FRANZELY REYNA, KAREN CALDERÓN Y ALEJANDRO CASTAÑEDA/NTRZACATECAS.COM
FRANZELY REYNA, KAREN CALDERÓN Y ALEJANDRO CASTAÑEDA/NTRZACATECAS.COM

Zacatecas rebasó la cifra de cien defunciones por COVID-19 este lunes. En México, 27 mil 121 personas han fallecido por la enfermedad. En el mundo, son hasta ahora 499 mil 913 las víctimas mortales de la considerada como la peor crisis de salud en cien años.

Ramiro, Heriberto y Juan Pablo se incluyen en esa estadística, pero no son sólo números, recuerdan sus familias, sino vidas perdidas, sus seres queridos que partieron tras una enfermedad que se los llevó rápidamente y sin una despedida.

 

Perder a un padre

Don Ramiro perdió la vida el 18 de junio, por COVID-19. Su familia recuerda al hombre, de 75 años, como un padre y abuelo cariñoso, y apapachador.

Recién se había mudado de Ciudad de México a Zacatecas, con la idea de “pasar lo que restaba de su vida tranquilo”. Doña Rosa contó cómo su esposo la convenció de seguirlo y disfrutar de “una ciudad chiquita y muy bonita”, una tierra que en poco tiempo él amó, “como si hubiera nacido en ella”.

Al iniciar la Jornada Nacional de Sana Distancia en México, el matrimonio recibió a sus hijos. “Aprovecharon que no había clases y vinieron a visitarnos todos en bola, estábamos emocionados y en realidad no le dimos mucha importancia a que no debíamos recibir visitas”.

José, el segundo hijo de don Ramiro, recuerda: “así, sin más, quisimos viajar a ver a mi papá y pues qué mejor sorpresa que llegar los tres hermanos juntos, porque nadie coincidíamos normalmente, eso pensábamos, pero nos costó perderlo”.

Después de unos días de su llegada, el señor comenzó a sentirse mal. “Fue como si le diera gripa y pensamos que sólo era eso, no que mi papá tuviera ese virus; pasaron como seis días hasta diagnosticarlo y no supimos que era positivo hasta que se murió”, lamentó.

José narró cómo rápidamente la salud de don Ramiro se deterioró hasta el punto de requerir un ventilador para respirar.

“Ingresó, lo intubaron y después de dos días nos contactaron en la mañana para decirnos que había fallecido por complicación en las vías respiratorias. Nos sentimos mal. Sentí como si me hubiera muerto en vida, pues perdí a lo más preciado qué había, además de mis hijos, perdí a mi padre”.

Lo más complicado para la familia, recalcó es “poder desacostumbrarnos a lo amoroso que era y a no recibir nunca más sus abrazos”.

El hijo de don Ramiro resaltó la importancia de no sólo por uno mismo, sino por padres, abuelos, familia, los propios y de los demás. Consideró que su mejor recomendación es seguir todas las medidas sanitarias y así evitar que “uno de sus más grandes tesoros, un familiar, les haga falta”.

Una difícil despedida

Heriberto murió a los 56 años el 18 de mayo, después de sufrir complicaciones respiratorias; fue hasta el 20 de mayo cuando sus familiares supieron que el deceso se debió a COVID-19.

Era originario de una comunidad de Río Grande, pero Gilberto, uno de sus sobrinos, prefirió no especificar cuál, por el estigma y los conflictos que siguieron al fallecimiento. Explicó que su familia se dividió: unos creen que todo fue un invento, otros aceptan que, aunque tardío, el diagnóstico fue real.

Durante días, Heriberto tenía lo que creía era catarro y tos, pero se rehusaba a ir con un médico, ya que en la localidad corría el rumor de una señora que acudió a una cita al Hospital IMSS Bienestar y le diagnosticaron COVID-19.

Destacó que su tío no tenía padecimientos crónicos, pero falleció a los pocos días de ingresar al hospital por las complicaciones de lo que, aseguraba, era una enfermedad pasajera.

Los hijos de don Heriberto no informaron al resto de la familia de la situación, hasta que se confirmó el deceso, y aunque el hombre era una persona muy conocida en el pueblo, solamente los más allegados lo pudieron velar.

Gilberto narró que hubo un día de velación, pero el ataúd nunca se abrió, y que se dijo que su tío fue cremado, pero no lo pudo confirmar por el hermetismo que han mostrado sus primos; hasta ahora, y pese a la experiencia que vivieron al perder uno de los pilares de la familia, ésta sigue dividida.

Consideró que fue muy triste no poderse despedir de él, no saber cómo terminó sus días, si sufrió o se fue en paz y si recibió la bendición de algún padre.

Gilberto lamentó, además, que haya quienes crean en historias falsas sobre la epidemia y no asistan a recibir atención oportuna, que aún con los síntomas “hagan vida normal”, con todos los riesgos que conlleva; por ello, recalcó que casos como los de su tío son advertencias de que el coronavirus es real.

 

El hijo que no volverá

Juan Pablo es una de las más de 120 mil personas que han fallecido por COVID-19 en Estados Unidos; el hijo de Margarito y Yolanda, migrantes zacatecanos que residen en Los Ángeles, California, feneció el 18 de junio.

Juan, de 35 años, pasó 14 días conectado a un ventilador; desde el inicio, el panorama no era esperanzador, pues el hombre era parte de uno de los grupos considerados de riesgo, pues había recibido un trasplante de riñón dos años atrás.

En otra habitación del edificio donde estaba Juan, su padre se enfrentaba a la misma enfermedad, que en su caso pudo vencer tras 15 días de hospitalización; Margarito abandonó el lugar en silla de ruedas y acompañado por un tanque de oxígeno, con secuelas en los pulmones y de movilidad, que aún espera desaparezcan con el paso del tiempo.

Sin embargo, el mayor daño que le dejó COVID-19, afirma, fue la pérdida de su hijo, al que crio, vio crecer y convertirse en padre de familia. “Lo acompañé en su lucha contra la insuficiencia renal y durante su trasplante”, recordó.

A Juan le detectaron las fallas en su organismo en 2016, por lo que se sometió a diversos tratamientos hasta que recibió un riñón en 2018. En ese momento, contaron sus padres, agradeció “la nueva oportunidad de vivir y poder continuar a lado de su familia, lo más valioso para él”.

Margarito y Yolanda afirmaron que, cuando fue diagnosticado positivo a SARS-CoV-2, lo más difícil para ellos fue no poder estar junto a su hijo. “Fueron días desesperantes, sus hermanos mayores vivían llamando al hospital para saber si había algún avance a favor de su Ojitos Bonitos, como le decían de cariño”.

“Un día llegó de su negocio con fiebre y un poco de tos. Dijo que se daría un baño para ir con el médico a que lo revisara. Por su trasplante, no podía durar enfermo. Lo llevamos al hospital porque tenía mucho cansancio y desde que el médico inició la revisión supe que algo no estaba bien, porque me pidió estar tranquila, se llevó a mi hijo y sólo le pude dar la bendición”, expuso la madre.

En este momento, Juan ya era sospechoso de tener el coronavirus. Los exámenes fueron rápidos. Sólo unas horas después ya estaba conectado a un ventilador y se confirmó el diagnóstico, los problemas renales regresaron, lo cual complicó su estado, y 14 días después perdió la vida.

Pasó más de una semana y hasta este sábado su familia recibió las cenizas del hombre que, lamentan, se fue sin tener un funeral y sin tener ningún contacto con sus seres queridos.

Los hijos de Juan no creen que su padre no vaya a regresar a jugar futbol con ellos, no pudieron despedirse, sólo se enteraron de su muerte y permanecen aislados junto a su madre, pues no han salido de casa por miedo a contraer la enfermedad.

“Se llevó parte de mi vida”, reprochó Margarito, quien ingresó casi a la par de su hijo al hospital. “La muerte es un proceso natural, pero morir solo en un hospital, sin poder volver a verlo… una semana pasó de su muerte y apenas me darán la urna, la cual está sellada por seguridad. Mi hijo se fue de la peor manera”, expresó con lágrimas en sus ojos.

 


Nuestros lectores comentan

  1. Gracias por compartir estas historias, es lo que las personas necesitamos para sensibilizarnos. Pues aún hay personas que dudan de que sea real.