Jesús Gibrán Alvarado Torres / Profesor
Jesús Gibrán Alvarado Torres / Profesor

El 28 de febrero se confirmó el primer caso de COVID-19 en México, era inminente y ese día comenzamos, sin saber, un camino largo que aún no concluimos. Pese a que era un panorama que se esperaba, pensamos que sería rápido el regreso a la normalidad; mi generación tenía como experiencia la influenza del 2009, donde no nos había ido tan mal y podíamos salir con precauciones a charlar con amigos o a realizar algunas actividades.

Todo esto fue un aliciente para que vislumbráramos una luz al final de túnel, de ahí que la gente realizara compras de pánico en supermercados e intentara prepararse para estar recluida algunas semanas hasta que pasara todo; en la prensa y vía redes sociales se comenzó a observar que la ausencia de personas en países de Europa daba paso a que las especies animales retomaran sitios o espacios en las grandes urbes y se difundió la idea de que saldríamos siendo mejores personas después de la pandemia.

Esa esperanza en la humanidad que al parecer reflexionaba en torno a las acciones realizadas para su beneficio a costa de los recursos naturales y los demás seres vivos con los que compartimos el planeta se expandió, y en mitad de la pandemia hubo cierta tranquilidad, porque el ser humano tenía tiempo para pensar en sus actos y repercusiones y, a partir de eso, al culminar el confinamiento saldría con nuevos ánimos y una actitud más critica sobre su accionar, era cuestión de tiempo, esperar e intentar enmendar algunos de los errores del pasado.

Así, fue disminuyendo el ímpetu renovador y cada quien comenzó a ver por sí mismo, las recomendaciones del gobierno, adecuadas o no, fueron ignoradas por la gente y pese a estar en la parte más dura de la pandemia se inició a salir del confinamiento. Es verdad que esta situación tiene varias aristas que deben analizarse, como los niveles de empleos informales en el país o la falta de tacto en las grandes empresas. Las desigualdades sociales se hicieron evidentes y gran parte de la población permanece desprotegida, lo menos relevante es el virus, lo importante es llevar sustento a casa.

El pueblo sabio salió después de un par de semanas a reunirse con familiares, amigos y en búsqueda de fiesta, el claro ejemplo está en la necesidad básica de la cerveza, porque qué locura estar sin beber alcohol durante 3 o 4 meses, imposible para el mexicano, léase algún fragmento de El laberinto de la soledad para recordar cómo somos, seres huraños, ensimismados, ávidos de fiesta, y que incuban el odio en sus entrañas.

Sobre este aspecto podría aludirse al cuento “Dios en la tierra” de José Revueltas, relato ambientado durante la Guerra Cristera; recuerda que las líneas son muy tenues cuando se habla de “bandos”, aspecto que también se puede observar en Los de abajo de Azuela, cuando “la bola” no sabe por qué pelea ni con qué fin. En el cuento de Revueltas un profesor es quien sufre las consecuencias principales, pero todos (federales y gente del pueblo), son arrastrados por un odio que mata sin sentido.

Qué decir de la rabia y el enojo generalizado en contra de los gobiernos, o del prójimo a raíz del estrés y los problemas (políticos, económicos y sociales) de la pandemia, pero el principal está en nosotros, por no asumir las responsabilidades como ciudadanos, el problema radica en siempre esperar que alguien más haga las cosas. Esto va más allá de desear que vengan para ayudarnos (aspecto religioso o político). El problema son el fanatismo y las ideas arraigadas en nuestra sociedad, porque con o sin pandemia hemos actuado de forma autómata y sin reflexionar, siempre viendo solo nuestro entorno.

Ya es tedioso escuchar demagogia todos los días y, la verdad, no sé qué tan viable sea darle voz o escuchar a un pueblo que de lo único que está ávido es de panem et circenses. No son los gobiernos, son las ideas, y mientras eso no cambie seguiremos observando situaciones que están fuera del sentido común, si es que eso existe en un país donde es prioritario hacer filas para comprar alcohol y la violencia (en todas sus vertientes) se ha normalizado de forma desmedida, mientras esperamos que sean los otros los que solucionen nuestras vidas.

“Dios en la tierra” es un recorrido en búsqueda del agua que da vida y mientras el paisa quiere ayudar al prójimo, los que creen hacer el bien actúan en contra de lo que predican, así estamos, inmersos en una pandemia, a la espera que pese a nuestros actos (que creemos están bien) esto termine para seguir igual, en esa normalidad de apatía y actitud acrítica que tanto nos daña.

Columna: Caleidoscopio


Los comentarios están cerrados.