NATALIA PESCADOR | NTRZACATECAS.COM
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Carlos Fernández y López-Valdemoro se consolidó en la crónica taurina como Pepe Alameda, por lo que es necesario recorrer su obra literaria para destacar su importante aportación a la fiesta brava, pues lejos de convertirse en un ícono, por su ingenio en la narrativa radiofónica y televisiva, dejó una huella más profunda como escritor y poeta.

Su nombre de batalla, con el que comenzó a firmar sus crónicas, surgió a raíz de la admiración que sentía por el diestro José Gómez Ortega Gallito, misma que conjugó con la felicidad que obtuvo en un negocio montado en la Alameda Central de la Ciudad de México.

El cronista español, nacido en 1912, quien llegó a México tras la Guerra Civil en 1938, atesoró una cultura general que lo catapultó como un hombre inteligente, capaz de desenvolverse en cualquier ámbito.

Abogado de profesión, escritor por convicción y cronista taurino por decisión, y hasta cierto punto por casualidad, Pepe Alameda convirtió las crónicas de las corridas de toros en un género capaz de abandonar los clichés de la época, basados en la cotidianidad, para dar paso a una descripción literaria, llena de perfeccionismo y poesía pura, con tintes de romanticismo y conocimiento.

Mítico y genio, Alameda llevó a la crónica taurina su profundo amor por la literatura, poesía y pintura, al hacer de su trabajo como periodista una ventana hacia la cultura, disfrazada de cotidianidad.

Fue a través de su programa televisivo Brindis Taurino donde la popularidad del ya consagrado poeta de la crónica se elevó a su máximo grado, pues simplificaba el alto grado de dificultad que de pronto los taurinos buscan dar a la fiesta brava; Alameda siempre se perfiló como un periodista serio, crítico, pero con un fuerte grado de positivismo.

En su paso por el Heraldo de México, que fue de más de 25 años, se caracterizó por iniciar sus publicaciones con la letra S, pues aseguraba que era el inicio del sí, y él prefería afirmar que negar.

Elegido por el duende del que hablan los toreros cuando logran la sublimación absoluta, Alameda pintaba con su espada de tinta lo que sucedía en el ruedo con verdad, sin cobas baratas que dañan y envenenan el género, pues su único compromiso era con sus sentimientos, con lo que sus ojos veían y su voz transmitía.

Es así como sus editoriales, denominados Signos y Contrastes, se convirtieron en la plataforma llena de afirmaciones, de verdad, capaz de ser reconocida por los críticos, puristas, toristas, ortodoxos, hasta por el aficionado más sencillo que veía en las líneas de Alameda un reflejo de pensamiento y sentimiento.

De perfil bohemio, el de acta española y encaste mexicano reflejó en sus obras literarias todas esas cualidades de las que el mundo habló, siendo El hilo del toreo su obra maestra, del que el propio Alameda dijo: “a fuerza de lidiar durante años con el tema de la historia del toreo, pieza por pieza, me di cuenta de que casi todos los intentos de concatenarlas resultaban en el fondo repeticiones de los mismos lugares comunes, historias muertas. De esa convicción nació este libro”, refirió.

Además, Alameda plasmó su vasto conocimiento de la historia de la tauromaquia en diversas obras literarias, entre las que destacan Disposición a la Muerte, El Toreo, Arte Católico, Los Heterodoxos del Toreo, Crónica de Sangre, Seguro Azar del Toreo, La Pantorrilla de Florinda y Origen Bélico del Toreo.

En el libro Hombres de Casta, escrito por Rafael Morales Alcocer, Pepe Alameda concedió el 19 de febrero de 1961 una entrevista al autor en la que, a pregunta expresa, de qué se le facilitaba más, si la crónica televisiva o escrita, contestó: “no sé que se me facilite más, si escribir o hablar. Yo hago únicamente lo que puedo. Lo que sí procuro es no hablar tan atildado como si escribiera, ni escribir tan desaliñado como si hablara”.

Respecto a las transmisiones televisivas en las que marcó un antes y un después, Alameda opinaba lo siguiente: “considero que transmitir una corrida por televisión es lo más difícil que hay en toda la profesión de radio y televisión. Son dos horas y media de ritmo sostenido. Y así, como es más fácil nadar en una alberca que cruzar el Canal de la Mancha, le puedo decir que es más sencillo pasar otro tipo de programa que éste. El aparato de televisión no es exclusivo del taurino. La corrida la ven los niños, los villamelones, las amas de casa, la servidumbre. Y no es obvio que para una ama de casa una chicuelina sea una chicuelina”.

Dueño de un claro concepto de la buena escritura y una mejor habla, Alameda falleció el 28 de enero de 1990, para cerrar un capítulo de la historia de la fiesta que se escribió con pluma astifina y tinta de oro.


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