fábrica, trae las mismas ideas que tú. Acuérdate que Juan y yo nos jubilamos después de 30 años…

–Pero eso ya no existe. Las empresas ya no esperan ese arraigo y la gente de nuestra generación tampoco lo busca.

–¡Les va a pesar!

–¿Por qué? Siempre que oigo a gente como ustedes y como mi papá, escucho ese pesimismo, de que “nos va a pesar”.

–Porque tiene un costo, pero no lo verás ahora, sino después. Jubilarte con antigüedad, crear esas condiciones te asegura una vejez, si no de millonario, para vivir sin hambre. Cuando ya no sirvas para nada, sólo te quedarán los tres mil pesos que te dé el gobierno.

–Pero eso no tiene por qué ser así. Ahora los esquemas han cambiado, la gente de mi edad busca más ser dueña de su propio tiempo y establecer sus tiempos.

–…y eso suena muy bonito, pero a cambio de “esclavizarte”, las empresas te ofrecen una estructura y una previsión.

–…pero eso también suena muy bonito, abuelo…

–Es que no quieres entender. ¿Ya viste lo que viene para los de tu edad? Ustedes que se la viven buscando todo en el celular, busca las noticias y los estudios sobre la vejez que les espera. Las afores son un ahorro que no les servirá para nada. Toma mi consejo, hijo: no te salgas a la nada. Toma en cuenta el futuro. Al menos prométeme que lo vas a pensar.

–Está bien, abue.

–Al menos eso. Ya me tengo que ir; voy a pedir la cuenta.

–No te apures abuelo, ya pagué.

–Gracias, hijo.

 

–Si me permiten –los interrumpí– escuché gran parte de su conversación y me pareció muy ilustrativa, ¿les importaría si la reproduzco en un artículo que preparo para un periódico?

Con algo de incredulidad, accedieron. Una vez que se fue el abuelo, su nieto me confió que lo pensaría, pero sin probabilidades de cambiar.

– ¿Te puedo preguntar qué harás?

–Renunciaré. Mi abuelo es bienintencionado, pero sus preocupaciones pertenecen a una época diferente.

–Pero los problemas serán los mismos. ¿Qué te dice tu papá?

–Lo mismo que él, pero ya no tengo mucho que pensar. Voy a la oficina a decirles que trabajo hasta fin de mes.

 

Esta conversación ilustra un choque generacional que, por espacio, comentaremos a la próxima. Por lo pronto, ¿qué piensa usted?


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