David H. López
David H. López

De la lista de temas vigentes, llama nuestra atención que el INE determinó suspender las ruedas de prensa mañaneras del Presidente López Obrador.

Al calor del asunto, leo en redes comparaciones en extremo tramposas que pretenden comparar los tiempos y los procedimientos, “Y si Calderón o Peña hubieran informado en ruedas de prensa diarias sobre inicio de construcción o inauguración de obras, ¿qué hubiera dicho la oposición?”

No me imagino a Calderón presidente siendo confrontado una mañana por Gutiérrez Vivó u Olga Wornat; tampoco a Peña Nieto presidente siendo cuestionado por Daniel Lizárraga o Carmen Aristegui. En cambio, no sólo nos imaginamos a López Obrador confrontado por Denise Dresser y Jorge Ramos: lo vimos.

Desde diciembre de 2018 la lógica de la comunicación del gobierno ha cambiado de manera radical. La diferenciación hecha por López Obrador, “no es lo mismo información que propaganda” es correcta y es la esencia de este cambio.

El presidente sabe que él mismo es un activo informativo poderoso, y por eso no cede el micrófono ningún día. No necesita una pauta publicitaria para ser noticia y ser escuchado. No lo necesitaba antes de ser presidente; ahora que lo es, menos.

Una acusación recurrente y el principal argumento de Lorenzo Córdoba, presidente del INE, es que “implica inequidad de la contienda”, ¿las mañaneras son “propaganda”?

¿Convocar a la prensa y transmitir dicha interacción por los canales oficiales y gratuitos es lo mismo que pagar la difusión de anuncios, desplegados, panorámicos, volanteo y perifoneo?

Equipararlas conceptualmente como herramientas de comunicación social es otra trampa que nos pondría en un peligroso retroceso. El asunto es más bien que a algunos no les gusta que con comunicación social informativa el presidente logra los efectos que otros gobiernos sólo lo hicieron y lo hacen con propaganda mediante una derrama millonaria de dinero.

Sería un apunte más propio de otra temporada, pero opino que el presidente podría —y debería—moderar sus adjetivos, su sarcasmo y su humor a costa de sus detractores quienes en muchas ocasiones espetan espumarajos irracionales, tanto las voces sonoras como la infantería de las redes.

 

Debe ser tentador divertirse en cada oportunidad. Por años lo vieron desde los controles del poder, lo escarnecieron, llenaron de cheques a quienes lo hacían. Ahora debe ser satisfactorio verlos diariamente en la desorientación y festinarlo en declaraciones cotidianas.

Sin embargo, abusando de su tribuna, el presidente ha cometido excesos. Con todo, han sido a lo más contra el buen gusto y los buenos modales. Pedir moderación a la voz presidencial es mas bien un llamado al respeto de su investidura, administrar su voz para que sea apreciada como un resonador que transmita ecuanimidad. Sus posturas confrontacionales lo alejan de serlo. En el otro extremo, equipararlo con intolerancia o discurso de odio es no saber qué son estas dos lacras que lastiman y envenenan aludiéndolas irresponsable y tramposamente.

De cualquier manera, el asunto llegará al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación quien, en última instancia, determinará si la información es propaganda. De serlo, las escuelas y los académicos de la comunicación y el periodismo deberán hacer ajustes conceptuales de fondo. Veremos.

Lo que hay debajo de Cienfuegos

Más allá de sus consecuencias políticas y del combustible que aporta a la maquinaria de denuesto contra AMLO y la 4T, un asunto de fondo detrás del caso del general ex secretario es evaluar la salud, vigencia y conveniencia del pacto entre las fuerzas armadas y el resto de las instituciones del estado mexicano en pro de su estabilidad; un pacto que tiene desde finales de la década de los 30’s del siglo pasado en México y no ha sido revisado a la luz de los tiempos democráticos.

 


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