David H. López
David H. López

Son más que adversarios ocasionales: son enemigos mortales; la hipocresía y el contexto. Esto funciona para argumentar en favor o en contra de cualquier cosa y también para valorar razones.

Cuando sin contexto se defiende lo que antes se atacaba es hipocresía, también atacar lo que antes se defendía. Hacerlo con contexto, los convierte en argumentos, independientemente de su calidad o información ya pueden ser llamados debate (por eso los entrecomillados); de ese, que en nuestros tiempos hace mucha falta.

Los hipócritas son, por definición, manipuladores. Pero quienes los suscriben renunciando a discernir contextos son –por decirlo muy suave– necios.

¿Lo ha visto recientemente? Yo sí, en las redes, pero no sólo allí. Siendo un mosaico de proyecciones personales y de vanidades, las redes son el primer muestrario de discusiones donde se habla sin contexto. Lo mismo con memes que circulan burlándose de actores políticos o figuras de actualidad.

La hipocresía tiene su origen en lo que en tiempos ancestrales se llamaba levadura. Es lo que hoy conocemos como orgullo, arrogancia; ese fermentador, usado por siglos en cocinas, era asociado metafóricamente con impureza y contaminación mental.

Sucede que la levadura bloquea la razón. Si alguien me aborda con una observación con miras a corregirme o mejorarme y soy víctima de soberbia –levadura–, nada me hará razonar, invocamos agravios de todo tipo: “la traes contra mí”, “me tiene envidia”, o contraatacamos, “¿y tu qué presumes? Ni que fueras tan perfecto”. Improvisamos cualquier desfiguro, antes que abrir la puerta a la autocrítica. La soberbia infla detalles sin importancia, para reventar el diálogo.

Esa misma levadura es lo que hemos denunciado como ese pernicioso bicho que nos pica cuando discutimos en redes, ése que nos impide “perder”; como si de eso se trataran las redes (¿o tal vez sí?). Aquí lo hemos comentado http://bit.ly/2ETrVgQ.

¿Hacia dónde nos pueden llevar las hipocresías que cultivan una detracción acre o una defensa a ultranza, ambas sin contexto? A que con una enumeración bien estructurada de verdades se puede construir una gran mentira. Por eso, es importante cuestionar todas las argumentaciones primero en su veracidad e, inmediatamente después, en su contexto.

Podemos aplicar los anteriores conceptos a muchos casos actuales de política, de pandemia e incluso de sentido común.

Ejemplos: enumerar un número de contagios sin agruparlos en su entorno, magnificar un aumento sin reparar en el medio donde se desarrolla, minimizar un logro o maximizar un fracaso comparándolos con circunstancias de sociedades que no son comparables.

Así, la descontextualización es materia prima del discurso político cotidiano. Todos terminan siendo culpables –en mayor o menor medida– del cargo de atacar al oponente privando al espectador de elementos para discernir la situación. Ningún político es inocente de haberlo hecho alguna vez, pero no sólo ellos.

Si nos situamos en nuestra condición ciudadana como emisores y consumidores de narrativa y opinión en redes o retransmisores de críticas y chistes en Whatsapp, el parámetro es superior. Debería ser al revés, donde los políticos, figuras públicas, publicistas e influencers deberían comunicar con estándares más altos, pero por el momento olvidémoslo. Toca a nosotros aplicar el lente crítico de la contextualización para sorprender a los hipócritas que nos quieran embaucar. Hay más en juego de lo que nos imaginamos.

Ley Bonilla. La Corte habló claramente, lo que constituye una dura llamada de atención a los actores políticos. Todo parece indicar que se va configurando una Suprema Corte de Justicia que no dejará pasar barbaridades ni fraudes a la constitución. ¿Aplicaría, derivado de los argumentos jurídicos del fallo, otro procedimiento –político y jurídico– que disuada a cualquier miembro del sistema, de volver a intentar algo así?

@vidolopez


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