AGENCIA REFORMA / NTRZACATECAS.COM
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CIUDAD DE MÉXICO. «Yo soy astrónoma. Eso es lo que me interesa y es a lo que me dedico. Ésa soy yo».

Breves palabras con las que Silvia Torres Castilleja, o Torres-Peimbert (Ciudad de México, 1940), se autodefine y que parecen modestas para expresar que se trata no solamente de una de las astrónomas mexicanas de mayor prestigio y reconocimiento a nivel mundial, sino que fue la primera mujer del País en doctorarse en su área.

Detrás de la afirmación existe una notable historia de esfuerzo, constancia y determinación, particularmente en un contexto donde las expectativas de lo que una mujer debía llegar a ser eran demasiado cerradas. Querer dedicar su vida a la ciencia, por supuesto, no era algo común.

«¿Pero sabe lo que era más fuera de lo común? Que una mujer quisiera tener una carrera y dedicarse a ella aún después de casarse», acota en entrevista la investigadora emérita del Sistema Nacional de Investigadores y del Instituto de Astronomía de la UNAM, del cual fue directora, y primera mexicana en encabezar la Unión Astronómica Internacional.

Lo que se esperaba de ellas era que se casaran y tuvieran la casa limpia mientras el marido aportaba el sustento.

Quienes decidían hacerse de una profesión, optaban por la medicina, la biología o incluso la química. «No había casi mujeres que pensaran en ingeniería, matemáticas, física. Eso estaba alejado de la norma», cuenta Torres-Peimbert, que es como suele firmar sus investigaciones.

Ella misma, impulsada desde chica por una voraz curiosidad, no estaba, en principio, segura de qué estudiar.

En un primer momento creyó que sería química, pero después se dio cuenta de que le gustaba más la física; incluso la estudió en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

«Luego caí de casualidad en un curso de astrofísica, y me encantó».

¿Cómo reaccionaron en casa?
Pues mis padres me dejaron volar, afortunadamente. Creo que ni cuenta se dieron bien a bien, sino que yo tenía buenas calificaciones y me dejaron perseguir lo que yo quisiera. Pero no tenía yo mucha idea de joven. ¿A dónde voy?, ¿qué quiero hacer de mi vida? Pues como que no se sabe. Pero, poco a poco, se fue perfilando lo que yo quería hacer.

Se casó muy joven, apenas terminando la carrera, con su compañero de escuela y colega, Manuel Peimbert, de quien adoptaría el apellido y con quien suma más de 50 años de vida compartida. Ambos fueron a estudiar el doctorado en Astronomía a la Universidad de California, en Berkeley.

Un momento en el que ya vislumbraba con más claridad lo que le deparaba el futuro, pero vino otra disyuntiva: «Como fui educada en una forma tradicional donde se esperaba que yo tuviera mi casa linda, muy arreglada, todo bien, todo hermoso, todo dulce, y además de eso sacar el trabajo de los estudios, pues estaba imposible y pesadísimo.

«Entonces tuve que pensar mucho, sentarme y hacer un alto en el camino, reflexionar. ¿Qué es lo que yo quiero? ¿Lo quiero como un acto de cultura? Porque lo veía también como que yo quería saber más porque sí, porque es padre saber más. ¿O lo quiero como una carrera en el futuro y quiero ser investigadora?», se planteó.

Llegó a la conclusión de que sí, quería ser investigadora, y para ello debía renunciar a ser «la mujer perfecta» que dictaba la tradición.

«Hay que dejar de lado algunas cosas o hacerse pato en otras. En fin, hay que ir negociando la vida para llegar a donde quiere uno llegar».

Tras el doctorado, de vuelta de Estado Unidos, llegaron los hijos, lo que constituyó un nuevo ejercicio diario de equilibrio entre la maternidad y el trabajo en el Instituto de Astronomía.

«Cuando estaba en la casa pensaba que tenía que estar trabajando en el Instituto; cuando estaba en el Instituto, pensaba que tenía que estar con mis hijos. Y, bueno, ahí me fui mediando», rememora con cierto sentido de culpa que se disipa pronto al reconocer que sus hijos se convirtieron en personas buenas y productivas: una bioquímica y un astrónomo, herederos de la vocación de sus padres; era imposible que no los marcara el entusiasmo del Peimbert Torres, o Torres Peimbert.

«En EU se acostumbra, o se acostumbraba mucho, que la esposa dejara su apellido y tomara el del esposo. Yo me negué: no podía dejar de ser Torres,

Entonces tomé su apellido y lo uní al mío. Pero ahora en México cada vez más necesito llamarme con mi nombre completo original», apunta, a propósito de trámites oficiales y requisitos burocráticos. «Entonces tengo doble personalidad. O doble nombre, pero soy la misma».

Reconoce en su marido un soporte fundamental.
«Siempre apoyó de manera incondicional que yo siguiera estudiando, trabajando, buscando mi camino en la ciencia. Pero, por otro lado, también debo decir que no apoyó nada en las labores domésticas, ¿eh?», revela, de nuevo entre risas. «Entonces el apoyo era espiritual, pero no de facto».

¿O sea que se hacía el doctor Peimbert un poco pato con los quehaceres de la casa?
Un bastante.

Pero fue un apoyo sobre todo en materia de reconocimiento ante el juicio que el gremio llegó a hacer sobre ella.

«Había el problema de que me juzgaran como un apéndice de mi esposo. De alguna manera, se pensaba que yo podía ser un apéndice de él».
Cosa que él dejó claro ante los demás.

Foto Cortesía Reforma


Nuestros lectores comentan

  1. Carlos Chavarria-K

    Sería un ejercicio pero muy dicil, imaginarse al Instituto de Astronomía (y la astronomía mexicana) sin una Silvia Torres Peimbert. A continuación una vivencia:
    Yo también soy astrónomo y trabajo en el mismo instituto que Silvia pero en la UNAM-Baja California. Cuando regresdé después de haber hecho un Diplomphysikergrad en Alemania bajo la guia de un reconocido astrofísico que «modelaba» la evolución en el tiempo de las estrellas utilizando computadoras de memoria limitada y de poca rapidéz (les llevaba días si no semanas hacer una «corrida» en etapas), que era justamente (y si no mal recuerdo) hizó Silvia en Berkley USA con el famoso grupo bajo la tutela del Prof. Lois Henyey, otro astrofísico muy reconocido. Ya en el IAUNAM, Silvia me invitó a trabajar con ella con el programa de su profesor y me enseñó un artero de listados de computadora de 30 cm de espesor o más. Me alejé de la
    CdMx lo más que pude (Ensenada B.C.) y no volteé para atrás ni un segundo. Mis respetos Silvia, yo sé cuanto te costó trabajar en USA.