David H. López
David H. López

Existen dos grandes tradiciones para otorgar o reconocer derechos de ciudadanía en el mundo: los llamados ius sanguini (de sangre) e ius soli (o soldi, de suelo). El criterio sanguíneo reconoce el linaje, es decir asigna nacionalidad en razón de los padres (como muchas naciones europeas, como España) donde se consideran ciudadanos a los hijos de nacionales de dicho país.

El criterio de soli, en cambio, otorga la nacionalidad por el simple hecho de haber nacido en suelo nacional o en lugares jurídicamente reconocidos como su territorio (embajadas, consulados, embarcaciones, aeronaves…).

Desde su nacimiento, Estados Unidos ha otorgado la nacionalidad a los nacidos en su territorio. En gran medida por eso las parejas inmigrantes ven como una palanca de movilidad social el nacimiento de sus hijos en ese país. Por otra parte, las leyes de nacionalización de Estados Unidos eran más benévolas cuando concedían la ciudadanía de manera instantánea (o casi) a personas por el simple hecho de contraer matrimonio con ciudadanos.

La nacionalización por matrimonio fue truncada por el incremento de casos donde los contrayentes solo utilizaban su boda como un mecanismo técnico (pero eficaz) para hacerse de la ciudadanía sin respetar el sentido social que confería el espíritu de la ley a la célula familiar. Casos de simulación e incluso de “renta” de cónyuges, donde el migrante pagaba al nacional a cambio de casarse y al poco tiempo divorciarse, una vez que el extranjero cumplía su propósito. Hoy el camino para ser ciudadano “por matrimonio” dejó de ser tan fácil.

Ahora cuando algunos en Estados Unidos pretenden limitar la concesión de ciudadanía a hijos de indocumentados eso significa un cambio substancial en una política que por siglos ha sido pro migrante.

América, entendiéndola como un continente y no sólo un país, significó para los colonizadores europeos hace más de 500 años una tierra nueva, virgen, que ofrecía una oportunidad para que todos los que pisaran su suelo accedieran a una nueva vida, disponible para quien busque construir una nueva sociedad. En gran medida por ello se le llamó “Nuevo Mundo”.

La mayoría de los países del continente hoy optan por el criterio de suelo, México entre ellos aunque en sus constituciones figuran ambos criterios.

En el caso de la superpotencia americana el supremacismo anidado en el subconsciente de la mayoría de propuestas conservadoras –principalmente republicanas– en materia migratoria, funciona con otra lógica. Por siglos el ius sanguini ha sido un criterio de preservación de la cohesión social y nacional, pero cambiar esa perspectiva en sus políticas, altera la actitud de esta nación hacia quienes buscan su territorio para disfrutar del sueño americano.

Hace 5 años eso sonaba incluso disparatado. Sabíamos que el racismo y la xenofobia yacían enquistados en mentalidades minoritarias de aquel país, pero el discurso de arranque de campaña de Donald Trump y su presidencia les dio una voz, la más privilegiada. Con ella, los racistas asumieron que ganaron sus prejuicios.

El inmigrante Jorge Ramos hizo un reportaje sobre el supremacismo donde uno de los líderes de esta tendencia afirmó que el futuro de EEUU lucía favorable si se preservaba como una sociedad europea y protestante. Dicha preservación pasa por detener la inmigración; de una nación de inmigrantes, a una de europeos.

Lejos de ellos está la inscripción en la base de la Estatua de la Libertad «¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres / Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad…”, allí mismo, donde Richard Nixon –republicano– en 1972 en Staten Island, inauguró el museo de la inmigración. De concretarse, este cambio no sólo reflejaría una nueva actitud del gigante, sino una conversión radical en su pensamiento. Se anticipan tiempos aún más difíciles.

 


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