David H. López
David H. López

“¿Cuándo volvemos?” Preguntaban mis hijos al inicio de la cuarentena, “entonces, ¿en mayo volveremos a la escuela?”, insistían. Al empaparse de información que dosificada les ha llegado por mi esposa y yo mismo, quienes vemos los reportes y recomendaciones de los gobiernos estatal y federal, gradualmente cedieron en cuestionarnos. El encierro y la realidad en que el regreso cada vez se distancia más, los hace perder la expectativa entusiasta de los primeros días. Hoy, prácticamente han olvidado preguntar.

Es difícil imaginar cómo será nuestra convivencia social a futuro. Europa comienza a tientas con protocolos de desescalada para reactivar ciertos sectores. España, por ejemplo (https://bit.ly/35dVh53), anunció un procedimiento en fases que incluye limitar aforos públicos en hasta un 30% de su capacidad.

La actividad económica y su recuperación lo resentirán. Lugares cuya iluminación, electricidad, servicios básicos y soporte humano requieren (en teoría) un 100% deben aprender a vivir con máximo un 30% aumentando gradualmente (siempre y cuando “los indicadores lo permitan”). ¿Qué sucederá con otras industrias que hoy están detenidas y que dependen de su masificación para ser viables? ¿Qué de los espectáculos masivos, conciertos, eventos deportivos…? Preguntas como estas persisten, sobre todo si la solución de fondo (cura o vacuna) tarda en descubrirse.

En materia de COVID-19 no existen expertos, quienes hayan “ido al infierno y regresado” para mostrarnos la ruta segura de regreso. Ni siquiera la disciplinadamente férrea China puede presumirlo. El gigante asiático ha logrado una aparente “inmunidad” gracias a la generalización de los contagios, y con su respectiva curva, pero los rebrotes registrados hace unos días, nos indican que el virus acecha con alevosía, esperando nuestra relajación. Hasta el momento, ¿Cómo estar a salvo? Vuelta a la frase recurrente: evitando contagiarse.

¿Cómo? El virus no tiene la prevención de otras enfermedades mortales, como el VIH, que llevando una vida sexual ordenada o con métodos profilácticos y con el debido control sanitario en bancos de sangre, las probabilidades de contraerlo, prácticamente se anulan; no. El coronavirus navega en nuestra sociabilidad y por ello nos tiene encerrados, a la defensiva.

Para el presente y futuro inmediato, los ciudadanos necesitaremos una especial capacidad de escucha, procesamiento y obediencia. Sí, la destacamos en cursiva porque es una palabra menospreciada y hasta estigmatizada en tiempos de libertad y de diversas emancipaciones. “¿Obediencia? ¿Debo obedecer indicaciones? ¿Qué eso no se reservaba para las servidumbres que nos subyugaron en otros tiempos?” ¿Tenemos de otra?

Toca a los gobiernos tomar decisiones. Ni los ciudadanos elegimos ser gobernados en una pandemia, ni los gobernantes la pidieron como escenario de su acción pública. Nadie la eligió. Y en una situación tan desconocida y multifactorial, es imposible que nadie se equivoque. Media en ese proceso el ejercicio de autoridad en sus diferentes escalas, el uso de recursos y la implementación de políticas, pero también –de nuevo– la obediencia como respuesta ciudadana.

Hoy aplica la frase que el presidente Juárez escribió a Maximiliano (en otro contexto, hay que decirlo), “hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará.”

En tiempos de coronavirus se engaña quien piense que el fallo de la historia es sólo para gobernantes. Quien no piense más allá de las cuatro paredes de su casa y elige la necedad porque su anonimato le da márgenes para equivocarse, no sólo se atrae un grave peligro a sí mismo y a los suyos, sino la grave responsabilidad de haber sido socarrón en tiempos de obediencia.

Y no hablamos de quien necesita romper el confinamiento por diversas urgencias, sino del ciudadano necio que pone en peligro a la humanidad porque cree que él sólo cuenta poco. Si fuera cierto, la historia no reseñaría muchísimas calamidades masivas. Por ti y por todos: #QuédateEnCasa.

@vidolopez

 

 


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