Óscar Novella Macías
Óscar Novella Macías

Un rubí, cinco franjas y una estrella

«Por las venas de Cuba no corre sangre, sino fuego:

melodioso fuego que derrite texturas y obstáculos,

 que impide la mesura y, muchas veces, la reflexión.

 Pero así somos, y ése es nuestro mayor encanto y defecto:

 estamos hechos de música».

 Daina Chaviano, escritora cubana

Uno de los grandes riesgos ideológicos que afecta nuestra época es la simplificación de los problemas políticos y sociales del mundo. La polarización entre caricaturas de los extremos del espectro político impide ver lo complicados y multifactoriales que son muchos de los problemas que enfrentamos, ya no digamos como país, sino como humanidad al entero. Pensemos, por ejemplo, en el simplón antagonismo visto en las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Para muchos, esta competencia electoral era la clara muestra estadística de la global pugna de izquierda contra derecha, de progresismo contra conservadurismo, de autoritarismo contra libertad, cuando la verdad, ninguno de los dos señores blancos y ricos representaba nada demasiado lejos el uno del otro. Es más, podríamos decir que Biden es la continuación de las promesas y expectativas rotas por Obama, que dieron como resultado el ascenso de Trump y, por tanto, de la ultraderecha gringa. No es que de repente Estados Unidos recordara que es racista, que sus padres de la patria eran orgullosos esclavistas y unos xenófobos declarados; todo eso ya estaba en la identidad norteamericana, pero las crisis económicas provocadas por el neoliberalismo impulsado por Obama dieron como resultado un descontento que se tradujo en una rima de lo ocurrido con la República de Weimar. Podríamos agregar, además, la constante “farandulización” de la política de Obama, misma que abrió la puerta al candidato influencer que fue Trump. Los chistes sobre el discurso, hablar con celebridades, la retórica de redes sociales, son elementos que acercan más a estos dos de lo que cualquiera está dispuesto a admitir. Menciono estos factores que rara vez consideramos al analizar la crisis política que actualmente vive EEUU para demostrar cómo las tensiones sociales son mucho más complejas que las reducciones que se realizan en los medios, la redes y las conversaciones casuales.

Ahora, viajemos al Caribe. Cuba está viviendo, como toda Latinoamérica, momentos complicados a causa del COVID-19, dado que el turismo es uno de sus principales motores económicos; era de esperar que la pandemia asestara un duro golpe a la isla. Esto ha provocado movilizaciones. Para muchos detractores de la izquierda, estamos ante el claro agotamiento del sistema cubano, son las mismas voces que hicieron mutis antes las protestas de los más grandes bastiones neoliberales sudamericanos: Chile y Colombia, mismos que apoyaron de facto el golpe militar en Bolivia, ya no digamos que son aquellos que omiten el historial norteamericano de desestabilizar gobiernos populares en América Latina.

Estos opinadores, que suelen usar poderosos argumentos como “Vete a Cuba” o “No puedes criticar el capitalismo desde tu iPhone”, rara vez se permiten un análisis que vaya más lejos de su propio sesgo de confirmación. Suelen omitir que uno de los principales problemas que atraviesa el país caribeño es el imperialista bloqueo promovido por Estados Unidos. Este bloqueo ha sido sostenido por republicanos y demócratas por igual. Sin importar cuantas votaciones en contra hayan ocurrido en el Comité General de las Naciones Unidas, el gobierno de EEUU no ha hecho ni el menor intento por suavizar su política intervencionista, que es lo que más ha afectado al pueblo cubano. La gran lección que debía dejarnos la pandemia era la solidaridad entre naciones.

Me parece ofensiva y peligrosa la simplificación que muchos están haciendo sobre la actual situación de Cuba. Su fobia a cualquier cosa que esté un poco a la izquierda de Reagan los hace aceptar el más atroz intervencionismo. Ante esto, realmente concuerdo con lo expresado por el presidente Andrés Manuel López Obrador sobre el tema, que podríamos resumir en 4 puntos básicos: Que los cubanos resuelvan de manera independiente y soberana sus conflictos, sin ninguna injerencia de intereses extranjeros; hay que apelar al diálogo, por ende rechaza la violencia de cualquiera de las partes; el ofrecimiento de apoyo humanitario si es que lo solicitan, honrando los profundos lazos de fraternidad que unen nuestros dos países; pero, sobre todo, el cese del bloqueo económico.

El respeto a la soberanía nacional y los derechos humanos deberían ser la política de exterior de todo el mundo, pero justo como Sur global hemos sido víctimas de la falta de estos ejes por parte de las potencias globales, acarreando conflictos de los que hasta el día de hoy vemos sus consecuencias. Tal vez, y sólo tal vez, el problema de Latinoamérica es mucho más profundo y antiguo de lo que las redes a veces nos permiten ver.

 


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