Edgar Alejandro Palacios Gaytán / Historiador
Edgar Alejandro Palacios Gaytán / Historiador

Pánfilo de Narváez, de 42 años, con órdenes del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, para apresar a Cortés, zarpó de la misma isla el 5 de marzo de 1520 con una flota compuesta de 18 naves, alrededor de casi 900 personas, 80 caballos y 10 o 12 piezas de artillería. Entre los que lo acompañaban iba un esclavo negro llamado Francisco de Eguía, quien quizá no llevaba armas para luchar, pero su cuerpo, sin pretenderlo lo era, carga un virus conocido como viruela, y desde el momento en que desembarcaron en las playas de Veracruz en Cempoala en el mes de mayo, comenzó a manifestarla en la piel a través de salpullidos, comenzando a propagarse por todas las regiones cercanas.

Después de la batalla de Cempoala, donde Cortés resultó victorioso, llevó gran parte del ejército de Narváez a México-Tenochtitlan, donde se encontraba también Francisco, llegando también a la capital más poblada del imperio mexica esta enfermedad, propagándose con gran rapidez entre sus habitantes para mediados del mes de septiembre; los mexicas la consideraron una enfermedad divina que bautizaron como hueyzahuatl, que significaba “la gran lepra” o “la gran erupción”. La explicación: los indígenas se encontraban en un estado de vulnerabilidad inmunológica al no haberla nunca contraído, los contagios se daban a través del intercambio de fluidos, y que a diferencia de los españoles, estos ya habían desarrollado ciertas defensas.

Fray Bernardino de Sahagún describió el panorama en su obra Historia General de las cosas de la Nueva España:

 

Desta pestilencia murieron muchos indios; tenían todo el cuerpo y toda la cara y todos los miembros tan llenos y lastimados de viruelas que no se podían bullir ni menear de un lugar, ni volver de un lado a otro, y si alguno los meneaba daban voces. Esta pestilencia mata gentes sin número; muchas murieron de hambre porque no había quien pudiese hacer comidas; los que escaparon de esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas y algunos ojos quebrados.

 

Los códices indígenas mostraban los síntomas de los afectados, de los cuales llegó a perecer el mismo rey Cuitlahuac entre noviembre y diciembre del mismo año, que sólo duró en el cargo dos meses. Se plantea que también Doña Marina, mal conocida como Malinche, pudo haber muerto por esta misma enfermedad en 1527.

Sin embargo, esta no era la única enfermedad que portaban los españoles, también lo era el sarampión, la salmonela y la gripe, esta última bautizada como cocoliztle. Fue así que de los aproximadamente 22 millones de personas que habitaban en México antes de la llegada de los españoles, a finales de ese mismo año quedaron alrededor de 14 millones, y 100 años después, para 1620 sólo 1.6 millones.

De esta forma, sin querer podríamos afirmar que a favor de los españoles en su conquista, las enfermedades epidemiológicas jugaron a su favor como armas biológicas.

No fue hasta el siglo XVIII, gracias a las investigaciones del médico inglés Edward Jenner que se pudo encontrar una cura para la viruela; descubrió que las personas que laboraban en granjas con vacas desarrollaban la viruela de las vacas, la cual les generaba inmunidad a la viruela humana, fue allí donde surgió el término “vacunación”, relativo a este ganado.

Así, en lo que respecta a la Nueva España, la viruela seguía azotando por temporadas entre el siglo XVI y el XVIII, siendo hasta principios del siglo XIX, después que una de las hijas del rey Carlos IV, la infanta Doña María Luisa, Princesa de Parma, contrajo la enfermedad, fue así poniendo énfasis en esta como un tema de salud pública. Entonces se encomendó la expedición a Francisco Xavier Balmis, quien  acababa de traducir el libro de Moreau de la Sarthe, Tratado histórico y práctico de la vacunación para ir a todos los rincones de la América española, incluso a Zacatecas, y aplicar la vacuna a todos los pobladores, además con el objetivo de concientizar sobre su prevención.


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