María Matilde Beatriz Hernández Solís
María Matilde Beatriz Hernández Solís

Suele entenderse pasión como un arrebato momentáneo, como algo incontrolable que permite acciones muchas de las veces injustificables. Poca gente concibe la pasión como un motor, un generador de energía que impulsa cada paso de la vida. Éste es el caso de Luis Fernando Lara, coordinador del Diccionario del español de México (DEM), en el Centro de estudios lingüísticos y literarios (CELL) de El Colegio de México (ColMex), cuya pasión y tenacidad se constatan en cinco décadas de búsqueda del español mexicano, de férrea y lúcida defensa de lo propio, de la variedad lingüística nacional, ante la hegemonía de la Real Academia Española (RAE).

Cuando se desconoce una palabra, lo primero que se hace es preguntar a otro, consultar un diccionario o, últimamente, acudir a ‘san Google’. Se obtiene la respuesta y ¡voilá! todo continúa. Tras cada tranquilizante consulta existe una asombrosa cantidad de trabajo, que podría enunciarse mucho muy sintéticamente como compilar, validar y lematizar: obtener la palabra —de un hablante o de un texto—, comprobar que es reconocida por otros miembros de la comunidad lingüística y unificarla.

Ningún diccionario contiene todo el repertorio léxico de una lengua así como ningún sujeto conoce toda su lengua. La variación siempre está presente en la lengua y, sobre ella, triunfa la disposición de los individuos para entenderse, para comunicarse. Un ejemplo. En un grupo de Facebook, alguien pregunta si se conoce el baile del (transcripción textual) “tinguiringui”, entre las respuestas aparece “chirongui rongui”, “tiringui tingui-tirongui tongui”, “tin fui.ru.rin gui” y “tiinguiriringui” [¿será lo mismo que “tingo li lingo” o “lingo li lingo”?]; el grupo tiene 66,818 integrantes y hubo 5 variantes ó 7 si se incluyen las de duda. Así, aparte de la humana voluntad de entenderse ¿es posible imaginar la cantidad que podría encontrarse en 400 millones de hablantes? Además ¿cómo se haría si fuera necesario escribirla para que fuera consultada? ¿cuál expresión es la que usa o reconoce más este grupo? ¿qué criterios se deben seguir para ‘elegir’ una variante sobre otra? Hacerlo sólo con base en el gusto personal sería riesgosamente subjetivo, entre otras cosas, porque la palabra no es exclusiva de un individuo.

Es necesario un riguroso trabajo para llevar a destino algo llamado diccionario. [Considérese que lo que se dice a continuación ni remotamente describe el minucioso detalle de cada etapa de elaboración del diccionario, son sólo destellos]. Desde su origen, la conformación del corpus implica toma de decisiones, como mínimo ¿qué hablantes o qué tipo de textos habrá de abarcar? ¿qué años? Sería ideal captar a todos los hablantes en todas las situaciones comunicativas y todos los textos escritos en todas sus tipologías, géneros y subgéneros, pero es humanamente imposible, para eso, por fortuna, existe la representatividad. Más tarde, el tratamiento de los datos conlleva otro dilema, porque se ha observado que algunos diccionarios tienen vacíos, es decir, algunos vocablos no son consignados pese a ser usados por una comunidad; esto ocurre porque la palabra ‘existe’ pero no ha sido consignada debido al método elegido para procesar e interpretar los datos, por lo tanto, es imprescindible contar con un programa estadístico computacional cuyos resultados sean los más fiables. Casi al final ¿cómo se construirá la definición? ¿qué responde a la pregunta “¿qué es?”? Más decisiones, empezando por categorizar gramaticalmente —sustantivo, adjetivo, verbo… (“cansado” ¿es verbo o es adjetivo?) —, evaluar procesos de lexicalización, cuando una palabra cambia de clase gramatical a causa del uso —“pagaré” es verbo en su origen, el uso comercial lo convirtió en sustantivo—, continuando con la descripción del significado y procurando, siempre, que la definición sea comprensible para el lector no especializado, además, en la redacción final, se tiene el cuidado de que no existan circularidades, de que una definición sea suficiente en sí misma y no remita a otras para complementarse. Por último, habrá que compartir el producto del esfuerzo, ya sea impreso o digital. Supervisar este aparente último paso (aparente porque no acaba, el DEM se retroalimenta de cada consulta) lleva su buena dosis de trabajo en la supervisión.

Mencionado lo anterior, se comprenderá que las entradas del Diccionario del español de México son sólo la superficie de rigurosas decantaciones en equipo. Luis Fernando Lara se ha preocupado, desde 1973, por mantener uno con integrantes de amplia cultura, diversos intereses, experiencia y, a la vez, frescura. En cada sesión, trabaja hombro con hombro con Francisco Segovia reflexionando, discutiendo y afinando las indagaciones de Erik Franco, Niktelol Palacios, David Huerta, Diego Robles y Carmen Delia Valadez [Irma Guadalupe Villasana Mercado pudo haber estado en esta lista], apoyándose en el dominio de tecnologías de Alfonso Medina, Alejandro Rosales, Isabel García Hidalgo, Juan Luis Serralde Galicia y, referente imprescindible de las primeras decisiones, Roberto Ham Chande, todo con la cuidadosa atención y seguimiento de Josefina Camacho Eslava y Erika Georgina Flores García. Es imposible mencionar a todos los que han colaborado en el DEM pero, personalmente, es necesario nombrar dos figuras, Elisabeth Beniers y Luz Fernández: la primera, en un momento de tránsito vital, dio luz a tantas inquietudes académicas que hicieron no sólo tolerable sino necesario un viaje de 48 horas semanales por tierra para tomar su clase de morfología; la segunda, en su nombre lo lleva, solidaria picapedrera de la lingüística en el interior del país, mujer feliz, encicopledia andando.

Para darse una idea de la magnitud de esta labor, nótese que el Consejo consultivo ha estado constituido por más de un especialista en administración, aeronáutica, agricultura, arqueología, arquitectura, artes plásticas, astronomía, bibliotecología, biología (botánica, entomología y zoología), caló y cine, computación, contaduría, culturas precolombinas, danza, demografía, derecho, economía, ejército, esgrima, estadística, filosofía, física, geofísica, geografía, geología, historia, historia (cultura y arte), ictiología, imprenta, ingeniería civil, ingeniería de ferrocarriles, ingeniería química, ingeniería textil, lingüística, marinería, matemáticas, mecánica, medicina, metalurgia, minería, música, neurología, ornitología, pedagogía, periodismo, política, psicología, publicidad, química, religión, relojería, sastrería, sociología, teatro, veterinaria y vocabulario popular.

Todo este saber, para ser asido, desmenuzado, analizado, cuestionado, asimilado y compartido, requiere del trabajo tenaz de un equipo bien dirigido, con un líder muy especial. Esto no lo ha podido hacer nadie más que Luis Fernando Lara, el principal lexicógrafo del mundo hispánico, con quien estamos muy orgullosas de compartir proyecto, en  los últimos años, en Zacatecas, Gabriela Cortez Pérez, Diana Villagrana Ávila, Martha Cecilia Acosta Cadengo, Beatriz Elizabeth Soto Bañuelos y quien suscribe, cuyos estudios sobre disponibilidad léxica toman su sentido original de complementar ‘el’ diccionario.


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