Alfonso Carlos Del Real López
Alfonso Carlos Del Real López

Ciudadanía: participación o apatía, y las consecuencias (I)

 

A raíz de la colaboración de la semana pasada, estimada lector, recibí algunos comentarios que me generaron la idea de esta nueva que pongo en sus manos. Hace ocho días finalicé la escritura con la afirmación: “(…) es posible que Usted observe que quien detenta el poder solamente lo buscó por tenerlo y no por tener una idea mínima de cómo gobernar/legislar; lo buscó solo por ‘ser’ y ahora es evidente su incapacidad de cambiar las cosas; lo buscó ‘porque le tocaba’ y ahora se ve que eso de trabajar mucho -o por lo menos así aparentarlo- no se les da, o bien, es imposible ejercer un liderazgo sólido y, en consecuencia, demuestran no estar en condiciones de dar resultados positivos, por lo menos dar la cara, entrarle bien a los temas que les corresponden como representantes populares (aquí, nuevamente, inserte los nombres de las personas que forman parte de un cuadro de gobierno, según donde viva), y y reflexionar.

“Ahí está la diferencia entre lo que se hizo en las campañas versus la complejidad de gobernar, es decir, la bofetada que da el puesto. Esperemos que las cosas se compongan. Pero mientras, algo tenemos que hacer desde la sociedad civil.”

Lo traigo a colación por lo siguiente: la expresión “se tiene el gobierno que el pueblo merece” entra en franca colisión con la idea de que los ciudadanos formamos parte de las decisiones públicas y una de esas expresiones son las elecciones; esto es, los representantes populares que elegimos están ahí porque hubo una mayoría que así lo determinó con su voto, en detrimento de otros grupos o expresiones minoritarias. Es legal todo, pero es cuestionable la legitimidad porque el sistema electoral permite que alguien acceda a un cargo con una mayoría simple de entre el número de personas que ejercieron su derecho ciudadano de votar.

En síntesis, tenemos gobernantes porque así lo elegimos, con nuestro voto o con nuestra apatía por ejercerlo. Al no acudir a una casilla a votar, dejamos la puerta libre para que otros se organizaran y depositaran en las urnas su aprobación por determinado personaje para un espacio de representación. Así son las reglas. Así es la cosa. Pero, de fondo, está la idea que tenemos de nuestra ciudadanía y cómo la expresamos en las distintas facetas para ello (le acabo de mencionar una relacionada con el aspecto electoral).

Ser ciudadano implica varias cosas. Tomo como referencia lo plasmado en el sitio web de #FaroDemocrático, donde textual señalan que “en la actualidad, ser ciudadana o ciudadano significa ser miembro pleno de una comunidad, tener los mismos derechos que los demás y las mismas oportunidades de influir en el destino de la comunidad, asimismo supone obligaciones que es lo que hace posible el ejercicio de los derechos. La ciudadanía se manifiesta (se hace posible) a partir de tres dimensiones diferenciadas. Siguiendo a Marshall [Thomas Humphrey Marshall, sociólogo británico famoso por sus consideraciones sobre el concepto de ciudadanía], primero, por pertenecer a una comunidad que es fuente de identidad colectiva (nacional). Segundo, por la capacidad que tenemos de ser agentes participantes y decisorios en las instituciones políticas. Tercero, porque supone cierto estatus legal. Las tres dimensiones -que se presentan interrelacionadas entre sí en el mundo real -han sido destacadas como claves por diferentes corrientes filosóficas como el comunitarismo, el republicanismo y el liberalismo”.

Así pues, pensemos en esto: pertenecemos a una comunidad (en tiempo y espacio, aquí y ahora, aquí nos tocó vivir, está nuestra familia, están nuestras raíces, nuestros intereses, nuestra historia), podemos participar (hay canales para ello, formales e informales, tenemos libre asociación, libertad de expresión, etc.) y tenemos las condiciones legales para ellos (mayoría de edad, con modo honesto de vida, etc.), así que podemos preguntarnos ¿qué nos limita de participar?

La vida pública no es solamente para aquellos que se asumen como políticos; de hecho, todos podemos serlo. Sin embargo, nos vemos sometidos o limitados porque nos agazapamos o bien, nos enajenamos de lo público, ya sea que no nos gusta involucrarnos con personas que son inescrupulosas, falsas, deshonestas, gandallas, abusivas, despreocupadas, flojas, perezosas, parasitarias, elitistas y/o vivales que hacen fortuna a partir de un cargo público, “porque para eso son [los cargos]”, o bien, no nos importa. Y ello nos genera un desprecio u optar por poner oídos sordos u ojos ciegos a lo que pasa allá afuera y que sucede en el gobierno, hasta que algo nos lastima y enciende el botón de “ya basta”.

Necesitamos gobiernos con gobernantes que den la cara, que estén preparados, que respondan preguntas, que transparenten decisiones, que rompan esquemas anquilosados, que evolucionen y adopten la participación como mecanismo de toma de decisiones en las áreas que así se puede; no necesitamos gente que siga viviendo del erario, cual sangujuela se alimenta de sangre.

Tenemos que vencer la apatía que nos genera “la política” y tratar de apoyar o incidir en expresiones sociales que busquen cambios reales. Necesitamos hacernos de un espacio. Necesitamos participación ciudanana.

 


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