Israel Álvarez
Israel Álvarez

Los oriundos inventan y aprenden cuentos que los localizan, se hacen locales, porque para pertenecer no sólo es nacer, hay que tener razones, historias y mitos: racionalizar lo ideal

Evidentemente, nacer en un lugar es suficiente motivo de orgullo. Como no suele ser decisión propia, habrá que agradecerle a quien así lo determina, regularmente es dios o más bien su dedo, guiado por los ángeles, o quizás arcángeles divinos; el diablo no, porque suele ser muy malvado y ejercer mejor el poder que la divina justicia. Además, nacer no puede ser maldición, por eso se agradece a los buenos o a los que parezcan, a cualquier entidad con un grado superior a la voluntad humana; al destino tampoco, porque es demasiado eterno, místico y confuso.

El lugar en el que se nace es proveedor de usanzas, costumbres y creencias, las que a veces requieren jurar ir a la guerra, confrontarse con otros hijos de otros lugares, ajenos, extraños enemigos, ignorantes de la soberanía superior en el piso que pisan los propios pies, de una tierra que ve nacer y quizás morir. Se llama patria, no matria y no padre: la madre patria; los ciudadanos en función de sus capacidades se vuelven sus pequeños hijuelos, hijastros o hijazos, dependiendo de otros no menos azarosos factores; un soldado en cada hijo dado, o un obrero, panadero, vago, empresario, de perdido un político; hidalguillos, hijos de algo, hijos de en medio, menores, únicos, pródigos, perdidos o favoritos, hijos de la gran patria.

Lla amplia y resultante variedad, según cifras oficiales, dependerá de factores estadísticos, económicos y sociales, características brindadas por la matriarca en su diversa ternura al nacer sus polluelos, hijos de su siempre madre querida, madre adorada, pero también castigadora, a veces cruel, siempre debida; aunque suele haber los predilectos, aunque lo niegue por prudencia; ciudadanos distinguidos que no suelen ser mendigos, viciosos o criminales, tampoco locos ni traicioneros; hijos malcriados de la patria.

Como los vastagos no nacen sabiendo muy bien cómo se agradece, aprenden: le tiran cuetes, le tocan trompetas y le bailan zapateado, se pintan sus caritas de colores, le juran lealtad por un larguísimo y eterno destino, desean que viva, resuenan con ecos sonoros sus gritonas voces, le aplauden y le desfilan, cuelgan papelitos perforados y dibujos de los personajes de sus cuentos, se adornan con moños, sombreros y botas, se ponen trenzas y bigotes, hacen todo el ruido que amerite un grito; caricaturas andantes para no olvidar estereotipos; al menos una vez por año, no vaya a pensar la patria que se les olvidó a sus hijos y que andan por ahí muy independientes, autónomos, descolonizados o cosmopolitas en el peor de los casos, ciudadanos del mundo con la Coca-Cola como escudo y un Iphone de bandera, globalizados entes malagradecidos con arrancadas raices, comiendo sushi o hablando inglés; mejor pozole y tamales, hablarse en albures y montar caballos, porque hay que sacar la casta, hay que hacer patria.

La nacionalidad se pretende sempiterna, casi como dios, por eso el que nace se registra en ambos bandos, también quien muere; lo certificado se cobra y se imprime; no vaya a ser que algún mentiroso naciente no sea tan de donde y cuando se dice ser; hay que demostrarse en un mundo repleto de ajenos y farsantes, cargar siempre documentos que verifiquen y anuncien a la menor provocación qué, de dónde y cuándo se es: actas, certificados, claves, credenciales, pasaportes; ciudadanía, identidad y patria al portador: me llamo tal por cual, y soy de ahora y aquí, no de allá, ayer ni de acá, nací y ando siendo.

Los demostrados orgullosos respetan fronteras, físicas e ideológicas, éticas y morales; cuya razón regularmente es dispensable, pero se adopta, para eso habrá autoridades, también certificadas, credencializadas y aprobadas; nacionales, estatales y municipales, regionales e institucionales, ciudadanos ilustres representantes de lo que quiere la patria y de lo que debe creerse de ella; porque hasta dentro de las fronteras hay otras fronteritas, porque aunque parezca no nomás se es de un lugar, sino de un lugarcito dentro de otro lugar metido en otro lugarzote, el mundo es demasiado para ser uno solo, de otro modo, se corre riesgo de ser ajeno: extranjero, foráneo o visitante, de estar fuera de sus canchas, entonces, así de huérfanos, de qué podría sentirse orgullo.

Los oriundos inventan y aprenden cuentos que los localizan, se hacen locales, porque para pertenecer no sólo es nacer, hay que tener razones, historias y mitos: racionalizar lo ideal, hay que confiar en potenciales futuros venideros que otorguen razón colectiva, lo que quiera que eso signifique; defender, aunque los fuercen, y no decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor. Porque lo extraño se quita cuando se encuentran lo común con otros, aunque sean nomás estereotipos o el pozole con Coca-Cola, entonces es posible decirse algo, alguien, aliado de otros alguienes que dejan de ser otros y se convierten en somos nosotros.

COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN

AUTOR: Israel Álvarez

CABEZA: Lugareños orgullosos

 


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