Alberto Avendaño / Autor de Para cantar bajo la lluvia
Alberto Avendaño / Autor de Para cantar bajo la lluvia

Leí un post en Facebook que me hizo estremecer. Era una pequeña crónica sobre un chavo punki asesinado por policías municipales en Zacatecas hace 12 años. Lo lanzaron a la fosa común y sus padres no se enteraron de su muerte hasta un mes después. Por la foto calculo que tenía 16 años, le decían el Wácaras y vestía con la ropa que para aquella época mis amigos y yo solíamos usar: chamarra con parches de bandas punk y de protesta, estoperoles, perforaciones faciales y un montón de símbolos en toda la ornamenta. Era originario de Ensenada, Baja California, y sus padres tuvieron que venir para despedir a su hijo ya enterrado en la fosa común. Su papá fue a visitar el terreno baldío en el que murió, encontró aún su chamarra con remaches y logró hablar con un vecino quien le dijo que él vio cuando los policías lo fueron a dejar tirado, y que se escuchaba cómo agonizaba.

Recuerdo que para esas fechas un par de policías ministeriales acudieron al lugar en donde me juntaba con mis amigos, con una fotografía de un chavo punki muerto. Nos preguntaron si lo conocíamos, a lo cual respondimos con un no, nos hicieron un par de cuestiones más y se fueron. Al leer esta breve crónica en Facebook no pude evitar relacionar el caso y pensar si sería la misma persona. Lo más probable es que no, hay cientos de chavos que andan viajando por el país de aventón sin miedo a la muerte. Yo mismo lo hice en mi juventud. Lo importante aquí es la historia de represión ejercida por los cuerpos policiacos, ellos no tenían derecho a quitarle la vida sólo por su aspecto, por que estuviera fuera de sus cinco sentidos o por cualquier otra cosa.

Las protestas de las últimas semanas en Guadalajara y Estados Unidos han retumbado en el mundo. La historia se repite una y otra vez, los cuerpos de policía abusan de su cargo creyendo que por portar una placa ya tienen derecho a romper los derechos humanos de los civiles. He sabido de tanta gente detenida de manera ilegal, he escuchado tantas historias de personas que se llevaron los estatales y ya no regresaron y nunca se supo qué fue lo que pasó, y a mí mismo me han detenido tantas veces sin motivos, que confiar en la fuerza del estado me parece imposible, veo una patrulla y me da miedo. Los policías son discriminatorios, te detiene por tu forma de vestir y por tu tono de piel. No podemos decir que existen policías buenos, pues al prestar su servicio al estado, la autoridad que se les confiere, los ciega y abusan de ella sin pensar las consecuencias.

Soy sólo un ciudadano que sale a trabajar para mantener a mi familia y comprar mis cosas todos los días y, en serio, le temo más a ver una patrulla que a encontrarme con cinco pandilleros. Con los pandilleros se puede dialogar mientras que con los policías resulta muy difícil. No imagino una ciudad sin policías, pues, nos guste o no, dentro del sistema político al que pertenecemos de manera involuntaria desde que nacemos, resulta imposible concebir una relación no violenta entre clases sociales sin la fuerza armada del estado.

La cosa es así y no me imagino que cambie, sólo espero que mis familiares y amigos nunca se conviertan en una estadística de personas asesinadas o desaparecidas por abuso de autoridad. En fin, ningún sistema político es perfecto, y el ser humano no sirve para tener un poco de poder sobre los demás.


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