David H. López
David H. López

Un amigo, a quien ya comencé a citar en mi anterior colaboración, es hoy consultor especializado en asuntos públicos y corporativos para empresas, ONGs y algunos pocos gobiernos, habiendo desarrollado una espectacular carrera como ejecutivo en la rama para trasnacionales de energía y otros giros relevantes como minería.

—López Obrador me parece mesiánico hasta la náusea. En momentos no termino de descifrarlo —me dijo a finales de 2017—aunque me estoy tardando ya que el ganará.

—¿Qué opinas de su agenda energética? —le pregunté directo, al ser ese su tema de especialización profesional.

—Es un buen camino para cualquier gobierno que no quiera perder el control de su destino. Lo que no sé es si pueda ejecutar esa agenda. Creo que no lo van a dejar.

—¿Al gobierno le conviene el control? Suenas estatista; no es como yo te recuerdo.

—En el entendido de que mi trabajo es ayudar a la realización de los intereses de mi cliente, mis respuestas varían en función de eso. No es lo mismo un gobierno que una empresa y, dentro de cada rubro hay más variaciones.

—¿Has dado consultoría a gobiernos? —le pregunté.

—Sí, pero son clientes complicados. Vivimos tiempos donde las posiciones de cada quien, bien ejecutadas, tienden a estar polarizadas. Es inevitable dar asesoría a gobiernos y a empresas sin caer en conflictos de interés.

—Elabora más.

—En esta década un gobierno que haga bien su trabajo deberá contraponerse con los intereses de las empresas para las que yo suelo trabajar. Un asesor con mi perfil no puede ser un buen asesor para ambos: gobiernos y corporativos mundiales.

—¿No hay siquiera un resquicio en que ambas visiones e intereses se complementen?

—Depende del país y la empresa de los que estemos hablando. Una gasera europea no se entenderá con el gobierno de Estados Unidos, por ejemplo.

—¿Y las paraestatales?

—De nuevo: depende del país al que pertenezcan. Aunque parezca contradicción la paraestatal Aramco no podría ser buena socia de un gobierno estatista.

—¿Por ideología?

—No. Por intereses. Las paraestatales son instrumentos de control estatal. Sin ellas el estado no tiene forma de controlar ningún sector.

—Vuelves a sonar mucho más tendido hacia el control del estado mas que hacia el mercado.

—Créeme que no es ideológico.

—¿Y la seguridad nacional?

—Es parte de las variables importantes, pero solo hay 4 o 5 seguridades nacionales que importan en el mundo, y son las de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. El resto de las seguridades nacionales no tienen relevancia, en términos reales.

—¿Cuál es la mejor apuesta de los gobiernos para los siguientes años?

—La mejor apuesta es definirse. ¿Quieren controlar o que los controlen? Ésa es la diferencia. López Obrador lo tiene claro.

A la vuelta de años, hace unos meses, volví a conversar con él. Lo busqué cuando supe que había tenido Covid y su estado llegó a ser casi de postración. Después de ponernos al día, pasé al tema inevitable y le pregunté si la pandemia alteró los escenarios energéticos.

—Depende desde dónde lo veas. Antes de la pandemia la transición energética era más prioritaria que la seguridad nacional, ahora con el Covid-19 al quedar evidentes las vulnerabilidades en cuanto a salud pública de muchos países, eso sacó a relucir muchas otras y en esta nueva narrativa la seguridad nacional es muy importante.

—Pero la transición hacia otras fuentes de energía más ‘verdes’, ¿no es relevante por el sentido de urgencia?

—Sí, pero tienes que escoger entre dos urgencias. ¿Qué urge más? ¿Salvarse del Covid o que no se derritan los polos? Si descuidas los polos no se desbordarán los hospitales. Pero el sentido de control vuelve a apremiar a las sociedades. Y todavía falta.

 


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