Minerva Anaid Turriza / Licenciada en Historia.
Minerva Anaid Turriza / Licenciada en Historia.

¿Qué cosas preocupaban a los autores de la Literatura Moderna? Las que han preocupado a los autores de todas la épocas: el amor, la religión, el hombre, el gobierno; las cosas que nos hacen ser como somos, individuos irrepetibles, aunque afines, pertenecientes a una sociedad dada, dueños de particularidades a la vez que poseedores de un código identificativo común. Lo único que pasa es que en esta época los seres humanos son colocados en la mesa de disección, en el centro de los esfuerzos de las mentes y las almas propensas a la reflexión, el estudio y, por supuesto, a la escritura.

En la Época Moderna la relación del hombre con Dios se está transformando, para bien dirán los humanistas, para mal opinará la Santa Madre Iglesia. Atrás ha quedado el tono penitente, el magnífico aunque hosco “yo pecador” toma un cierto tinte de burla en Dante, al relatar su viaje por los círculos del infierno. Si bien es cierto que  el paisaje sobrenatural era necesario para que el florentino llevara a cabo su venganza contra aquellos que se decían hijos de Dios, pues sin dicho telón de fondo no le hubiera sido posible salir ileso de tal propósito en el mundo de los hombres y las instituciones de los representantes de Dios en la tierra.

Con Cervantes y Rabelais, en cambio, los hombres abren un paréntesis en su relación con Dios y cometen tropelías, acometen empresas o extraordinarias o ridículas, y es justamente de ese modo que contribuyen a trazar los límites de la condición humana, más allá de la buena conciencia y de lo políticamente correcto. En el caso de Cervantes, su Quijote emprende un viaje hacia las fábulas del que no puede salir bien librado, porque su tiempo y quienes rodean al muy ingenioso hidalgo saben cuál es la realidad de las cosas, y por tanto, no encuentran en el hidalgo sino locura y motivos de burla, cuando no un mero bulto listo a ser atizado por impertinente.

Los gigantes de Rabelais por el contrario, son presentados desde el inicio como seres dotados de una peculiar sabiduría y se necesita estar extremadamente “tocado” del cerebro para acompañar a dipsomaníacos tan belicosos en sus aventuras, Panurgo es un ejemplo de esa especie de solidaria imbecilidad. Al contrario de los autores que prefieren utilizar diálogos ágiles, elaborados, eruditos e ingeniosos, Rabelais opta por las repeticiones y el absurdo:

—Pero, ¿acaso habláis en cristiano amigo mío? […]

— ¿De verdad, amigo, no sabéis hablar francés? —preguntó Gargantúa.

—Sí sé, y muy bien, señor —respondió el hombre —. A Dios gracias, es mi lengua natural y materna, pues he nacido y me he criado en el jardín de Francia…[1]

 

El cuerpo entero, y en este caso me refiero sólo al teatral, de Shakespeare es un punto y aparte. En sus maravillosas obras los hombres juzgan a los hombres, las competencias de ingenio son la constante, el parque de la risa y la capilla de la tragedia tienen una frontera bastante difusa. El teatro de la humanidad son las pasiones humanas pasadas por el filtro de la razón, el hermano ambicioso no se limita a saberse codicioso sino que pone manos a la obra de un modo frío, meticuloso, rayano con la creación artística. Lo mismo, con las modificaciones necesarias en cuanto a motivos y objetivos, hacen el amigo generoso, el amante fiel, el esposo celoso, etc.

Otro ramal afortunado de la literatura de la Edad Moderna es la sustitución del pecador insufrible por el pecador aún temeroso de Dios, pero mucho más sensibilizado por su repulsión al hambre. Así llegan hasta nuestros ojos el buscón que cuenta en tono de confidencia y disgusto “…porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros”[2], el licenciado que se piensa de vidrio y con su afortunada locura consigue vivir bien a expensas de burlarse de todas las profesiones, incluyendo a los monjes y príncipes pero haciendo excepción de los escribanos y de los hombres de armas, y buena razón tiene para respetar al escribano ya que considera que es “…un oficio el del escribano sin el cual andaría la verdad por el mundo a sombra de tejados, corrida y maltratada”.[3]

[1] RABELAIS, François, Gragantúa y Pantagruel, España, Origen, 1978, pp. 213

[2] QUEVEDO, Francisco de, La vida del Buscón llamado don Pablos, México, Editorial Juventud, 1968, pp. 4.

[3] CERVANTES Saavedra, Miguel de, El licenciado Vidriera. En: Novelas ejemplares, Volumen 1, Madrid, Editorial Cátedra, 1981, pp. 69.


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