Alberto Chiu
Alberto Chiu

No nos confiemos

 

Aunque suene como disco rayado, se lo repito una y otra vez: no nos confiemos. El gobierno federal ha decretado que a partir de hoy, 1 de junio, concluya la Jornada Nacional de Sana Distancia, y reinicien algunas actividades como la minería, la construcción y la industria automotriz. Pero también ha dicho, una y otra vez, que esta conclusión no significa, de ninguna manera, que ya “la libramos”, y que podemos salir sin temor alguno a la pandemia de COVID-19. No, no y no.

A pesar de la conclusión de la jornada, incluso algunos gobiernos estatales -los de Jalisco, Coahuila, Nuevo León, Michoacán, Durango y Tamaulipas, por ejemplo- han declarado que no están de acuerdo con la semaforización para el reinicio de actividades, y que prefieren “guardarse” otro rato, a fin de evitar la propagación de contagios, o han decidido tomar sus propias determinaciones, su propio calendario y sus propias normas, para permitir o restringir dicho reinicio.

Todos esos asuntos son determinaciones de los gobiernos, y en sus respectivas autonomías, dependencias y facultades, ellos dictarán las normas que consideren pertinentes para protegernos a los ciudadanos. Pero la pregunta más importante es, en este momento, ¿qué determinaciones está tomando usted para cuidarse?

Pongamos sobre la mesa lo que sabemos: la pandemia no ha concluido; no existe todavía una vacuna, ni un tratamiento comprobado para atacarla de frente; los contagios son ya comunitarios y pueden esparcirse sin que nos demos cuenta; y debido al altísimo índice de comorbilidades como la hipertensión, la diabetes o el tabaquismo, México es un país cuyos enfermos de COVID-19 tienen altas probabilidades de perder la batalla. Y entonces… ¿qué hacemos, pues?

Hace unos días se lo decía, y ahora se lo repito: no podemos seguir encerrados para siempre, a riesgo de que una buena parte de las actividades económicas se vengan abajo; ni podemos someternos a estar todo el tiempo temerosos de un posible contagio; ni mucho menos debemos abandonarnos a la posibilidad de quedarnos incluso sin trabajo, preocupados por que cualquiera a nuestro alrededor pueda ser un portador asintomático del virus, y nos lo vaya a “pegar”.

Lo que tenemos que hacer es enfrentar la vida con una nueva actitud. Tenemos que cambiar el temor, la preocupación y el nerviosismo, por un estado de alerta constante, por poner atención en los detalles y exigir que se cumplan todas las “nuevas” normas sanitarias y de convivencia que la pandemia nos ha obligado a adoptar. Hay que salir a trabajar, sí, pero sin descuidar lo esencial. No hay que confiarnos. Hay que sacar adelante a nuestras familias, y al país entero, pero no confiarnos.

Hay que aprender a vivir con el riesgo, a convivir con la posibilidad, por mínima que sea, de que podríamos infectarnos e infectar a otros. Pero no paralizarnos, sino adoptar una actitud proactiva. Así como cuando uno maneja, lo hace a la defensiva, poniendo atención a que no nos vayan a chocar, o estar “a las vivas” si vemos un conductor en estado inconveniente que nos puede poner en riesgo, así también tenemos que aplicarlo ahora en la vida diaria. Exigir y practicar el mantener nuestra distancia, el uso de antibacteriales, el estornudo de etiqueta… etcétera.

Téngalo por seguro: en el momento en que bajemos la guardia, en el momento en que nos descuidemos y hagamos confianza de que “ya no pasa nada”, o de que “al cabo ya mero encuentran la vacuna”, o de cualquier otro pretexto, estaremos poniendo en riesgo no sólo nuestra salud, sino la de quienes nos rodean, irresponsablemente. Así que se lo pido, encarecidamente: no nos confiemos.

Total, si ya desconfía usted de los gobiernos y sus determinaciones, le invito también a desconfiar de usted mismo, y a exigirse más todavía, en el cuidado de su salud. A los gobiernos usted no los va a cambiar; pero sí puede cambiar sus propios hábitos, cuidarse usted, y cuidarnos a todos.


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