Óscar Novella Macías
Óscar Novella Macías

Las Invasiones Bárbaras

 

El peor analfabeto

es el analfabeto político.

[…]

No sabe que el costo de la vida,

el precio del pan, del pescado, de la harina,

del alquiler, de los zapatos o las medicinas

dependen de las decisiones políticas

Bertolt Brecht

 

Por la naturaleza misma de las redes sociales, hemos trivializado un evento de suma importancia: La ultraderecha tomó por asalto el Capitolio de las democracias burguesas (con todos los bemoles que eso supone) más robustas de occidente. No es cualquier cosa, las implicaciones de un acto como éste traen el mal recuerdo de los últimos días de la República de Weimar. Tenemos que ser claros con una cosa: Trump no es la causa, sino simplemente el síntoma. La presidencia de Trump es el resultado de un status quo de la política estadounidense que no hace más que sembrar una desigualdad y marginación. Las intentonas fascistoides de los fanáticos del próximo ex presidente de los EE.UU. surgen de la furia, una furia producto de las políticas neoliberales que olvidaron por completo a la América blanca y rural. Este legítimo descontento social fue deformado por el movimiento MAGA (Make America Great Again), convirtiendo deseo de justicia en supremacía blanca.

Los grupos neonazis, KKK, libertarios, “nostálgicos” confederados, evangélicos, y un largo y conservador etcétera, encontraron resonancia en el discurso de MAGA debido a fundamentales vicios de la cultura política norteamericana: su racismo inherente y la ignorancia sobre su propia historia e instituciones del norteamericano promedio. Éste fue el caldo de cultivo para que un populista de derechas encontrara un megáfono mediático muy peligroso, del que estamos viendo las consecuencias.

Los medios de comunicación no pueden sacudirse la respetabilidad que tienen en reproducir los discursos de odio que parecían reliquia de mitad del siglo XX. Como ya he mencionado en anteriores columnas, los medios (tanto tradicionales como digitales) se benefician enormemente, en términos de tráfico, de la discordia y el conflicto, por tanto, no dudaron avivar la polarización, incluso con fake news.

La irresponsabilidad con que los medios expusieron acríticamente “información”, no hizo más que sumarse al ruido discursivo, alimentando la otra pandemia de nuestros tiempos: las Teorías de la Conspiración.  Miguel Ángel Civeira apunta al respecto:

“Es impresionante y aterrador cuánta gente, y ni siquiera fanáticos o personas de ordinario interesadas en la política, cree en las teorías conspiratorias de QAnon y Pizzagate: que el Partido Demócrata y la élite financiera (judíos) tienen una red de tráfico sexual de infantes, y Trump estaba luchando desde la presidencia contra un “gobierno profundo” para detener esto. Temo que estas ficciones se vean azuzadas con la derrota de Trump, alimentadas con un nuevo capítulo, el del fraude electoral: “fue el estado profundo el que robó las elecciones e impuso a Biden en el poder”. Estos mitos pueden ser muy poderosos para alentar narrativas de rencor y revanchismo: piensen en el de la “victoria mutilada” del fascismo italiano y el de la “puñalada por la espalda” de la Alemania Nazi”.

No podemos ignorar que lo que pase en EE.UU. termina repercutiendo de una u otra manera en el resto del mundo, es por ello que me preocupa cómo el rampante discurso anti racional y el orgulloso analfabetismo político comienzan a extenderse. En el caso de México, con una de las elecciones más importantes de su historia en ciernes, vemos cómo la oposición no tiene más proyecto que el de antagonizar con el presidente Andrés Manuel López Obrador y la 4T, y si para atacarles tienen que recurrir a prevaricaciones y medias verdades, lo harán.  No deja de causarme una amarga sonrisa ver a los medios afines a la derecha mexicana rasgarse las vestiduras por cosas que hubieran ignorado, o incluso celebrado en administraciones anteriores.

No se me malentienda, creo que el periodismo crítico es fundamental para cualquier democracia saludable, pero no podemos calificar de críticos a aquellos periodistas que no entienden, o fingen no entender, la división de poderes, y se quejan porque el ejecutivo no hace cosas que le corresponden al judicial. O, incluso, parecen dejar de lado, un con resabio alevoso en la tinta, la dimensión del trabajo legislativo.

Mentir por omisión no deja de abonar al analfabetismo político, y, por si no ha quedado suficientemente claro, es un peligro que amenaza con erosionar cualquier democracia. Cuando se opta por tergiversar la verdad, dando respuestas simples a temas complejos, creando problemas falsos y ocultando verdaderos, se abre la puerta a que la ignorancia se convierta en barbarie. Todos, absolutamente todos, tenemos la responsabilidad civil de elevar el nivel del debate, y esto sólo se puede lograr si tomamos la disciplina de entender el complejo mundo y tiempo que nos tocó habitar.


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