Mauricio Flores / Periodista y promotor cultural
Mauricio Flores / Periodista y promotor cultural

Un cartel negro-amarillo aporta la bienvenida, zona de alto contagio, quédate en casa. Cubrebocas obligatorio, dosificación de usuarios, marcas de cruces en el piso, tarjeta en mano, no toquen nada, no hablen, manténganse por lo menos metro y medio separados, quienes traigan alcohol-gel aplíquenselo constantemente, los sistemas de ventilación cancelados, no vayan a ser portadores de este cochino virus, SARS-CoV-2, que golpea con enfermedad y muerte, mundo, ciudad y Metro…

Día chorrocientos. Todos quieren escaparse ya. La jornada de sana distancia terminó, es cierto, pero ay, canijo virus, en plena nueva realidad el ascenso de los contagios, la enfermedad y la muerte se niegan a que les pongan freno. Se han reabierto ya algunas actividades, otras están por hacerlo, aunque la muerte campea cerca. Tanto que unos se resisten al mañana, instalados en un ahora que parece eterno y un ayer que pocos saben dónde quedó. Hace cuarenta días, sesenta semanas, ochenta años… La muerte, siempre la muerte presente.

Terminaba 1940, para José Revueltas un año frío, hostil, solitario. Así lo describió en su Diario, ahora evocación requerida cuando todos queremos termine ya 2020. Año cuarenta del siglo pasado, el de la muerte de sus hermanos Luz y Silvestre, el gran compositor, el de la rebambaramba musical, como una racha de vida asaltada a continuo por los tumultos del alma. Qué decir de años como estos… Escribe Revueltas. ¿Qué más? Dentro de algunas horas sobrevendrá otro. Y el ángel demoniaco y maléfico de la esperanza (el ángel más inhumano, el que inventó dios para condena de los hombres) me dice que viva y que confíe, que luche. Hay que creer en ese ángel, aunque no creamos. Y cuando uno muera, entonces nacerá el amor; el amor “desinteresado” de los hombres, que lo querían a uno francamente, sin resabios, todo porque ya estará debajo de la tierra, con los gusanos últimos que estrecharán la mano y roerán el corazón.

Con toques de aproximación. Así funcionarán, se imagina Jorge Arditti, los elevadores de los próximos días. Urbanistas y arquitectos trabajan ya para la reapertura de la ciudad y sus nuevos espacios. Nada será igual, recuerden la nueva normalidad. Arte y cultura, la vida toda, readecuará sus maneras de funcionar. Cines con la mitad de butacas, museos con espectadores acotados, conferencias para unos cuantos… Todo parece indicar que aquello de se vale tocar quedó en la historia. Pandémicos todos. Ya nos subiremos a un elevador para escalar a la vida sin la necesidad de colocar nuestro índice en el 5, el 25, el 145. Bastará con acercarlo. La distancia, fija e imprescindible, exigirá la redimensión de todas las cosas. Más lejos, más grande la letra; más lejos, más fuerte la voz; más lejos, más fuerte el color y la luz. (No me imagino un nuevo espacio para el Guernica [c. 1937], durante los años del franquismo custodiado en Nueva York hasta su vuelta al Buen Retiro y ahora en el Reina Sofía. Qué sitio sería el mejor).

Son muchos muertos ya. Enumerarlos sería triste. Cada uno representa a todos, y esa totalidad se signa a su vez con un nombre, o dos, un apellido, o dos. Equis, incógnita despejada, es uno y muchos miles. Todo comenzó en Wuhan. Alrededor de 10 millones de contagiados. Más de medio millón de muertos en todo el mundo. Unos 20 mil en este país. Fiebre, cansancio, tos seca, congestión nasal, dolor de cabeza, diarrea…, sinónimo de enfermedad, probable muerte. O un majadero la escalera estaba mal colocada y se vino abajo. Dionicio, jardinero durante años de las hermanas Sánchez se vino al suelo. La espalda destrozada, un fuerte golpe en la nuca. Pérdida del conocimiento, ya estoy mejor, ni ir al hospital. En plena pandemia, una fuerza humana venida de lejos lo recupera momentáneamente. Pero ni la cercanía del cariño ni la estirpe originaria, sierra de Puebla, cuerpo fortísimo, mirada sincera, puede con el desenlace. Murió Dionicio, hombre de manos fuertes (endurecidamente pobladas de sudores,/ retumbantes las venas desde las uñas rotas,/ constelan los espacios de andamios y clamores,/ relámpagos y gotas, escribió Miguel Hernández). Un jardín, supongo triste por la reciente ausencia de su madre, quedará aún más huérfano. Rosas, huele de noche, helechos, lirios, cactus solos.

La ciudad de los huevos. En realidad, no exactamente así. Pues la ciudad no es una. Muchas se anudan en su extensión, pertenecientes a una delimitación que trasciende lo organizacional, político y económico. Cualquiera que te escuche hablar sabe que vives, o eres, de Lindavista, Xochimilco, la Condesa, Bondojito, Tlalpan. Aunque de seguir lo visto en su oriente, esa mañana pandémica y confinada la ciudad pudo ser la de los huevos. Huevos en varias de sus esquinas, en una vendimia fuera de todo control y legalidad. Autos con la cajuela abierta, huevo blanco 30 pesos el kilo. Cajas de cartón en la acera, huevo blanco 30 pesos el kilo. Pila de huacales afuera de los supermercados, huevo blanco 30 pesos el kilo. Un observador de la economía urbana tendrá la explicación. Huevo blanco 30 pesos el kilo.

Chu chu chu viene el Metro… Chu chu chu ya llegó… Va va vamos a Diana… A comprar más barato y mejor… El jingle, acompañado de una animación que mostraba una familia adentrándose en los pasillos del novedoso sistema de transporte, fue para miles primer acercamiento a una nueva realidad. Salir a los cielos abiertos de la ciudad, paradójicamente, bajando primeramente a sus entrañas. Maravilla que el tiempo tornará en rutina, al mirar entrar los trenes no se aviente para entrar, dixit Chava Flores.

La próxima semana los espero muy temprano, dijo mi tío. Una excursión al Metro, la promesa, paseo dominical al que sólo le faltaron las tortas. Tómense de las manos, no se suelten, no se vaya perder alguien, cuidado con los dedos, no se acerquen a la puerta, sólo abre diecisiete segundos, señor, aquí no se puede fumar…, escucho un coro de voces. Para llegar a la estación de origen tuvimos que subirnos a un camión. Entonces comenzó la aventura. De Balderas a Zaragoza, ida y vuelta, si en dos horas no regreso guárdame una tumba aquí, y ese olor a legumbres y frutas que medio siglo después vuelves a percibir cuando se abren las puertas del vagón en la estación Merced.

Una fila larga, muy larga, que como serpiente se enrosca en sí misma, es ahora antesala de la entrada al Metro. Varias de sus estaciones cerradas. Un cartel negro-amarillo aporta la bienvenida, zona de alto contagio, quédate en casa. Cubrebocas obligatorio, dosificación de usuarios, marcas de cruces en el piso, tarjeta en mano, no toquen nada, no hablen, manténganse por lo menos metro y medio separados, quienes traigan alcohol-gel aplíquenselo constantemente, los sistemas de ventilación cancelados, no vayan a ser portadores de este cochino virus, SARS-CoV-2, que golpea con enfermedad y muerte mundo, ciudad y Metro. Ese mismo Metro desde donde, milonga triste, el gran Cocodrilo Efraín Huerta le cantara a aquella niña, llevaba la manzana del día en la minifalda; la tristeza de marzo en la mirada. En la estación Balderas dejó pasar el Metro; se sentó y sólo vimos a una niña desecha. Ay desdichado amor, escolar y maldito. ¡Ay la Rubia del Metro! (…). Adiós mi linda Tacuba, ya pasamos por Cuitláhuac, ya pasamos por Popotla y el Colegio Militar…

A la calle, que ya es hora. No, atención coronavíricos, dos puntos y seguido. Todavía no.

@mauflos

Columna: Pasaba por aquí


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