Enrique Laviada / Periodista y político
Enrique Laviada / Periodista y político

Memorias del encierro

Capítulo 6

 

Cuando escribo necesito sentir un techo sobre mi cabeza

para que mis pensamientos no se diluyan en ensueños.

Thomas Mann

Narrador.

Por cierto, se atribuye a Thomas Mann aquello de que “las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Hölderlin”, como una especie de alivio imaginario, no sólo propio de la literatura, sino de los tiempos, sobre todo cuando se tornan difíciles. Quizá por eso me ha parecido conveniente citarlo en el encierro: Un dilema tal vez imposible de compaginar, a menos que la imaginación nos asista. Se trata de la síntesis que debe existir entre la necesidad de “cambiar al mundo” -que encontramos profundamente arraigada en Marx- y el “cambiar al hombre” -que es propia de la poesía en Hölderlin-, aunque todo sea producto de una ensoñación.

Comprendo que nadie esté en condiciones de ofrecer una respuesta del todo clara. Menos aun cuando el pensamiento parece restringirse. Pero me atormenta que el claustro de los cuerpos se convierta en una esclavitud obligada de las mentes. Que nos quedemos atados a la incertidumbre. Sin alas con las cuales volar. Temo tanto al hombre convertido en un depredador de sí mismo, como al solitario empedernido en medio de la multitud global. El aislamiento en el que nos encontramos contiene el peligro de que no nos volvamos a ver libres. Ahí se encentra el verdadero drama.

Voces.

  • ¿Acaso habremos perdido la razón? Se atrevió a preguntar desde adentro de su cabeza. Más bien dicho, desde las profundidades de su mente. En esa precisa noche de insomnio en la que todo parecía dar vueltas sin sentido.
  • Debo responder. Pero no quisiera hacerlo más que en mi propio nombre. Hacerme cargo. Y no puedo.
  • Tengo por mi parte el imperativo de evitar que ustedes pierdan el equilibrio. Espero que el narrador lo entienda también. Ha llegado el momento no sólo de hablar por medio de la mente, sino también del corazón. Si estamos atrapados, estamos atrapados juntos.

Narrador.

La advertencia por el contenido ético de la palabra, como expresión simbólica, no nace del pensamiento, es algo genuinamente nacido de los sentimientos humanos. El poeta se convierte entonces en el guardián de la palabra que nos resguarda, nos protege, nos redime del caos. Lo que ocupa a hora mi mente, dice Hölderlin en medio de la locura que le aquejaría hasta su muerte, es lo que está vivo en la poesía. “Existe desde luego un hospital al que puede retirarse un poeta mal logrado como yo: la filosofía”, nos dice con devastadora ironía. Cada uno de esos pensamientos esperan el cuidado de su amistad con Hegel, a quien debe buena parte de su condición, no es el idealismo en sí, podríamos concluir, sino el idealismo para sí en el cual “es necesario dar parentesco en nosotros -insiste Hölderlin-, con lo inmortal a lo que nos impulsa, a la naturaleza eternamente cambiante”. Lo le lleva de manera inminente a tener el mismo Dios que Spinoza, igual que lo hubiera confesado el “precursor de la ilustración alemana” G. E. Lessing en su lecho de muerte y retomado mucho más tarde por Einstein para su vulgarización. “El hombre escribe entre los desvaríos propios de la enfermedad, es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

Voces.

Marx. Sentimientos.

Estoy sujeto a una interminable contienda

infinito fermento, interminable sueño;

no me puedo conformar con la vida

no viajaré con la corriente.

 

Hölderlin. Súplica.

¡Sagrado ser!, a menudo he alterado

tu paz divina; y de los más misteriosos

y hondos dolores de la vida

has sabido mucho por mí.

Olvídalo, ¡oh perdónalo! Igual que las nubes, allá

paso yo, ante la luna en paz, y tú

vuelves a descansar y resplandece siempre

en tu hermosura, ¡tú, dulce luz!

Como puede apreciarse, para el idealismo hay un gran movimiento que procede de lo divino, casi como si se tratara de una emanación, efluvios, que penetra de manera inexorable a la condición humana y mueve al mundo, al grado de convertirse de manera consustancial a la naturaleza en un todo infinito, panteísta en un sentido amplio, tal y como lo defendiera la filosofía de Spinoza, en la que se alternan como voces frecuentemente contrapuestas, en la forma de contradicción, semejante a lo propuesto por Hegel, el Yo y la negación del Yo. En suma: el Ser en su dimensión dialéctica. Esas dos dimensiones sólo pueden alcanzarse, plenamente, en la soledad, el aislamiento y locura. Los encargados de recopilar la obra de Hölderlin suelen reservar líneas suficientes a esa condición del poeta que lo hacía ver como un niño que jugueteaba en las calles y hablaba en pronunciados y vehementes soliloquios, confundiendo la razón pura con el amor y el lenguaje poético, y los desvelos filosóficos más profundos y conmovedores.

Marx. Tesis.

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

Hölderlin. Palabras.

Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno.

Narrador.

Tomo de la obra de O. Paz algunas conclusiones entre el limo y el encierro: Hölderlin es el único poeta de entre la generación de los modernos que ha sabido recoger la herencia de los griegos, el sentido clásico del pensamiento occidental, con él la poesía lírica se vuelve poesía de la poesía, como Cervantes hace novela de la novela y, en su caso, la crítica del teatro en el teatro por Shakespeare. Es menester comprender, pues, que en Hölderlin el poema no es sólo una realidad verbal, también es un acto: es el poeta que dice, y al decir, hace. La fundación de una comunidad de hombres libres tiene en la poesía el punto de unión entre el amor y el amor a la libertad, como fin supremo.

En la hora del encierro voluntario, todo indica que no nos preparamos para esa libertad, ni amamos de tal forma que pudiéramos pensar con mayor claridad; no nos entregamos a trasformar la distancia en espíritu. Sólo nos confundimos más y, espero, no por siempre. Eso que algunos llaman volver a la “normalidad”, por nueva que sea o parezca. Pero sin entendimiento.

T. Mann. La montaña mágica. El trueno.

De esta fiesta de la muerte, de esta mala fiebre

que incendia en torno tuyo el cielo de esta noche lluviosa,

¿se elevará el amor algún día?


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