CUQUIS HERNÁNDEZ/NTRZACATECAS.COM
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GENARO CODINA. Dicen que después de la tormenta llega la calma. Es posible que la cabecera municipal haya sido descombrada, que el lodo y las toneladas de ramas fueran retirados de las calles; sin embargo, esa aparente calma que se vive solo en la cabecera municipal, no es en las comunidades que siguen incomunicadas, sin luz y a donde la ayuda llega lenta.

Esa calma aparente a seis días de la tragedia ocurrida el 16 de septiembre, antecede; sin embargo, a una segunda parte de la catástrofe que llega inevitable: Los malos olores invaden ahora todos esos espacios que aquel mar que describieron los habitantes convirtió, todo lo que tocó, en basura y escombro.

Con ello, también llegaron ya los mosquitos, esos mismos que son provocadores de dengue y chikungunya. Esos olores a desperdicio, a inmundicia, llegaron también a las zonas que el agua devastó en Monte Grande, una de las localidades con más afectaciones luego de Paso de Méndez y la cabecera municipal.

No obstante que la atención es permanente por parte de las autoridades del DIF estatal y de Salud, la gente teme contagiarse, no de lo que advierten: un brote de diarrea, sino, más bien, al vivir entre tanta agua, a gripes, ya que las lluvias persisten y al término del verano la temporada se torna más fría, mientras ellos no acaban de limpiar las áreas inundadas tras reventarse el bordo San Aparicio.

 

Fuerza devastadora

La fuerza del agua que pasó de lleno por Monte Grande alcanzó al menos los 10 metros de altura y hasta 20 metros, o más, a lo ancho, y fue suficiente para llevarse el puente vehicular que dejó incomunicados a los habitantes que viven a lo largo de una ladera, pero que también hacían vida sobre la afluente de un río que hace al menos un siglo no crecía.

Varios metros abajo, esa agua que bajó del bordo, se desparramó sobre unos 300 metros de un terreno repleto de huertas, de árboles de tejocote, ciruelas, perones, peras, manzanas y nogales de los que muchos fueron arrancados desde la raíz, e inundar hasta el techo tres viviendas, a las que sólo se les veía el copete.

Dejando un panorama desolador donde apenas hace ocho días era como vivir en el paraíso terrenal, con el verdor de la arboleda, el olor a fruta y pintorescas casitas de adobe trazadas con potreros y sus propios jardines en los que florecían rosas y especies de todos colores.

En minutos, aquello se convirtió en una laguna gigante, recordó don Espiridión Martell, quien, recién enviudado, se había mudado a una de esas pintorescas casitas, la de su hijo Juan Luis y su nuera María Elena Herrera, quienes tras su pérdida, lo atendían.

De un momento a otro, las cosas cambiaron, pero el destino los colocó en una situación en la que, después de darle asilo a don Espiridión, él tendrá que alojarlos a ellos, porque esa casita quedó hecha basura, escombro y desolación, y tras los daños a la estructura, ya no podrá ser habitada nuevamente.

A esa misma altura, el agua arrastró el puente peatonal que unía a las familias unos cien metros abajo del puente vehicular proveniente de Santa Inés, del que solo quedaron las bases de piedra por donde, hasta este día, gente de buena voluntad de las comunidades aledañas, así como autoridades, hacen llegar por medio de una cuerda, despensas y otros artículos de primera necesidad para las personas que, sin dos puentes, siguen incomunicados y con una tremenda incertidumbre de cuándo su suerte pueda cambiar.

Y así como viven aún, incomunicados y sin servicio de luz, ya que la corriente arrancó a su paso los dos postes que abastecen de energía a la pequeña localidad ubicada justo al fondo de Santa Inés, los habitantes de las partes altas afirman que la ayuda llega, pero no como desearían ni esperarían.

La situación de pobreza aquí se vive. Varias de las casas recibieron algún tipo de apoyo, como baños ecológicos, ayuda para enjarres o rehabilitación de techos.

Esa misma ayuda recibió Juan Luis y María Elena que, en un afán de tener su casita lo mejor habitada posible, hace dos años invirtió en un refrigerador y apenas hace dos meses recibían su recámara nueva, esa misma que, pese a que todavía estaba envuelta en plástico, quedó reducida a escombro como el librero, que apenas de tocarlo se deshace, y el roperito que también acababan de pagar a base de grandes sacrificios.

Juan Luis explicó que el agua irrumpió con una fuerza bruta al cuartito donde estaba la recámara, para la que su mujer había ahorrado 4 mil pesos para el enganche, de la que apenas habían dado mil pesos de abono y tienen pendientes de saldar 3 el resto.

Cual remolino, la corriente revoloteó todo al interior, rompió una de las paredes del cuarto, hizo agujeros y dejó atravesado, en medio de la cocina y el comedor, el refrigerador casi nuevo.

Afuera, en medio de lo que era el patio, quedó el tinaco de 800 litros que la corriente arrastró desde un costado de la letrina ecológica ubicada a unos ocho metros de distancia. La puertita que daba a la casa quedó varios metros delante de la finca y el potrero de piedra, simplemente ya no existe.

“Ya quisiera, el agua les avisó, salieron corriendo y, aunque ya iban en la parte alta, el agua por poco se los lleva”, expresó don Espiridión, al comentar lo que su hijo y nuera vivieron el día de la crecida.

La finca no podrá volver a ser habitada. Juan Luis lo sabe bien, al ver con tristeza todas sus pertenencias convertidas en basura: “no quiero salirme, pero ya con una pura vez escarmienta uno”, expresó al recordar que tenía 20 años viviendo en su pequeño paraíso.

Y no lamenta lo perdido mientras sigue con vida, aunque nostálgico recuerda los esfuerzos con que edificó su hogar. De a poco fue arreglando su casita, para ello se fue un buen tiempo a Estados Unidos. Ahora, todo parece imposible, lavar todo, darle de nuevo uso; lo más viable será desmantelar lo que el agua no arrastró como el boiler solar.

 

Agua que llegó suavecito

Ante la necesidad de estar pendiente de la casa de don Alfredo, de 70 años, tío de su esposa, Arturo Valdez acomodó sobre el todavía embravecido caudal del río de Monte Grande, un gran tronco de árbol para poder pasar hacia la finca del tío, quien, cual “viejito terco”, se resistía a salirse a pesar de que el nivel del agua en su casa quedó a más de 1.20 metros y que, al igual que el vecino Juan Luis, también sufrió pérdidas considerables en su finca.

El olor sobre el terreno ya es fétido. El lodo ya no resbala, pero libera malos olores, a podredumbre. Sobre el mismo, como pudieron las autoridades, en una visita, rociaron cal, aunque insuficiente, para evitar que las enfermedades se propaguen y, aunque de poco sirvió, ya que la tarde del lunes cayó nuevamente un aguacero que seguramente se llevó esa poca cal.

Arturo Valdez considera que por la expansión del terreno “el agua les llegó suavecito” y por ello, quienes habitaban esas casas no perdieron la vida.

A un costado de la casa de don Alfredo, hay una pequeña capilla de acabado elegante y en la que veneran a San Miguel Arcángel cada 29 de octubre con una pomposa fiesta.

La elegante finca permanece cerrada y no registró daños mayores, salvo un nicho de vidrio en el que había algunas imágenes destruidas por el agua. Más adelante, aproximadamente 50 metros, entre el lodo y la hierba, varias veladoras en vaso de vidrio quedaron semisepultadas. Muchos pasos adelante, otra casa también fue inundada hasta el techo.

Ahí, en esa parte, queda el vestigio de una gruesa barda de piedra derrumbada que, al parecer, fue obra de otra inundación que, según platican los abuelos, ocurrió posiblemente a inicios del siglo 20. No obstante, el tiempo dejó en el olvido aquel episodio y los nuevos pobladores de Monte Grande crearon una nueva vida, con varias casitas construidas sobre el edén, entre huertas frutales, zonas arboladas y un hermoso e inspirador riachuelo que, aunque tarde, se convirtió en un monstruoso cauce que reclamó su espacio.

Otra localidad que quedó incomunicada es San Fernando, donde otro puente también fue llevado por esa gran corriente provocada tras desbordarse la presa de San Aparicio.

Conagua revisa bordos y presas

Con el fin de determinar las causas que provocaron las inundaciones en comunidades y cabeceras municipales de Genaro Codina y Cuauhtémoc, personal de la Dirección Local de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) en el estado, en días recientes visitó el bordo San Aparicio y presa El Infiernillo.

Ahí, observaron que se registraron fallas en algunos tramos del bordo San Aparicio, localizado sobre el arroyo Tinajuela, en Genaro Codina, que tiene muy poca capacidad de almacenamiento (0.5 millones de metros cúbicos, mucho menor que cualquier presa operada por la Conagua), lo que, con las lluvias, provocó en desbordamiento.

Conagua, mediante un comunicado, expresó que previo al inicio de la temporada de lluvias, notificó por oficio a las presidencias municipales de ambos municipios, una serie de recomendaciones, como la limpieza y desazolve en cauces, puentes, alcantarillas y vados, dentro de la zona urbana y/o comunidades.

También, vigilar los cauces para evitar asentamientos humanos cerca de ríos o arroyos e identificar y reportar toda la infraestructura hidráulica (entre la que se encuentran los bordos) que pudiera tener algún grado de riesgo.

De igual manera, la comisión expuso que el pasado 16 de septiembre, al momento de la inundación en Genaro Codina y Cuauhtémoc, se realizó un recorrido por las poblaciones de Santa Inés y las cabeceras municipales, donde se observaron los daños ocasionados por la creciente del Río San Pedro.

 


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