Alberto Chiu
Alberto Chiu

Víctimas colaterales

 

Hagamos memoria. El 23 de septiembre de 2016, un viernes verdaderamente aciago, hombres armados atacaron a balazos a varias personas, mientras los perseguían por la carretera que va de Fresnillo hacia Estación San José, de ese mismo municipio. En ese ataque resultaron lesionados de bala un hombre y una mujer, padres de dos menores que también iban en la camioneta. Uno de estos menores, Toñito, falleció en el ataque, cuando una bala le dio en pleno rostro.

En esa ocasión, de la que ya están a punto de cumplirse 6 años de distancia, hubo diversas manifestaciones públicas de duelo, de rabia, de desesperación, de una sociedad harta de la violencia y de los ataques que, en palabras del fiscal Francisco Murillo -sí, ya era el titular de la Fiscalía entonces-, eran evidencia de esas estrategias de los cárteles delincuenciales para mermar a sus contrarios. O sea, muy dentro del discurso que hemos escuchado desde hace años: la guerra y los ataques son entre ellos, entre los malos.

Lamentablemente, en aquella ocasión hubo esta “víctima colateral”: Toñito, un pequeño de apenas 4 años, que ni la debía ni la temía, y en su inocencia perdió la vida por los probables vínculos de su padre con actividades delictivas. Así lo dijo la Fiscalía en aquél entonces.

Eso pasó hace casi 6 años. Hace cuatro días, el pasado jueves 19 de mayo, pareció repetirse la historia… y se repitió el terror, la rabia, la decepción y la desesperación social, cuando sujetos armados que perseguían a un hombre llegaron hasta las puertas del templo de Nuestra Señora de Guadalupe, también en Fresnillo, y dispararon contra él, dejándolo herido… mientras una de las balas disparadas le daba en la cabeza a otro pequeñito de 3 años, quien perdió la vida de forma instantánea en el interior del templo.

Otra “víctima colateral” de la violencia, que se suma a una ya demasiado larga y despreciable lista de personas inocentes, hombres, mujeres, niñas y niños, que han estado quizás en el momento y el lugar equivocado, quizás en compañía de quien no debían, y resultaron heridos, secuestrados, torturados o muertos. Y con ello, tenemos que llegar a una conclusión: el argumento esgrimido de que “es sólo una guerra entre los cárteles”, y que “la sociedad en general no tiene de qué preocuparse”, es una falacia, una tontería, un pretexto demasiado sobado, llevado y traído, para tratar de justificar que las acciones en materia de seguridad pública, de prevención o reacción al delito, son simple y llanamente insuficientes e ineficaces.

¿Cuántas “víctimas colaterales” más estarán esperando que haya para implementar acciones más decisivas, contundentes y efectivas para erradicar este mal social, o al menos para contenerlo mientras se sientan las bases de una sociedad más consciente del problema, más participativa en los asuntos de su propia seguridad?

¿Cuánto habrá que esperar para que esa sociedad aprenda y entienda el valor de la denuncia, la importancia de la educación en valores, la enseñanza y práctica de la honestidad, de la solidaridad, y de todo aquello que nos llevaría a vivir en una paz más duradera, más justa?

El asunto es que esas “víctimas colaterales”, de las que nos dolemos y reclamamos a la autoridad, la verdad es que parecen no dolernos lo suficiente. Parece que sólo se convierten en el comentario del momento, el pretexto para protestar y gritar y sacar un poco “el vapor”… pero hasta ahí. Sí, exijámosle a la autoridad más trabajo, más eficiencia. Pero al mismo tiempo, exijámonos más todos como parte de esta misma sociedad.

Exijamos mejores escuelas, y seamos mejores escuelas en la casa. Exijamos más justicia, y ejercitemos también más la tolerancia y la libertad en casa. Exijamos paz, y pongamos el ejemplo de cómo vivir en paz en casa. No es un asunto sólo de la autoridad. Es un asunto de todos, y todos nos tenemos que involucrar para poder exigir, no desde la comodidad de las redes sociales, sino desde la acción ciudadana de cada día.


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