Gabriela Bernal Torres
Gabriela Bernal Torres

Historia de Bronce vs. Historia de Latón

 

Una de las dudas más recurrentes que aparecen al momento en que a uno se le ocurre decir que estudió historia es ¿y los historiadores qué hacen? ¿estudiaste para ser maestro/a? ¿En dónde puede trabajar un historiador? Los más arrojados lanzan sin dudas un imprudente ¿y de qué vas a vivir? Y aunque no siempre se tienen las respuestas a todas las interrogantes, -especialmente a la última-, lo que queda claro es que existe un desconocimiento generalizado sobre la utilidad y las funciones de la historia. Quien ha estado frente a las aulas ha tenido el reto de desechar la idea de que la historia es aburrida y no es útil. Hemos debido convencer a los escolares con diversos argumentos de que un día ese saber les será ventajoso.

Es probable que el conocimiento histórico no parece interesante cuando se piensa en un tipo específico de historia. Lo que viene a la mente de todas las personas de cualquier edad, es la llamada Historia de Bronce, aquella que aprendemos en las aulas a través de los libros de texto gratuito y que nos enseñó acerca de los grandes acontecimientos fundadores de la Nación Mexicana en los que reposa la identidad, supuestamente, de todos los que nos reconocemos como mexicanos. Es la historia de fechas concretas, personajes ilustres, aconteceres ordenados cronológicamente en la línea temporal del progreso. Una historia que, hay que decirlo, a muchos les da flojera y a otros les provoca escozor, precisamente porque está llena de ídolos inamovibles en el tiempo a los que se les ve como santos más que como humanos. Es la historia preferida de los gobiernos porque ensalza personajes, hechos, da nombres a calles y otorga símbolos pretéritos a quienes se sitúan como continuadores de los mismos. Y el presente sexenio vaya que se ha sabido servir de este tipo de historia.

Hay otra historia que luego pareciera más interesante ante públicos ávidos de conocer el lado oscuro de ciertos personajes o ciertos acontecimientos. Esa historia podría ser una Historia de Latón porque, aunque pretende ser crítica, se mete por vericuetos muy cercanos al chisme y por una línea muy cercana al rencor histórico. Como ejemplo, en años anteriores fueron muy populares los relatos de vidas de héroes que se querían mostrar con todos los matices de su existencia humana. Vimos textos que hablaban de una supuesta homosexualidad de Maximiliano de Habsburgo u otros que querían retratar la “verdadera cara” de héroes instalados en los anales áureos de la historia patria como Benito Juárez, en donde describen al Benemérito de las Américas como dictador, vende patrias y hasta asesino.

Lo cierto es que, como en todo, los extremos son malos y la peligrosidad de ambos tipos de historia es clara. La historia de Bronce sigue ensalzando ídolos sin la claridad de los matices ni la naturalidad de la vida humana. Mientras que aquella otra historia que parece ser crítica, no busca otro objetivo que instaurar el germen del odio hacia cierto personaje u acontecimiento del pasado, al que se ve con oprobio y se pretende eliminar.

En nuestros días parece que vemos el uso de ambas. En el discurso presidencial no vemos otra cosa que la repetición del panteón de hombres ilustres, pero ahora con otros nombres y otros significados que se ajustan a las arengas. También vemos el oprobio hacia otros personajes que no convienen resaltar; por ejemplo, la animadversión a todo lo que se relacione con el periodo colonial o el olvido de Agustín de Iturbide en la pasada conmemoración de la Consumación de la Independencia. Finalmente, la ironía se presentó al establecer el 2022 como el año de Ricardo Flores Magón, adalid del periodismo veraz, en un contexto en el que no se tolera ni la crítica ni tampoco la disensión.

En resumen, la historia sí tiene utilidad y por supuesto, también tiene un uso o varios -la presentación del pasado para legitimar órdenes establecidos es uno clarísimo -. La responsabilidad de los profesionales de la historia sería no olvidar la importancia de la difusión más allá del círculo académico. La sociedad necesita conocer un pasado lejos de las estulticias ideológicas de las historias de bronce y latón.

 


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