David H. López
David H. López

La frase raya en el cliché, pero hoy tiene una perturbadora potencia: “la única certidumbre es que todo es incierto”.

Para algunos esta contradicción es tranquilizante –por increíble que parezca–, “¿Depende de ti? Haz lo que puedas. En caso contrario… ¿Tiene sentido preocuparte?”

Otros que han crecido y vivido en la premisa de que vivir “al día” es renunciar al futuro, hoy la están pasando mal. Para ellos la certidumbre de lo incierto es la madre de todas las pesadillas.

¿Quién tendrá la razón? ¿El que nace cada día o quien quiere adivinar el fin de la crisis? En ambos extremos hay riesgo. Para quien viva al día, negar el futuro no quiere decir que no exista (o vaya a existir) y para el energúmeno del control, (control freak), abrir demasiado los ojos lo puede dejar ciego (o enfermo de los nervios, infartado o con tamañas úlceras…).

Con todo, seguimos preguntándonos, “¿cómo regresaremos?”. Inclusive López-Gatell a pregunta en cadena nacional sobre, ¿cuándo volveremos a la normalidad?, respondió en seco, “nunca”, refiriéndose a que la vida como la conocimos antes del encierro, no volverá a ser así.

La pregunta, “¿Qué hemos aprendido?” flota por otra parte en distintas esferas desde el confinamiento y la respuesta puede decepcionarnos.

Según un análisis de la global NordVPN, especializada en seguridad informática y citado por Bloomberg https://bloom.bg/2Tnm9uK, la gente está “sobre cargada de trabajo, estresada y ansiosa de volver a la oficina”.

NordVPN al proporcionar servicios de seguridad en conexiones a distancia, arroja un analítico de cuánto tiempo permanece conectado el personal. Así, la jornada laboral creció tres horas en Estados Unidos. En países de Europa como España, Francia y Reino Unido el incremento fue de dos horas. Otro hallazgo es que la gente se conecta durante la noche, desde las 12 hasta las tres de la mañana.

Como era predecible, el llamado “home office” borró sin pedir permiso y por obvias razones, la línea entre la vida privada y la jornada laboral. Las lógicas que llevaron a esto son diversas. Como el que la gente hace de su hogar, su lugar de trabajo y eso le impide escapar de la rutina y pendientes; además, a falta de posibilidades de salir y “no tener nada más que hacer”, se termina sucumbiendo al… trabajo.

También según esta referencia, la carga de demanda y trabajo sobre la infraestructura informática de las empresas en este mismo tiempo se ha duplicado, lo que ha transferido una buena parte del estrés hacia los trabajadores de tecnologías de la información.

Al conectarnos desde casa el tiempo entre levantarse para asearse, desayunar y salir a la oficina ha quedado suprimido, pero lejos de considerarse ventaja, es un multiplicador de trabajo y tensión.

Algunos líderes corporativos encuentran favorable estar conectados, el cual disminuye la posibilidad de distraerse. Coquetean con la idea de dejarlo así: “una vez que el genio sale de la lámpara, no regresará”. Lo anterior puede resultar un espejismo para las empresas pensando que, a razón del rendimiento, el confinamiento y sus derivados como el trabajo remoto, no están tan mal. Las empresas no deben perder de vista que la productividad a costa de la calidad de vida del trabajador es un dulce envenenado.

¿Recuerda que en 2017 Francia legisló la prohibición de enviar correos electrónicos de trabajo fuera de horas laborales? Un ajuste regulatorio así podría (y debería) volver a la lista de prioridades en el mundo postcovid-19.

Si debiéramos forzar conclusiones hoy, diríamos que no aprendimos nada, pero como la vida sigue su marcha, como sociedad debemos seguir intentando soluciones que nos balanceen como personas.

Una pregunta más. A usted, ¿cómo le ha ido?

@vidolopez


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