Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento

“No es serio este cementerio”.

José María Cano

 

Los llamaron “los muertos de Calderón” y no dejan de hacerlo. Todavía este 16 de octubre el nuevo gobernador morenista de Zacatecas, David Monreal, culpó a la “herencia maldita” del expresidente Felipe Calderón por los 220 asesinatos de su primer mes de gobierno: “Cómo degeneró todo Felipe Calderón, todo este desorden. El gran autor de todo este crimen o uno de los grandes responsables; que lo juzgue la historia”.

Calderón, es cierto, fortaleció la lucha contra los narcotraficantes, pero no la inició. Lanzó operativos conjuntos entre las fuerzas armadas y las policías, empezando por Michoacán en diciembre de 2006, pero a petición del entonces gobernador del estado, Lázaro Cárdenas Batel, hoy jefe de asesores del presidente López Obrador. Los operativos detuvieron a muchos presuntos narcotraficantes, pero desataron una escalada de homicidios. De 8,867 en 2007 la cifra pasó a 25,967 en 2012. En los seis años de gobierno de Calderón hubo 53,180 homicidios dolosos. No todos fueron producto de la lucha contra el narcotráfico, pero son lo que llaman “los muertos de Calderón”.

En solo dos años, sin embargo, López Obrador ya superó el número. Entre 2019 y 2020 se acumularon ya, según el INEGI, 73,240 homicidios dolosos, más que los 53,180 de los seis años de Calderón.

Es inaceptable politizar las tragedias humanas. Ni eran los muertos de Calderón, ni son hoy los de Andrés Manuel: son los muertos de todos los mexicanos. Siempre cuestioné la “guerra contra las drogas”: la de Richard Nixon, la de los gobiernos priistas, la de Calderón. Nunca ofreció posibilidades de triunfo, nunca hubo siquiera una definición de victoria, ya que todos sabíamos que no pondría fin al consumo de drogas, el cual no dejó de crecer. La guerra estaba hecha para fomentar los mercados negros y la violencia. La prohibición no es el camino.

Por lo menos Calderón lo reconoció al final de su mandato. El 26 de agosto de 2011, tras el atentado del Casino Royale en Monterrey, que dejó 52 muertos, declaró: Si los estadounidenses “están decididos y resignados a consumir drogas, [que] busquen entonces alternativas de mercado que cancelen las estratosféricas ganancias de los criminales”. El 26 de septiembre de 2012 hizo un llamado en la Asamblea General de las Naciones Unidas: Si los países consumidores no pueden reducir el consumo, “entones tienen la obligación moral de explorar todas las alternativas para eliminar las estratosféricas ganancias de los criminales, incluyendo explorar las opciones regulatorias o de mercado”.

Algo se ha hecho desde entonces. Uruguay y algunos estados de la Unión Americana han despenalizado al menos la marihuana. En México la Suprema Corte decretó que la prohibición absoluta de la marihuana es inconstitucional. No ha sido, sin embargo, suficiente.

AMLO prometió en campaña que pondría fin a la guerra y al llegar al poder afirmó que aplicaría una política de abrazos y no balazos. Sin embargo, aunque ha tenido una estrategia de acercamiento al Chapo Guzmán y a su familia, su gobierno ha seguido anunciando decomisos y detenciones. Los homicidios dolosos se han estabilizado, pero se mantienen cerca del mayor nivel de la historia.

No se trata de buscar culpables, de hablar de los muertos de Calderón o de López Obrador. Este es un problema tan doloroso que exige un acuerdo entre todos los partidos y los grupos. Es cierto que a los mexicanos nos gusta celebrar a los muertos. pero no tanto ni a tantos.

 

Tumbas

“Ya basta de quemar, perforar y minar”, dijo ayer António Guterres, secretario general de la ONU. “Estamos cavando nuestras propias tumbas”. El calentamiento global es un problema muy serio, pero no destruirá a la humanidad. Se requieren soluciones inteligentes; simplemente detener la actividad económica no reducirá el calentamiento, pero sí provocará un desplome económico brutal.

Twitter: @SergioSarmiento


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