David H. López
David H. López

Desde que inició el año he visitado varias empresas, clientes y prospectos. No son pocos los centros de trabajo que me recibieron con una irónica novedad, “el personal en oficina está reducido al mínimo; prácticamente todos los empleados de oficina están en home office”.

Y la llamé “irónica”, por su carga de deja vù: ya lo habíamos visto y vivido desde hace casi dos años cuando iniciaron esos ciclos que a la fecha desgastan.

Varios colegas y amigos me dijeron con honestidad que no pensaban en volverlo a vivir, más el entorno pandémico no engañó a nadie; si estamos en pandemia era anticipable que nos volviesen a confinar. Pensamos que ya lo habíamos superado y no volveríamos a la lugubridad de oficinas desiertas, restaurantes a medio ocupar y al Zoom mandatorio. Ómicron logró regresarnos al encierro, lo que no logró Delta.

La desescalada que nos trazamos en el segundo trimestre del año pasado parece que no cejará; acaso la nueva variante nos acorralará por una o dos semanas. En su intensidad parece que habrá una salida: Ómicron no ha resultado ser tan alevoso y mortal como Delta o la variante original. Donde sí ha superado a ambos es en su alta capacidad de viralización (nunca antes, mejor dicho).

Los gobernantes no la tienen fácil. En todos los niveles han tenido que ser fríos emisarios de una alerta apremiante, pero también líderes ecuánimes que no apuesten por la paralización social. No es fácil decirlo, pero tienen que mediar con balance y desapego entre la conciencia sanitaria y la activación económica. Por ese delicado balance, sus palabras jamás dejarán satisfechos a todos. Siempre habrá quien las vea desconsideradas, irresponsables, insensibles, simplonas, etc…

Mas ¿qué nos queda para lo que viene? Dos empresarios me preguntaron en días pasados cómo lidiar con esa desalentadora constante donde parece ser que nada será constante. Van unas pocas recomendaciones, desde una perspectiva comunicacional, para su empresa y/o centro de trabajo:

  1. Ómicron está provocando, como nunca antes, que el Covid-19 nos circunde como no había sucedido antes. Al margen de rebotar sus políticas de escalamiento y ocupación con autoridades y expertos, no olvide mantener un altísimo tono de empatía y consideración para todos en la organización.
  2. Ataque el desánimo. No solo es laboral, sino holístico. Es decir, no se constituye por la suma de nuestras partes, sino de todas ellas en constante interacción y dependencia. A estas alturas suena tardío, pero si no lo ha hecho, ofrezca seminarios, reflexiones y ejercicios en línea y presenciales para atacar la desmoralización.

 

  1. Ligado al punto 1, escuche, escuche, escuche. Adapte esta habilidad a la personalidad y estilo de su organización, e instruya a sus líderes a hacerlo. Y si han de responder, que no tarden mucho en hacerlo.
  2. Aproveche —una vez más—la coyuntura para estudiar la personalidad de su organización y modificarla para hacerla más amigable a su personal. Y no olvide que los ajustes deberán acompañarse de acciones concretas y congruentes de los líderes de la empresa, empezando por usted.
  3. Ante un problema de desempeño, reaccione preventivamente como nuestro sistema de salud. Así como cualquier malestar se juzga como coronavirus hasta que no se compruebe lo contrario, que la organización parta con la premisa de que los problemas de entrega de resultados se deben al contexto pandémico que afecta a los colaboradores. Eso generará una atmósfera preventiva para todos y con un poco de ayuda complementaria y la debida observación, develará en su momento las verdaderas razones cuando sean distintas.

Algunos expertos consideran que, por sus posibilidades de inoculación, Ómicron puede ser el principio del fin de la pandemia. Así sea. Veremos.


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