David H. López
David H. López

I

Comenté con un pequeño empresario el caso de un amigo que decidió cerrar su tienda en un sitio virtual porque comenzaron a cobrarle impuestos.

No voté por AMLO –me dijo– nunca confié en él, pero impuestos son impuestos. A nadie le gusta pagarlos. ¡Quién fuera tu amigo que cerró nomás porque ya no quiso pagar! Ahorita los empresarios nos estamos jugando el futuro y quien opina desde su privilegio y prefiere pudrir su negocio que pagar impuestos para no “dárselos a AMLO”, en caso de que efectivamente sea un tipo de lo peor, no estoy seguro de que sea mala persona, pero tampoco puedo afirmar que es buena.

Tengo tres negocios pequeños –continúa– y la estoy pasando mal. Un día casi a punto de cerrar, dos empleados me propusieron una línea de negocio para mantener sus empleos y los de otros compañeros. Tomar pedidos por WhatsApp y surtir a domicilio. Yo saco los costos con poca utilidad y ellos conservan su trabajo. Sí, tal vez venga el SAT a despelucarme en unas semanas y entonces evaluaré por completo la situación, pero ¿evitar la venta en sitios donde se comercia libremente porque ya retuvieron IVA e ISR? Eso me parece lo que llaman los gringos, un happy problem (problema feliz), y no porque la situación sea la de una abundancia inherente al negocio, sino porque se puede dar el lujo de cerrarlo nomás porque le aplicaron impuestos.

 

II

Afuera del ubicuo Oxxo vi a dos trabajadores municipales que se dedican a sanitizar con un aspersor en su espalda. Fundidos y con el tapabocas empapado en sudor les pregunté por los equipos que utilizan para utilizarlo en oficinas, negocios o iglesias, y se ofrecieron a ir fuera de horario, “los jefes saben y nos dan permiso de ‘ayudarnos’, nos dejan llevarnos los aparatos a la casa y ya sabemos dónde comprar la fórmula”. La conversación nos llevó a platicar de su trabajo.

-Gracias a Dios tenemos, jefe. En ratos a cortar pasto, otras veces a fumigar contra mosquitos. Un primo arregló su bicicleta y se ofreció con un tendero en su manzana para ser su, como dice mi hija, Cornershop, para el vecindario. Le decía aquí al compañero que, si nos corren, eso pienso hacer.

–Yo igual –agregó el otro– a cuatro cuadras de la casa un ferretero anda solicitando repartidores. El asunto es darle. Mi mujer ya reanudó su trabajo de limpiar casas. Con la boca bien tapada, trapea y barre, sólo tiene que cuidarse las varices, pero ella no para…

 

III

Mi mujer conoció a una señora que vende ropa en mercaditos. Después de revisar meticulosamente varios bultos de prendas nuestras acumuladas en desuso entablaron conversación.

–Me lo llevo. Todo se vende. Los niños crecen, las señoras engordan o adelgazan, los señores ni se diga y, ¿con qué dinero te metes en una tienda a comprar? Algo le sacamos.

–Pero, ¿no es mucho riesgo andar entre la gente?– se le preguntó.

–Sí, señora –contestó– pero peor es no comer.

 

 

IV

Salí a comprar víveres; soy escrupuloso hasta la neurosis con la sanitización (mi mujer es peor). Por curiosidad pasé en carro cerca de un extenso parque donde los vecinos se ejercitan. En tarde concurrida y contando sin mucha exactitud, no vi ni a la mitad con protectores de boca, pese a los letreros de “tapabocas obligatorio”. Por un exceso de confianza, o por sentirse más ilustrada que otros –paradójicamente– la ignorancia de la clase media deriva en conductas retadoras con el destino.

 

Posdata. Parece que la OMS modificó el esquema de contagio, donde los asintomáticos no transmiten el coronavirus. Semejante información nos hará –individual y colectivamente– más desafiantes. Prudencia.

@vidolopez


Los comentarios están cerrados.