Gabriela Bernal Torres
Gabriela Bernal Torres

Nuevamente Colón: los monumentos y la memoria

 

Últimamente ha estado de moda hablar de historia y ya sabrá usted que esta actitud no es nueva ni única; líderes de todas las latitudes geográficas y de todos los tiempos han volteado hacia atrás con la esperanza de tomar lo que les sirve para cimentar el presente y proyectar el futuro.

Sin irnos más lejos, sirva un ejemplo de nuestros antepasados prehispánicos mexicas, quienes aproximadamente en 1478 después de su victoria sobre el señorío de Azcapotzalco -a quienes pagaron tributo por mucho tiempo-, se dedicaron a hacer una relaboración de su fisionomía étnica e identitaria, buscando olvidar su pasado de pueblo tributario que, a partir de ese momento de gloria, era conveniente maquillar. Así que después de organizarse política y administrativamente, procuraron enaltecer a México Tenochtitlán con la invención de un pasado mítico-glorioso que no podía ser más que la antesala de un futuro igual de prometedor en el que el gobernante en turno sería el adalid y precursor. Para ello quemaron códices y elaboraron nuevos, eliminaron de sus bibliotecas todos los testimonios de ese pasado vergonzoso que no querían que las nuevas generaciones aprendieran, es decir, se llevó a cabo un proceso de selección y omisión en la formación de la memoria colectiva. ¿Le suena familiar?

Hace algunas semanas escribí algunas líneas acerca del poder de los monumentos. En aquel momento hablamos del retiro de la estatua de Colón del Paseo de la Reforma que se planeaba sustituir por la efigie de una mujer indígena que recordaría la lucha de todas las mujeres de nuestros pueblos originarios, de todos los tiempos y de todas las etnias (como si fueran una sola, con los mismos reclamos y experiencias en todo el país). La cosa no salió bien: hubo críticas por todos los frentes. Las características formales de la obra, es decir su apariencia, dejaron mucho que desear; no faltó quien comparara la escultura con un alienígena o con un personaje de Avatar. Los ataques fueron más profundos cuando se habló de la ironía que implicaba que un hombre blanco, no indígena, fuera el comisionado para trasladar al lenguaje plástico el ser de la mujer indígena mexicana. En una entrevista para El País, el autor de Tlalli, Pedro Reyes, afirmó que aspiraba a “la creación de una figura que si bien sea regional también sea universal”; el resultado fue que cayó en el estereotipo y justamente en aquello que se intentaba eliminar, a saber: las prácticas coloniales, pues a final de cuentas sería este artista “no indígena” quien iba a plasmar a la indígena “ideal”, que era todas y nadie a la vez. Como si no hubiera excelentes artistas indígenas en nuestro país que pudieran representarse a sí mismas.

 

En este enredo, colectivos feministas propusieron que en el espacio vacante que dejó el monumento a Colón, se levantara un anti monumento que recordara la lucha de todas las mujeres que experimentan a diario la violencia física y psicológica, la desaparición de sus seres queridos, a las víctimas de feminicidio y a sus madres que no encuentran justicia.

La propuesta implicaba la reapropiación ciudadana de este espacio a través de demandas reales y justas de nuestros días; sin embargo, este martes 12 de octubre, se dio a conocer la decisión de la jefa de gobierno de la Ciudad de México de emplazar en este lugar una efigie prehispánica, cuyo descubrimiento en enero del presente año en Amajac, Hidalgo, pareció caer como anillo al dedo ante la bochornosa situación de la cual Sheimbaum no salió airosa con Tlalli. Ahora cabe preguntarnos ¿cuál será el papel de esta nueva efigie si ya vimos que los monumentos son imágenes de discordia precisamente por su papel fundamental en la formación de la memoria colectiva? Una escultura prehispánica sacada de su contexto tendrá poco o nulo valor para quienes diario transiten por ahí, será un monolito que será evocado por haber sido caprichosamente situado en este espacio ante las cambiantes propuestas del gobernante en turno. Lo malo es que la historia de la mujer de Amajac, seguirá siendo desconocida para muchos, cosa que pudiera ser diversa si se sitúa, por ejemplo, en un museo de sitio en el lugar donde fue descubierta.

La anterior colaboración la cerré diciendo que “la riqueza se encuentra en el diálogo, no en la supresión ni en la sustitución, sino en la capacidad de conocer ambas caras de la moneda”. Es evidente que el curso actual de la discusión ya tomó otro rumbo, el afán es volver a recuperar ese pasado mítico y glorioso que se puso en pausa con la colonia. Pero en ese intento parece ser que las demandas ciudadanas están siendo ignoradas y ¿de qué sirve volver al pasado si no lo conectamos con nuestro presente?

 


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