Edgar Alejandro Palacios Gaytán / Historiador
Edgar Alejandro Palacios Gaytán / Historiador

Era día de San Juan, 24 de junio de 1520, cuando volvimos a entrar a la majestuosa ciudad de Tenochtitlan, esta vez por la calzada de Tepeyac; la ciudad se encontraba enteramente desierta, nadie salió a recibirnos, ni principales ni pobladores. Logramos regresar al Palacio de Axayácatl, donde estaban nuestros aposentos, nuestros compañeros sitiados y Moctezuma cautivo.

Al entrar al patio principal, salió Moctezuma a felicitar a Cortés por la victoria, a lo cual el capitán sólo lo ignoró retirándose de nuevo el Huey Tlatoani a sus aposentos. Nosotros los soldados que salimos nos dedicamos a narrar nuestras experiencias con los soldados que se habían quedado, mientras ellos lo que había sucedido en la batalla; Cortés, como ya había dicho, habló sólo con el mismo Alvarado.

El fin es que dio alguna de sus excusas, uno de los enojos de los mexicas había sido que habíamos instalado una imagen de Nuestra Virgen Santa María y la cruz en su lugar de adoración, las cuales después de la batalla habían intentado retirarlas y no habían podido; otra que era que querían liberar a Moctezuma; distinta era que querían matarnos o bien lograr que huyéramos por fin, y diferente que en su fiesta era que planeaban asesinarnos, por tanto Alvarado se excusaba que se les había adelantado dando el primer golpe, cosa que tuvo nuestro Capitán para reprenderlo.

En fin, a lo hecho pecho, y lo que ahora importaba era la guerra o enfrentamientos que vendrían después, pues ese mismo día llegó un soldado que venía de Tacuba, una ciudad cercana a Tenochtitlan cruzando el lago, advirtiéndonos que por todo ese camino por el que había llegado estaba lleno de indios soldados, de esta forma nuestro capitán Cortés mandó al capitán Diego de Ordaz a que con 400 soldados, algunos a caballo, ballesteros y escopeteros fueran a explorar y si podían calmar los ánimos lo hicieran, cosa que no logró, puesto que a medio camino fueron atacados hasta con varas y piedras, matando a 23 soldados e hiriendo al mismo Ordaz entre a otros,  teniendo que regresar resultándole difícil el mismo puesto que desde las mismas azoteas eran atacados.

Una vez en el palacio, llegaban los grupos de indígenas intentando incendiarlo, gritándonos vituperios y lanzando piedras y flechas que no nos dieron abasto día y noche. Fueron algunos días que seguimos peleando sin darnos tregua. Tanto nosotros luchábamos con fuerza como los mexicas también. No lográbamos ceder pues ambos peleábamos con vigor no cediendo terreno, incluso los soldados que antes habían estado en las guerras de Italia decían que jamás se habían visto en una guerra tan brava, ni contra la artillería del Rey de Francia, ni contra los turcos.

Dos días después planeamos ir al templo de Huitzilopochtli, llegamos en medio de enfrentamientos y quemamos a sus ídolos Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, en esta acción nos ayudaron nuestros aliados tlaxcaltecas, sin embargo en el camino perecieron 46 soldados entre las flechas y piedras, aún así logramos aprehender 2 sacerdotes.

Llegamos al límite, una noche curando heridos y sepultando a nuestros muertos se empezó a sumar el descontento de los soldados de Narváez, quienes se nos habían unido, su enojo era comprensible, puesto que Cortés les había hablado de promesas de oro y gloria y ellos solo veían sangre, muerte y destrucción, maldiciendo a Cortés y maldiciendo a Narváez por ser quien los había traído a estas tierras, estando ellos tan tranquilos en sus casas en Cuba.

De esta forma, lo que planeó Cortés, para poder calmar los ánimos de todos los mexicas que nos asechaban día y noche, fue convencer a Moctezuma de que subiera a las azotes para que pudiera hablarles y calmarlos, sin embargo lo que sucedió después de esto lo contaré después.


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