Miguel Moctezuma L
Miguel Moctezuma L

COVID-19 y Exclusión Social

Los migrantes son hombres y mujeres pensantes, con brazos habilitados para trabajar, pero también son cuerpos vivientes y personas con sentimientos, emociones, creencias, etc. eso, en conjunto los convierte e identifica con todos los seres humanos; por la misma razón, cuando nos referimos a los migrantes encontramos que les aquejan los mismos problemas de cualquier otra persona. Los migrantes a donde vayan llevan todo un bagaje cultural que cargan sobre sus espaldas y que en tanto capital social les sirve para mantener sus vínculos con su lugar de origen y para enfrentar los desafíos en la sociedad de recepción.

Los inmigrantes de todos los países del mundo que estaban establecidos o que residían temporalmente en Wuhan, China, huyeron por miedo al contagio, algunos ya contagiados, pero sin saberlo, retornaron a sus países convertidos en cuerpos portadores del coronavirus. De esta manera, la epidemia del Sars Cov 2 o COVID-19 que afloró en China, gracias al trasporte aéreo, se convirtió rápidamente en pandemia mundial. Los virus, como todo agente patógeno, una vez que invaden el cuerpo de las personas se transforman en sus acompañantes, pudiendo permanecer ocultos, si no causan trastornos a la salud, hasta que finalmente son delatados por las reacciones que en defensa produce el cuerpo. Su propagación llevó a concluir que también los objetos, bajo condiciones propicias son portadores de ese virus. Por supuesto, impedir a toda costa los retornos a sus países era una posibilidad, pero implicaba, para propios y extraños, cerrar las fronteras estableciendo el estado de excepción. Pensarlo lleva a recordar la historia de los campos de concentración que estableció Hitler contra los judíos, donde éstos morían asesinados, hambrientos o envenenados a través de las cámaras de gas.

El estado de excepción se instaura por el Poder Ejecutivo de un país cuando surge una amenaza o un peligro real o ficticio que pone en tela de juicio la seguridad de un estado nacional. La historia se ha encargado de probar que, en no pocas veces, esa amenaza se fabrica artificialmente por un gobernante autoritario bajo la idea de que se trata de una situación de emergencia que reclama de la concentración de todos los poderes en un mando único. En esos casos, la ley deja de regular la sociedad. Sin embargo, la ley suprema faculta al Poder Ejecutivo para dejar de aplicarse. Según esta aseveración, el estado de excepción no tiene forma jurídica, carece de ella porque es un estado con forma política (Agamben, 2005). Por tanto, cuando la inmigración desde el Estado se demoniza como un peligro a la seguridad nacional se hace necesario la emisión de un decreto sobre la emergencia nacional. Entonces, desde la retórica del poder, basta esgrimir su necesidad para justificarlo como necesario. Para este autor, cuando se implanta el estado de excepción, las personas que son consideradas un peligro a la seguridad nacional son despersonalizadas al grado de reducirlas a puro cuerpo, a esto le llama nuda vida (Agamben, 2005) en tanto sujeción de la vida a la política, biopolítica (Foucault, 2007). Una vez que las personas han sido desposeídas de su calidad humana carecen de derechos; ésta es la razón para demandar recursos para construir un muro, movilizar el ejército y argüir que, como mecanismo disuasorio, se les dispare a los inmigrantes en las piernas, pues desde el estado de emergencia ya no son personas, sino sólo vidas o cuerpo viviente carente de derechos. En la historia horrenda, esta tesis justificó los excesos inhumanos del estado nazi. Existen otros medios menos severos para implementar parcialmente esta política: la negación o la desposesión de derechos por el Estado como forma de exclusión social (Honneth, 1997), cuya retórica es más peligrosa cuando logra echar raíces en la sociedad, al grado de convertirse en una fuerza movilizadora que se materializa en la conciencia de las mazas (Reich, 1973). Ésta es una de las tesis a partir de las cuales Agamben (2005) señala que bajo la democracia nos hemos acostumbrado a vivir permanentemente en un estado de excepción. Y es que la democracia moderna está edificada desde un esquema social que reconoce derechos a sus ciudadanos y niega esos mismos derechos o parte de los mismos a quienes no lo son.

Honneth es uno de los teóricos de actualidad que, liberándose audazmente de las explicaciones clasistas, propias de la modernidad clásica y de su crítica, es capaz de repensar la historia de la sociedad como una lucha por el reconocimiento social recíproco, atribuyendo una justificación humanista a los conflictos sociales. Esto se trae a colación porque buena parte de las demandas de los migrantes se orientan hacia el reclamo y reconocimiento de derechos sociales; por supuesto, esa afirmación es aplicable tanto a los países de origen como a los de destino. Honneth, contrario a ese esquema de pensamiento y apegándose a la reflexión de Hegel, señala que el reconocimiento social recíproco conduce a la realización del espíritu. En efecto, una persona se siente realizada cuando es reconocida; ese reconocimiento sólo es tal cuando en cada acción establecida se reconoce que la relación más humana es la del ser humano con el ser humano. En el terreno de las personas, pero también de las sociedades, el reconocimiento del Otro, enriquece la Mismidad.

Pues bien, ese mundo se deshumaniza más en determinados momentos de la historia de algunas sociedades. La propagación del COVID-19 por el mundo ha venido a mostrar la necesidad de promover relaciones institucionales que sean incluyentes; es decir, humanas y éticas. Por supuesto, negar derechos es una forma de exclusión y discriminación social; lo es más cuando se pone en tela de juicio la vida. Si esto sucede o simplemente pasa por nuestra mente es porque, a su vez, existen otros derechos que sostienen esa exclusión. Por supuesto, se trata de una lucha social que abarca campos tales como la clase, la etnia, la raza, el género, etc., lo cual se engloba en el concepto lucha contra la discriminación social.

 


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